Dignidad

La Razón

Sigo echando de menos a mi abuela aunque hayan pasado ya muchos años desde que murió. La echaré de menos siempre. La quería con esa profundidad con la que sólo se quieren en la vida las personas incondicionales.

Aunque yo no quería que muriera, me persigue la idea de que las últimas 48 horas de sufrimiento le sobraron. Recuerdo sus palabras entrecortadas y disneicas diciendo «ya no puedo más». Su fortaleza física, su resiliencia cultivada a lo largo de una vida austera y de sacrificios le llevó a que su muerte fuera por agotamiento.

Podrán imaginar la explosión emocional y aflicción añadida al duelo que supone desear que la persona a la que tanto quieres deje de sufrir cuanto antes, sabiendo que la única vía es la muerte. Una muerte que no viene y un sufrimiento que no se va, al contrario crece y se apodera de lo físico y lo psicológico hasta que la persona que está en el proceso final de la vida desaparece y solamente queda un suplicio.

Entonces en la Comunidad Valenciana aún no se había aprobado la ley de los cuidados paliativos y de la dignidad al final de la muerte. Los profesionales sanitarios y la familia hicimos lo que pudimos, aunque me temo que no fue suficiente. Los mismos que cuestionaban y se oponían a la aprobación en la Comunidad Valenciana de la ley de cuidados paliativos, son los que ahora se oponen a la ley de eutanasia en el Congreso de los Diputados, paradójicamente haciendo un alegato en favor de una ley de cuidados paliativos.

Ambas leyes están relacionadas, pero la una no sustituye a la otra. Es más, dan respuesta a situaciones distintas, que no tienen comparación alguna. Ambas son necesarias. Las dos otorgarán a las personas en el momento final de la vida, dignidad.