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Roma locuta, causa finita

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Tiempo de lectura 4 min.

04 de agosto de 2018. 06:27h

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Tomás Gómez 4/8/2018

La contienda política tiene como objetivo alcanzar el gobierno. La mala política es querer el poder por el poder y mantenerse en él todo el tiempo que sea posible y la buena es lograr el control de la toma de decisiones para cambiar la vida de los individuos que forman parte de ella.

El gobierno socialista tiene difícil su gestión. El Partido Popular, con un nuevo y ambicioso líder, ha empezado a apretar el acelerador del desgaste secundado por el Sr. Rivera que, como no consiga recuperar el voto del centro derecha, va a terminar firmando su propia “Rendición de Breda”, solo que en Génova.

El Sr. Iglesias, tonto útil de una moción de censura que sólo ha tenido réditos para el Sr. Sánchez, fue, personalmente, quién se encargó de muñir la alianza con el nacionalismo catalán y con el PNV, incluso cuando ni el PSOE tenía la mínima esperanza de que prosperase.

El líder podemista tiene fama de no perdonar las facturas pendientes y lleva semanas preparando la estrategia de acoso y derribo al PSOE. Los independentistas cuanto peor mejor y ahora toca hacer un roto a los socialistas, ya veremos como.

En definitiva, desde Moncloa son conscientes que el haber asumido el protagonismo para echar a los populares del gobierno, en su peor momento, ha sido rentable, pero que el capital político acumulado va a dar muchos intereses, muy al contrario, se va a ir esquilmando en la medida en la que se produzca la erosión.

Descartada la convocatoria inmediata de elecciones, la estrategia del presidente parece ser mostrar necesaria su propia continuidad, como premisa de la estabilidad para el país. La prerrogativa gubernamental de prorrogar los presupuestos, si no cuentan con apoyos suficientes en la Cámara, le da una baza más legal que política para mantenerse al frente del gobierno.

Todo ello sin perjuicio de que cuando los sondeos electorales empiecen a mostrar que la inversión electoral que hizo el Partido Socialista empieza a dilapidarse, entonces sí se realice la convocatoria electoral.

Hasta ahí se puede compartir o no la estrategia, pero tiene su lógica en el juego de poder. Sin embargo, lo que no se puede entender, desde una organización centenaria y muy ideológica, como es el PSOE, es que el gobierno se limite a proponer medidas, que si bien pueden ser compartidas por la mayoría, tengan solo carácter instrumental y mediático.

En la política moderna, el cuidado del marketing y la imagen es muy importante, pero debe ser accesorio, al contrario, convertir en accesorio del Twitter el proyecto de país, es el paso a la política del espectáculo y forma parte de la frivolidad.

En el nuevo PSOE, cuando Roma locuta, causa finita, y una vez que el presidente ha tomado la decisión de permanecer en Moncloa hasta el final de la legislatura, solo queda intentar darle un contenido más sustantivo a su permanencia.

Lo único real que estar en el gobierno le aporta al PSOE es una fabulosa tribuna para explicar como quiere que sea España.

La propuesta de reforma fiscal no es un brochazo proponiendo un impuesto a las entidades financieras, es más complejo e importante. Debería incorporar que las rentas de capital tributen como las rentas del trabajo, una política fiscal concertada internacionalmente contra los más de 30 países con territorios offshore, evitar la deslocalización fraudulenta de impuestas, el dumping fiscal entre comunidades autónomas y la lucha contra el fraude fiscal.

En España hace falta una reforma fiscal que, hoy por hoy, no es posible por la falta de apoyos parlamentarios al gobierno, pero, al menos, este podría tener la iniciativa de explicarla.

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