
Religión
La verdad escondida
Textos de oración ofrecidos por el párroco en el Valle del Lozoya, Madrid

Meditación para este domingo XXII del tiempo ordinario
Tantas veces queremos cambiar las cosas desde arriba, pretendiendo dirigir la vida de los demás. Sin embargo, el Evangelio, enseña lo contrario: Somos grandes cuando descendemos, alcanzamos lo mejor si vivimos la humildad.
«Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Y dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”».
Jesús, el verdadero Maestro, vive entre nosotros cuando guardamos su Palabra, y esto es lo que genera los cambios duraderos. Las relaciones duraderas se construyen descendiendo y abriéndose a los demás con generosidad. Porque el que quiere influir desde arriba, termina vacío por dentro. El que sirve desde abajo, sostiene el mundo.
Rechazo, discriminación, pérdida del aprecio... ¡Cuánto sufrimos cuando nos toca atravesar algo de esto! Tendemos, para evitarlo, a buscar lo que más nos conviene y a preferir los reconocimientos y halagos. Sin embargo, el evangelio trastoca nuestras prioridades y criterios humanos sobre lo que valoramos y buscamos. Necesitamos cambiar la perspectiva, buscar a Dios en lo sencillo y así descubrir lo que verdaderamente vale. Muchas veces esto nos exige una conversión, obligándonos a cambiar nuestros esquemas y luchar contra nosotros mismos. ¡Qué buena oportunidad de ser mejores!
Todo buen marinero sabe que una borrasca se puede aprovechar si sabemos manejar las velas. Una pérdida puede hacer más ligero nuestro rumbo, mientas que acumular cargas innecesarias nos puede hacer zozobrar. Pues bien, nuestra carga más pesada es el propio ego. Por eso necesitamos aprender a tomar el último lugar para merecer el primero; necesitamos disminuir para crecer.
El evangelio nos indica un orden de prioridades que desafía nuestras tendencias innatas y las jerarquías de este mundo. Porque Dios elige siempre lo menos vistoso, aquello que el mundo menos valora: una zarza en la montaña para hacerla arder con su presencia, una roca en el desierto como eje entre la tierra y el cielo, la doncella de una aldea para convertirla en su propia Madre. Como sentenció el poeta Gerard M. Hopkins: “Dios se oculta en lo ordinario para ser hallado por el humilde”. Así ha acompañado la historia humana, y así quiere entrar también en la tuya.
Charles Péguy lo dijo alto y claro: “El orgullo es el manto más grueso que cubre la verdad”. Por eso, si queremos vivir en la verdad, hemos de aprender a elegir lo menos relevante y habituarnos a preferir el último lugar. Y nuestra sorpresa será grande cuando Dios haga de lo últimos, los primeros. Solo desde esta libertad radical damos una respuesta coherente y cada cosa gana su verdadero valor. Mejor hacerlo a tiempo y con plena voluntad antes que Dios nos tenga que recordar cuál es nuestro lugar: «Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Esta semana hemos celebrado la festividad a un santo que nos ilumina acerca del orden del que habla este evangelio: san Agustín. Él buscaba la verdad y su belleza en complicadas filosofías y hasta supersticiones, a la vez que despreciaba Revelación de Cristo, por considerarla demasiado simple y pueril. Perdía así su vida, su alegría y su libertad. Su desesperanza se trocaba en desesperación y su increencia, en impiedad. Sin embargo, la luz de la gracia le sorprendió bajo la sencilla voz de un niño, que sin aspavientos le invitó a realizar el mayor acto de valentía que hubiera hecho hasta entonces: “Alza y lee”, le dijo. Y así se dispuso a abrir unas páginas de la Biblia.
Los pasajes que leyó san Agustín, que hasta entonces despreciaba como bagatelas, le revelaron su propia verdad. Le esperaba allí la presencia viva que, sin saber, había buscado desde siempre Jesucristo. Él se convirtió en su maestro interior y la Iglesia, en el lugar para encontrarlo y prolongarlo en el tiempo. Solo le hizo falta cambiar sus proporciones, vencer su soberbia para alcanzar lo más grande haciéndose pequeño.
La búsqueda de san Agustín, que pasó del materialismo a la sensualidad, y de esta a la superstición y la increencia, se parece a los devaneos de nuestros tiempos, cuando tantos tropiezan entre lo que seduce y decepciona con sus fastos. Lo que se necesita ante ello es la valentía de buscar y elegir lo menos vistoso. Allí, en lo aparentemente simple y despreciable, se esconde la verdad.
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