Cazador, atento a la tuberculosis animal

Sumida la humanidad en la crisis del coronavirus parece no existir otra enfermedad que la causada por el COVID-19 pero desde años conviven con nosotros otras enfermedades que como la tuberculosis animal afectan a la ganadería y a determinadas especies cinegéticas.

Dentro de la línea científica y divulgativa de la fundación Artemisan se ha tratado el tema de la tuberculosis animal y presentamos aquí un resumen de su guía. La tuberculosis es una enfermedad bacteriana crónica de los mamífe­ros causada por microorganismos del género Mycobac­terium, entre los que se incluyen M. bovis y otros miem­bros del complejo M. tuberculosis, como M. caprae.

Es uno de los mayores enemigos de la ganadería exten­siva, tanto por la enfermedad en sí como por el impac­to económico derivado de las medidas de control, sien­do uno de los problemas de sanidad animal que más dinero cuesta a las administraciones públicas. Causa pérdidas importantes en la caza y también supone un impacto negativo para la conservación de algunas es­pecies amenazadas.

Esta enfermedad puede afectar a las personas. Se trata de una zoonosis conocida desde la antigüe­dad y está considerada como la enfermedad que más muertes humanas y animales ha provocado a lo largo de la historia. No obstante, la probabilidad de contagio zoonótico es baja en los países industrializados.

Existen datos sobre el impac­to de la tuberculosis en las perso­nas y todavía hoy en día son muy preocupantes. Según la Organización Mundial de la Salud, es una de las diez causas principales de muerte en el mundo, con 10 mi­llones de personas afectadas anualmente y 1,5 millo­nes de fallecidos cada año. Se desconoce con exactitud los casos en humanos causados por M. bovis aunque se estima entre el 1 y el 2,5% del total.

¿Cómo se transmite la enfer­medad y qué efectos provoca?

La tuberculosis animal se transmite entre individuos de una misma especie, la vía principal de contagio es la aérea, por inhalación de bacilos tuber­culosos liberados por una persona o animal enfermo al toser o estornudar. En cambio, entre especies distintas, lo más esperable es la transmisión indirecta, mediada por agua, alimento u otros sustratos.

Causa pérdidas económicas a la ganadería extensiva, principalmente a la bovina y caprina, por disminución de la producción, decomisos en matadero y restriccio­nes al movimiento de animales vivos, hasta el punto de condicionar la viabilidad de algunas explotaciones. También merma la producción de caza mayor en cuan­to a calidad y cantidad de los trofeos producidos, y su­pone una amenaza para la conservación de especies amenazadas como el lince ibérico, así como de los es­pacios naturales protegidos en zonas de alta prevalen­cia.

Es una enfermedad de carácter crónico cuyos signos pasan desapercibidos durante las fases iniciales. En pri­mer lugar, los animales se muestran débiles, anoréxi­cos y febriles. Pero son las lesiones pulmonares, como la bronconeumonía, las que provocan que los animales tengan una tos crónica, intermitente y húmeda. Puede llegar a provocar la muerte del animal. Sin embargo, estos signos no sirven para diagnosticar con seguridad la enfermedad. Los ciervos y jabalíes con tuberculosis generalizada avanzada pueden presentar un adelgaza­miento muy marcado, debilidad y alteraciones de com­portamiento con pérdida del instinto de huida.

Para detectar esta enfermedad es necesario realizar pruebas diagnósticas inmunoló­gicas como la intradermotuberculinización, simple o comparada, o como la detección de gamma-interferón en sangre. En algunas especies también se emplea la serología para la detección de anticuerpos.

No obstante, se puede consumir la carne de animales positivos a tubercu­losis cuando no existen lesiones indicativas de generali­zación que obliguen al decomiso de la canal, es posible consumir la carne y no genera ningún riesgo desde un punto de vista de salud pública.

Son numerosas las especies silvestres que pueden ac­tuar como reservorio de la tuberculosis animal, trans­mitiendo las bacterias a animales domésticos y tam­bién al revés o incluso a las personas, por lo que tiene una gran importancia económica y de salud pública.

En España principalmente el jabalí y el ciervo, pero tam­bién el gamo y el tejón son las principales especies silvestres en el mantenimiento de la tuberculosis animal. Por otro lado, diferentes estudios avalan la escasa importancia del corzo o la cabra montés en relación con el mantenimiento y la transmisión de la tuberculosis animal, no resultando hospedadores adecuados para la enfermedad. Zorros y otros carnívoros pueden infectarse ocasional­mente, pero nunca se ha encontrado que jueguen un papel relevante en el mantenimiento de la infección, ni en su transmisión a otras especies. Podrían ser buenos indicadores.

La tuberculosis animal tiene repercusiones sobre las especies cinegéticas. Además de la mortalidad directa que puede causar, principalmente en especies como el jabalí, donde se han llegado a confirmar tasas superiores al 30% en poblaciones silvestres, se producen otros efectos in­directos como el empeoramiento de la calidad de los trofeos o pérdidas en el valor de las carnes de caza, entre otros.

La tuberculosis es una enfermedad crónica, de modo que, cuanto mayor sea el ejemplar abatido más posi­bilidades habrá de que presente lesiones visibles si se trata de un animal infectado. Además, existen estudios que apuntan a diferencias entre especies, de modo que, en el caso del jabalí, se detectan lesiones visibles en el 83% de los ejemplares infectados, mientras que en el caso del ciervo y del gamo esas lesiones aparecen en un 70% de los casos.

Resulta determinante la sobreabundancia de las especies silvestres. No debemos olvidar que las po­blaciones de jabalí y de cérvidos se encuentran en fran­ca expansión geográfica y sobre todo demográfica. En España el número de jabalíes cazados ha aumentado un 1000% en los últimos 30 años.

La sobreabundancia genera importantes retos de ges­tión en relación con las infecciones compartidas, la ges­tión de las especies cinegéticas y el tratamiento de los subproductos de caza, entre otros. En este contexto es importante contar con la complicidad de otros actores además del sector ganadero y los organismos relacio­nados con la sanidad animal, como son el subsector ci­negético y las administraciones responsables de medio ambiente y salud pública.

Desde el punto de vista de sanidad animal las mejores maneras de gestionar los subproductos generados en cacerías son la retirada y gestión por una empresa autorizada, el enterramiento en condicio­nes muy concretas o su empleo para la alimentación de aves necrófagas.

La vacunación de fauna silvestre ya se aplica localmen­te en el tejón en el Reino Unido e Irlanda. En España se han realizado ensayos, principalmente en jabalí, pero todavía hay que superar barreras importantes para su aplicación práctica. En todo caso, la vacunación frente a la tuberculosis tampoco es la bala de plata: ayuda a reducir prevalencias y mejorar el cuadro clínico, pero es una herramienta cara y a largo plazo.