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El fanatismo no tiene ideología

Tiempo de lectura 4 min.

15 de marzo de 2019. 23:40h

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15/3/2019

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Ante el horror de una matanza indiscriminada es lógico que a la primera pregunta que se quiere dar respuesta sea ¿por qué? Sabiendo el motivo creemos ilusamente que está resuelto parte del problema. Es decir, un joven blanco mata a decenas de musulmanes porque los odia. Pero no es así, y nada más ilustrativo que recordar la macabra lista de asesinatos masivos que se justifican por razones ideológicas y lo único destacable es el odio que rezuma. Comparten el mismo modus operandi, la absoluta frialdad, la enajenación, el desprecio, la desconexión con la vida afectiva –la compasión hacia el otro– que define a los humanos, la inmersión en un mundo virtual para convertir a las víctimas en meros muñecos a abatir, como si formaran parte de un videojuego. La matanza en 49 personas –según los últimos datos– en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, vuelve a situarnos ante un drama al que cuesta dar respuesta, como tantas veces. De nada sirven las razones esgrimidas por el asesino, «un hombre blanco normal», de 28 años, que se declara «eco-fascista racista» y que, antes de empezar a disparar recomendó a quienes siguieran su espectáculo a través de Facebook que siguieran a su vez a su youtuber favorito, el sueco PewDiePie. Emitió en directo durante 17 minutos cómo fue asesinando una a una a sus víctimas, como si fueran seres inanimados vistos desde el ojo de los llamados «first pers shooters» de los videojuegos. Su ataque fue sin duda viral, puede que uno de sus objetivos. Según su propio manifiesto, también difundido por las redes sociales, ahora también viral, se declara «supremacista», una expresión de curso común en los últimos tiempos que puede ayudar para comprender un crimen de esa magnitud, pero no lo explica todo, ni mucho menos. Que en esta acción hay odio, es innegable, algo que el propio autor del atentado ha confesado y que es fácil concluir de esta matanza en dos mezquitas. Pero no todo es ideología, ni estos actos pueden explicarse sólo a través de ella, por más radical que sea, o precisamente por ello. Hay similitudes con Anders Breivik, que mató a 77 jóvenes en un campamento de verano en Noruega en 2011 con idéntica precisión y frialdad, al que el asesino de Christchurch rinde homenaje en su manifiesto y con el que comparte la misma idea de purificación de la «raza blanca» ante la «invasión musulmana». Hay una pérdida del sentido de la realidad que consigue la comprensión y la complicidad en las redes sociales de unas ideas pueriles, enfermizas y fanatizadas, capaz de mezclar la batalla de Lepanto (1571), los sitios de Viena (1683) y de Acre –actual Israel– (1189), que acabaron con importantes derrotas para los musulmanes, y la batalla de Shipka Pass que enfrentó los imperios ruso y otomano en 1877. Dicho lo cual, convendría depurar hasta dejar en lo esencial las razones para este crimen, a falta de la investigación: el fanatismo puede llevar a eliminar a tu adversario y considerar que esta es una buena labor. Cuando los atentados de Barcelona y Cambrils del 17 de agosto de 2017, impactó de manera especial la imagen de los yihadistas riendo en una gasolinera antes de matar a decenas de personas. No hay diferencia sustancial, con o sin ideología de por medio. Sería una banalización del terror considerar que Donald Trump y una supuestas ideas sobre el supremacismo blanco pueden vincularle a quien ha asesinado en Nueva Zelanda a 49 musulmanes. Aceptar este hecho –aunque sea porque el asesino dice ser seguidor de Trump– supondría el triunfo del fanatismo a uno y otro lado de esta frontera. El mundo musulmán salió ayer a la calle para protestar. Ejercer la libertad es bueno, razonable y lógico, pero esa comunidad ayer dolida debería entender en su justa medida la acción de un loco asesino arropado por una ideología fanática impropia de una sociedad democrática.

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