Colombia

¿Quién vence en Colombia?

Sostengo que el proceso es irreversible y lo digo desde la perspectiva del enorme respeto y afecto que siento por sus ciudadanos y de la experiencia de haber aportado algunos granos de arena a la ingente obra de su reconciliación nacional

La Razón
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Doy por hecho que el lector entiende que no tengo el menor interés en aumentar la incertidumbre que se cierne sobre el proceso de paz en Colombia. Todo lo contrario. Sostengo que el proceso es irreversible y lo digo desde la perspectiva del enorme respeto y afecto que siento por sus ciudadanos y de la experiencia de haber aportado algunos granos de arena a la ingente obra de su reconciliación nacional. Es más. Diría que no dirijo estas reflexiones al lector colombiano, sino a mi propia opinión pública desconcertada ante manifestaciones diversas. Sólo me permito recriminar a nuestros hermanos que al importante referéndum que debía ratificar los acuerdos de la Habana, sólo acudiese el 37% de su censo. Me confirmaban el desinterés que han sentido amplias capas de su población durante décadas por el conflicto con las FARC. Pero también debo recordar que los partidarios del «no» obtuvieron el 50,23% de estos votos, contra el 49,76% que obtuvieron los de apoyo al Gobierno. Es decir, una diferencia de un 0,47% que, traducida en número de votos, alcanzaba algo menos de 60.000. Es decir, respetando, por supuesto, las reglas del juego, ni la victoria del «no» fue tan aplastante ni la derrota del «sí» tan determinante. Por supuesto, cada una de las opciones ha sido interpretada en claves políticas, premio Nobel por medio, venta de la piel del oso prematuramente en Cartagena de Indias, etc.

Pero, en mi particular óptica, valoro el que sin pérdida de tiempo, el Gobierno y los negociadores volviesen a la mesa de diálogo. Santos incorporó a su ministro de Defensa y a su canciller para reforzar a Humberto de la Calle, su jefe de delegación en La Habana. La reacción de los dirigentes de las FARC no ha sido negativa, como si ya fuesen asumiendo las reglas de juego democráticas. Tampoco es malo. Todos hablan de jornadas interminables de discusión, de noches en blanco. Pero también de caminos viables y posibles. El mismo Humberto de la Calle había reconocido en Cartagena el pasado 26 de septiembre que el acuerdo «era el mejor posible, aunque susceptible de críticas». Y las ha aceptado, como tendrán que aceptar ahora el que por muchas mejoras que se introduzcan en la revisión, siempre serán posibles otras, siempre aparecerán críticas. Y que conste que las que se están introduciendo ahora las considero positivas. Algún día sabremos si más que un pulso político teñido de personalismos entre los del «no» y los del «sí», hay algo más, una especie de secreto pacto patriótico con reparto de papeles. Porque este patriotismo, difícil hoy de entender entre muchos españoles, está muy arraigado en Colombia. Repetidas veces he aludido a que tanto las FARC como ELN utilizasen siempre la bandera nacional como distintivo. Aquí ya sabemos cómo pronto abanderamos ideas, cómo abjuramos de la de todos, cómo teñimos de morado ideologías o estrellamos a la cubana reivindicaciones.

Resumo: lo positivo ha sido no perseverar en el posible error, sentarse a dialogar, respetar opiniones, no dejar espacios para el desánimo, no tirar los esfuerzos de largos cuatro años por la cloaca. Si se llega a un acuerdo final habrá ganado Colombia que es de lo que se trata. No voy a entrar en posibles fórmulas porque no me corresponde –no nos corresponde- decidirlo. Hay quien requiere un nuevo referéndum; hay quien postula un acuerdo en el Congreso, donde el Gobierno tiene mayoría, mayoría que en el Senado supera hasta el 80%. Por último, hay quien apela a la decisión de los 1.122 concejos municipales. Tampoco entro.

Como tampoco quiero entrar en las variaciones del nuevo documento de 310 páginas de densa lectura y no fácil interpretación para la opinión pública. Aquí sí, quizás será necesario un ejercicio de concienciación objetivo y responsable por parte de los medios. Y en algún momento deberá plasmarse en un abrazo o en un simple apretón de manos la reconciliación política entre dos antiguos colaboradores que lucharon codo con codo por lograr la paz. A ellos deberán sumarse poco a poco quienes han aceptado la vía política para reinsertarse en la vida del país. No es posible ponerle puertas a este campo: Mujica en Uruguay, Lula en Brasil y el propio Leonel González en El Salvador proceden de movimientos insurgentes. ¡Ya! Siempre hay matices.

Santos tiene varios frentes: lucha estos días con problemas de salud, mientras prepara su discurso de aceptación del Nobel el 10 de diciembre en Oslo. No olvidemos que Noruega, junto a Cuba, ha tenido amplias responsabilidades en la firma de los Acuerdos. Con algo más de tiempo ve venir las elecciones de 2018, pero no creo que esto constituya hoy su gran preocupación. Ha apostado fuerte, consciente del momento histórico. Quedan trechos. Quedan enemigos. Quedan víctimas.

Ganará, si tiene claro que no lucha por su victoria, sino por la victoria de todos los colombianos.