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Sánchez volvió a perder el debate

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25 de abril de 2019. 15:34h

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24/4/2019

El debate electoral celebrado anoche en Atresmedia cumplió sobradamente con las expectativas que había abierto una circunstancia inédita en la práctica política de nuestro país. Y si bien los cuatro candidatos, Pablo Casado, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera, a quienes citamos por el orden de su representación parlamentaria en la anterior legislatura, pudieron haber aprovechado las ventajas del formato que proponían los organizadores, mucho más ágil y muy bien conducido por los periodistas Ana Pastor y Vicente Vallés –cuyas intervenciones contribuyeron a agilizarlo y, en ocasiones, a reconducir la excesiva cacofonía– para plantear una confrontación de ideas y programas muchas de sus intervenciones cayeron en el cruce de reproches y recriminaciones que viene siendo habitual. Aun así, vimos a un Pablo Iglesias más combativo en el fondo y contenido en las formas, mientras que el líder del Partido Popular mantuvo, en líneas generales, el tono de su discurso, consciente de que para el resto de sus rivales, a derecha y a izquierda, era el objetivo primordial a batir. Porque, más allá de los puntos marcados por cada candidato, de la mayor o menor carga incisiva de las intervenciones, de los alardes libreros, demasiado previsibles, por cierto; de los flancos expuestos, lo cierto es que quedó claro que sólo Pablo Casado puede disputar la presidencia del Gobierno al actual inquilino de La Moncloa, que volvió a perder el debate con claridad. No dudamos de que el debate de ayer habrá podido influir en la determinación del voto de muchos ciudadanos que se mostraban indecisos en las encuestas, pero ni toda la exuberancia dialéctica de Albert Rivera, que la tuvo, ni su recurso permanente al trazo grueso a la hora de descalificar a los «viejos partidos» consiguieron disipar la impresión de que sus propuestas troncales en la economía, la defensa del modelo territorial y el desarrollo de nuestro Estado de Bienestar, son perfectamente intercambiables con los de los populares, por cuanto se inscriben en el ámbito del libre mercado, en el respeto de las normas constitucionales y en las doctrinas de protección social que han cristalizado en el marco ideológico de la derecha liberal europea desde hace ya muchos años. Así, la discusión pasa, sí, al campo de la fotogenia, que no es en absoluto despreciable, pero, también, al de la
confianza que sea capaz de trasmitir un candidato que, en esencia, se dirige al mismo votante que su rival. Y, ciertamente, en las últimas confrontaciones electorales, el elector de centro derecha ha elegido mayoritariamente al Partido Popular y no sólo por su experiencia de Gobierno probada, sino porque no ofrece los espacios a la duda que siempre dejan los partidos con vocación de bisagra. Tal vez, si Pedro Sánchez hubiera convocado elecciones tras la moción de censura, a Rivera le hubiera servido algo más su entusiasta colaboración con la manipulación farisea y sectaria de la sentencia de la «Gürtel», pero tras nueve meses de Gobierno socialista, el votante de derechas sabe que lo que se juega es el futuro de la Nación. Fue uno de los flancos débiles de Albert Rivera que, paradójicamente, aprovechó el candidato de Podemos, Pablo Iglesias, poniendo de relieve la probabilidad del pacto postelectoral entre el PSOE y Ciudadanos. Ciertamente, el ataque del líder comunista iba dirigido a su rival en la izquierda, Pedro Sánchez, pero, inevitablemente, llevaba al éter el mensaje de la ambivalencia del partido naranja. No necesitó, pues, Pablo Casado buscar la confrontación directa con Ciudadanos. Si el rival de Rivera es Casado, el rival de Casado no es otro que Pedro Sánchez. Un candidato socialista que, aunque sea dicho de paso, repitió milimétricamente los argumentos y el tono faltón del anterior debate, enzarzándose, además, con un Rivera al que se vio un poco sobreactuado.

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