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Un ataque legítimo y proporcionado

Tiempo de lectura 4 min.

14 de abril de 2018. 22:20h

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14/4/2018

El mundo entero despertó ayer con la noticia de que EE UU, Reino Unido y Francia habían realizado de madrugada un ataque coordinado contra infraestructuras de armas químicas del régimen sirio. En total, fueron lanzados 110 misiles en apenas una hora con un resultado altamente satisfactorio, según informó el Pentágono. Horas después, el presidente de EE UU, Donald Trump, declaraba en Twitter: «Misión cumplida». Todo apunta a que, efectivamente, la operación cubrió las expectativas. No causó bajas indeseadas y fue claramente proporcionada y de una precisión quirúrgica. Todo lo contrario que la ofensiva del presidente sirio, Bachar al Asad, contra su pueblo. En siete años de guerra, ya han perdido la vida casi medio millón de personas y 100.000 han desaparecido.

El precedente de este bombardeo se encuentra en el ataque con armas químicas del sábado pasado contra la localidad damascena de Duma, que mató a 75 personas y acabó con la paciencia de EE UU. Trump llevaba días amenazando con lanzar la ofensiva y ha cumplido sus advertencias de una forma muy parecida a la de hace un año. Otra masacre con arsenal químico, en aquella ocasión contra Jan Sheijun con un resultado de 83 muertos, causó el primer bombardeo ordenado por el actual líder estadounidense. No cabe duda de que Al Asad lleva años violando de forma flagrante la Convención sobre Armas Químicas suscrita por su país y el pacto que hizo en 2013 con el entonces presidente de EE UU, Barack Obama, cuando se comprometió a destruir todo su arsenal bajo la supervisión rusa. El sátrapa logró, una vez más, ganar tiempo mientras su pueblo se desangraba. Cinco años perdidos en una guerra que están perdiendo todos y que Rusia utiliza para plantar cara indirectamente a EE UU. Sabe bien que en un enfrentamiento directo no tendría nada que hacer.

Ante este relato de los hechos, quizá el ataque admita análisis diversos, pero lo que no se puede aseverar en modo alguno es que ha sido ilegítimo. La guerra en Siria lleva mucho tiempo fuera de control y hacía falta un golpe en la mesa como el liderado por Trump con la colaboración de Londres y París. Al Asad y, por extensión, Vladimir Putin, han recibido el mensaje claro y nítido de que no todo vale para acelerar el final de este conflicto poliédrico. El sufrimiento de la población siria no puede ser la moneda de cambio para que regímenes como el de Irán o Rusia hagan valer sus posiciones frente a Occidente.

La operación ha concitado todo el consenso que cabía esperar; la OTAN y la Unión Europea se han puesto de inmediato del lado de sus aliados. Es una buena noticia comprobar cómo EE UU no ha renunciado a su responsabilidad internacional pese al declarado deseo de su presidente de abandonar el multilateralismo. Las declaraciones de Trump de finales de marzo respecto a la retirada estadounidense de Siria pudieron animar el ataque químico, pero la contundencia de la respuesta militar ha vuelto a poner las cosas en su sitio. No parece además que Rusia esté dispuesta a liderar una fuerte represalia a este ataque contra su protegido sirio más allá de las habituales bravatas a que nos tiene acostumbrados el jefe del Kremlin. Todo apunta a que su estrategia seguirá la misma línea de provocación y desgaste del enemigo americano tanto dentro como fuera de Siria. El bloqueo sistemático de Moscú en el Consejo de Seguridad de la ONU de cualquier resolución encaminada tímidamente a arrojar cordura en la locura siria habla por sí solo de su deseo de que acabe la guerra. Lástima que Occidente tenga que esperar a barbaridades como la guerra química para poner límites al espanto.

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