El valor de cuidar a personas con grandes historias de vida

Decía Arthur Schopenhauer que “los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario”. Las historias de nuestros mayores son el lienzo sobre el que escribimos el presente. A ellos, y también a ellas, les debemos quiénes somos a día de hoy. Por ello, repasamos la vida de 3 mujeres nacidas en los años 30 del siglo pasado, hoy atendidas por Clece, cuyos relatos forman el retrato de unas generaciones cargadas de cambio e historia

Catalina y Benita, su auxiliar de ayuda a domicilio.
Catalina y Benita, su auxiliar de ayuda a domicilio.CleceLa Razón

Esta es la historia de tres mujeres con historia, mujeres fuertes y adelantadas a su época, que vivieron experiencias increíbles y que hoy nos cuentan cómo han vivido la pandemia y la llegada de la vacuna en este punto de sus vidas.

“Estoy orgullosa de la familia que he formado”

La primera de nuestras protagonistas es Catalina Rodríguez. Catalina nació en 1936 en El Hijate, una pequeña localidad en Alcóntar, Almería. Con tan solo 18 años, conoció a su marido con el que lleva toda la vida.

Con él, además de formar una feliz familia, empezó vendiendo embutidos en la orilla de la carretera y, a base de trabajo y esfuerzo, fundaron una gran empresa de embutidos que hoy, tras más de 40 años de servicio, lleva su nombre: Hijos de Catalina Rodríguez Castaño. Ambas, familia y empresa, han estado siempre ligadas y esto para la andaluza ha sido “un gran alivio de pensar que mis hijos ya tenían un futuro labrado y ya no tendrían que ir a guardar ovejas”.

Y es que Catalina siempre ha sido una mujer muy trabajadora, fuerte y tenaz que no se arruga ante nada y que siempre ha dado lo mejor para los suyos. “Me siento orgullosa de haber tenido ahínco y valor como los toreros que son novilleros y sin saber torear se tiran al ruedo, me siento orgullosa de mi marido y de la familia que he formado”, comenta. Además de su familia y su trabajo, Catalina también es la presidenta de la Asociación Española Contra el Cáncer de El Hijate y ha recibido premios, como el de Almanzora, por su contribución en la lucha contra la enfermedad, causa del fallecimiento de su madre. A la investigación, además, donó los beneficios de los tres libros que ha escrito, en los que recita sobre los pueblos, tradiciones y paisajes andaluces.

Esta almeriense afronta de manera optimista el futuro, ahora que ya ha recibido la primera dosis de la vacuna, y sigue preparando alguna que otra cosa con la que contribuir a la comunidad de El Hijate. Y es que, según dice ella misma, “mi próximo proyecto es servir al género humano mientras tenga vida”. Aunque lo ha pasado mal con el confinamiento “por no poder salir”, solo tiene palabras de agradecimiento para el personal del Servicio de Ayuda a Domicilio de Clece: “Me tratan como si fuera su madre, es mucho el cariño que ellas me dan”, nos cuenta.

Entre “ellas”, las 1.300 auxiliares del SAD de la Diputación de Almería, que atienden 85 municipios de la provincia, está Iris Hernández, la jefe de servicio, quien se siente “muy orgullosa de que a una usuaria como Catalina se le haga este reportaje, ya que ha sido una luchadora y es un ejemplo para muchas mujeres”.

Sobre el servicio de ayuda a domicilio que gestiona, considera que “es un gran reto profesional llegar cada día a 4.500 hogares repartidos por toda la provincia de Almería, con las peculiaridades de cada municipio y logrando dar un servicio de calidad, cercanía y excelencia a todos y cada uno de ellos, a través de grandes profesionales que logran que todas estas personas mayores vivan en sus domicilios y obtengan la calidad de vida que se merecen”, defiende.

Mujeres que cuidan de otras, puesto que el 71% de los usuarios de este servicio “son mujeres de los pueblos de Almería, que han trabajado junto a sus maridos fundamentalmente en el campo, cuidando de sus familias, con mucho sacrificio…, que merecen ser cuidadas y mimadas en su vejez, para devolverles todo lo que ellas nos han dado”, alega Hernández.

“He recorrido España de arriba abajo”

La de Loli Arroyo es la vida de una mujer independiente y fuerte que ha viajado y ha trabajado de una manera asombrosa. Nacida el 7 de abril de 1933 en la céntrica calle Mantería de Valladolid, pasó su infancia en esa ciudad, donde fue al colegio Carmelita de Campo Grande.

Ya de mayor, Loli tuvo una floristería en la calle Duque de la Victoria que se llamaba Flores de España. “Para mí era maravilloso trabajar allí, ya que el poder ver felices a otros, sobre todo cuando eran fechas especiales como san Valentín o bodas, me enorgullecía mucho” recuerda con cariño. Esto, junto al trato con la gente, le hacía muy feliz. Y es que Loli, cuando echa la vista atrás, se siente especialmente orgullosa de “haber tratado bien a la gente y que la gente en la actualidad tenga un buen recuerdo mío. Para mí eso es realmente importante y satisfactorio”.

Con respecto a la etapa que estamos viviendo, aunque recibió la vacuna muy contenta, también lo ha pasado un mal, pero “las llamadas de las personas que me importan nunca me han faltado”, como cuenta desde su residencia de Clece Vitam Patio de los Palacios, en Valladolid. En este sentido, Loli lanza un mensaje a los jóvenes de hoy: “que se ocupen de sus personas mayores o que les regalen una flor a sus madres o abuelas, ya que eso vale por mil”.

Loli ha hecho de la residencia y de la habitación -que ha adaptado a sus gustos y necesidades- su hogar, “lo que es nuestra finalidad”, señala Raquel Turiel, directora del centro, que destaca de esta residente que “le gusta mantener las relaciones sociales y cuenta con el apoyo de sus familiares y amigos, lo que se vio duramente mermado durante el confinamiento”, lamenta. Por eso, “promovimos el contacto de las personas residentes con su familia y amigos por videollamada a través de tablets, y en los momentos más duros, por Skype, a través de una enorme pantalla, nuestra yeti-tablet”.

“En cuanto se nos permitió, abrimos las visitas, siempre de forma controlada y con seguridad, manteniendo las medidas preventivas. En este momento, tenemos habilitadas varias zonas para visitas, permitiendo hasta tres familiares”, relata, aliviada. El centro tiene un gran patio “al que salimos a pasear y hacer actividades, si el tiempo lo permite”. Afortunadamente, “ya podemos autorizar las salidas de los residentes del centro, siempre que sea con causa justificada, como las consultas médicas o salir a pasear, un motivo justificado al ser considerado, por nosotros, necesidad básica de salud mental”, defiende Turiel.

“Soy la churrera de la calle Arrabal”

María Luisa Valle tiene hoy 85 años y es natural de Santander. Con tan solo 12 años, empezó a trabajar en una fábrica de alpargatas de la ciudad, donde le ofrecieron limpiar los baños por un duro. De ahí, pasó a trabajar en el taller de la Joyería Presmanes, un establecimiento muy conocido en el Santander de la época, donde aprendió a hacer las piezas de joyería.

Así vivió hasta que con 25 años se casó con su marido, el dueño de una churrería en la calle Arrabal. Hasta entonces, había estado prohibido que las mujeres casadas trabajaran, pero María Luisa fue la churrera más popular de la ciudad.

Su hija, Ana Isabel, nos cuenta que a su madre le gusta mucho recordar cuánto ha trabajado: “¡Con todos los churros que he hecho yo en mi vida!”. Y es que este era un trabajo de lo más exigente, ya que tanto ella como su marido se levantaban a las cinco de la mañana y no cerraban hasta las nueve y media de la noche. En sus mesas, sirvieron a todos los trabajadores de la zona que iban allí a desayunar, así como a familias de toda la ciudad que deseaban disfrutar de una buena merienda.

Hoy, María Luisa está feliz en el Centro de Día General Dávila, perteneciente al Gobierno de Cantabria y gestionado por Clece. Allí, nos cuenta Ana Isabel, “se sigue relacionando y aprende mucho. Está muy concienciada con las medidas de seguridad de coronavirus y siempre lleva la mascarilla, incluso, en casa”, relata su hija, horas antes de que los todos los usuarios del centro reciban la segunda dosis de vacuna.

María Luisa, "la churrera más famosa de Santander", junto a Susana, trabajadora social.
María Luisa, "la churrera más famosa de Santander", junto a Susana, trabajadora social.CleceLa Razón

María Luisa Valle, cuando no está en casa, está en la calle. Con este chascarrillo, la santanderina amenizaba a sus clientes. “María Luisa siempre estuvo de cara al público y pasaba muchas horas fuera, hasta el punto de hacerse muy conocida con esa broma”, explica Rosaura González, jefe de servicios sociales de Clece en Cantabria. “Por eso es tan importante que acuda al centro, que le proporciona un horario de salida y una vida social propia. Aquí tiene amigos y un programa personal de cuidados. Y una forma física, envidiable, que procuramos que mantenga el mayor tiempo posible”, expresa.