Los obispos europeos se rebelan: no al cerrojazo de iglesias por el coronavirus

En una queja inédita conjunta, los prelados se unen para reivindicar “la libertad de religión y culto” después de las restricciones de la segunda oleada

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Durante la primera oleada de la pandemia del coronavirus, los obispos de toda Europa no dijeron ni mú. Tal era la gravedad de los contagios, el número de muertos que se acumulaban diariamente y el desconocimiento sobre la transmisión de la Covid-19, que no dudaron en dar un paso atrás y seguir a pies juntillas las medidas propuestas por los autoridades locales, regionales y estatales. En la mayoría de los casos se llegó al cierre de los templos, en otros se suspendieron las misas…

Sin embargo, en esta segunda oleada, los líderes de la Iglesia católica se han plantado. “Declaramos nuestra buena voluntad de mantener el diálogo entre los Estados y las autoridades eclesiásticas para encontrar la mejor manera de conciliar el respeto de las medidas necesarias y la libertad de religión y de culto”, exponen en una carta los presidentes de todos los episcopados del continente, aglutinados en la la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE).

Aunque en el tono diplomático propio del lenguaje eclesial, se trata de una queja inédita por parte de los obispos, que recuerdan en la misiva que “un elemento crucial para la Iglesia en muchos Estados miembros durante la pandemia es el respeto de la libertad de religión de los creyentes, en particular la libertad de reunirse para ejercer su libertad de culto, respetando plenamente los requisitos sanitarios. Esto es aún más evidente si consideramos que las obras de caridad nacen y también se arraigan en una fe vivida”.

Este manifiesto de los obispos, que rubrica también el presidente de los obispos españoles Juan José Omella, se produce después de que el segundo confinamiento francés haya prohibido los oficios religiosos y de que Boris Johnson también decretara el cierre de los templos. En Austria, por ejemplo, a pesar de haber decretado el encierro más duro de la UE en esta segunda oleada, las iglesias sí permanecen abiertas.

En España no se ha llegado a ese extremo, ni mucho menos. En ningún momento se ha vuelto a hablar de clausura de los templos, ni por parte del Gobierno central ni desde las comunidades autónomas. Ni tan siquiera en el caso más extremo por la alta incidencia de contagios, como sucede en Burgos, se ha planteado como medida excepcional. De hecho, se permiten, hoy por hoy, hasta quince personas en las parroquias. Es más, incluso en el nuevo estado de alarma se incluye un matiz que no existía en el de marzo, por la cual la limitación de aforos y actividades “no podrá afectar en ningún caso al ejercicio privado e individual de la libertad religiosa”. Es más, de septiembre a noviembre apenas se han producido incidentes, más allá del colmillo retorcido de la Generalitat catalana por la beatificación celebrada en la Sagrada Familia, que parece tener en su diana cualquier movimiento del cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, al que ahora solo ven como ‘sospechoso’ desde que fuera elegido en marzo de la Conferencia Episcopal Española.

Más allá de esta queja particular, en el comunicado conjunto de los líderes católicos hace “un llamamiento a la solidaridad a las instituciones europeas y a los Estados miembros” para salir de la crisis. “Que no deja a nadie fuera”, exponen, a la vez que reivindican “un espíritu común y una nueva mentalidad” que permita “construir un modelo diferente de economía y sociedad tras la pandemia”. En este sentido, reclaman que se haga realidad el Pacto sobre la Migración y el Asilo presentado por la Comisión Europea. “Europa no puede ni debe dar la espalda a las personas que proceden de zonas de guerra o de lugares donde son discriminadas o no pueden gozar de una vida digna”, denuncian.