Miguel Ferrer, investigador del CSIC: «Lo que ha pasado en Doñana se advirtió en los 80»

El experto analiza las amenazas del cambio climático en la biodiversidad y pide un cambio de mentalidad en la sociedad para frenarlo

HUELVA, 03/09/2022.- La laguna de Santa Olalla, la laguna permanente más grande de Doñana y la última que ha mantenido agua en agosto, ha terminado por secarse completamente, lo que se ha debido a un periodo de sequía intenso y la sobreexplotación del acuífero por el complejo turístico onubense de Matalascañas, lo que ha agravado la situación en Doñana.
HUELVA, 03/09/2022.- La laguna de Santa Olalla, la laguna permanente más grande de Doñana y la última que ha mantenido agua en agosto, ha terminado por secarse completamente, lo que se ha debido a un periodo de sequía intenso y la sobreexplotación del acuífero por el complejo turístico onubense de Matalascañas, lo que ha agravado la situación en Doñana. FOTO: Efe La Razón

Aunque el cambio climático ya viene de lejos, este verano sus efectos se han dejado notar con especial fuerza en nuestro país con la ola de calor que provocó un aumento de las muertes entre junio y agosto (más de 4.700, según el Instituto Carlos III) y una pavorosa ola de incendios que ha arrasado más de 290.000 hectáreas de superficie forestal. Estos dos han sido los efectos más dramáticos, pero hay otros muchos más «silenciosos» igual de preocupantes. LA RAZÓN ha hablado con Miguel Ferrer, investigador del CSIC que desarrolla su labor en la Estación Biológica de Doñana, y detalla algunos de los principales problemas que amenazan a la biodiversidad en España.

Desajustes

A día de hoy se estima que la temperatura media en el hemisferio norte aumenta unos 0,45ºC hacia el norte al año. «Un animal tipo ave puede responder a eso relativamente bien, solo tiene que volar un poco más. El problema reside en si al lugar al que llega sea climatológicamente mejor pero que no haya comida. A eso es lo que se llama “desajustes”, y es una de las consecuencias del cambio climático», señala Ferrer.

El problema, según el experto, es que a esa misma situación tienen que enfrentarse también otras especies con capacidad de respuesta más limitada y éstas «son las que más preocupan». «Imaginemos el caso de un micromamífero, un topillo por ejemplo, que trata de seguir la velocidad del cambio climático desplazándose medio kilómetro al año hacia el norte. Es posible si puede alcanzar esa velocidad y si además el paisaje no está fragmentado, porque en ese caso llega a una barrera que no puede cruzar».

Otro de los problemas surge cuando se produce un incendio forestal. Entonces, las especies más afectadas varían de nuevo según su capacidad de respuesta; es decir, «las que pueden huir y las que no», y la consecuencia más inmediata es que «su hábitat original se ve muy transformado».

El biólogo señala que «las condiciones climáticas están cambiando, por lo que hay más incendios pero sobre todo son de mayor extensión». La razón de ello es «el clima y la situación en la que se encuentra la vegetación». Un dato estremecedor es que un bosque de encinas, robles o alcornoques «puede tardar 200 o 300 años en volver a tener el mismo aspecto que antes del incendio».

Matar la “gallina de los huevos de oro”

Además, ante la repoblación de especies arbóreas en zonas quemadas con fines económicos, este experto hace hincapié en que «tenemos la costumbre de mirar los recursos naturales solo desde un punto de vista de rendimiento económico, y lo hacemos muchas veces a costa de matar la gallina de los huevos de oro. Un bosque no es solo producción de madera, también tiene otras muchas funciones. Espero que aprendamos a hacer las cosas de un modo más inteligente», destaca.

El caso del Parque Nacional de Doñana, donde el experto desarrolla ahora su carrera, ha vuelto a la actualidad tras la desaparición de la última laguna de agua dulce que había resistido a la sequía, la de Santa Olalla, que proporcionaba refugio a aves migratorias y mamíferos. Aunque este hecho ya ha sucedido otras veces, organizaciones ecologistas han dado la voz de alarma ante lo que consideran «un punto de no retorno».

«Doñana se está secando literalmente, hemos sacado tanta agua de la piscina que la estamos vaciando», se lamenta el investigador, que desarrolla su labor en la Estación Biológica del Parque. «Yo trabajo con aves de presa, que son muy buenos indicadores de la biodiversidad de la zona. Antes eran un espectáculo increíble por su diversidad y densidad y ahora prácticamente han abandonado Doñana», afirma.

Malas perspectivas

El profesor del CSIC cuenta que el agua dulce, que es la superficial, procedía de las cuencas vertientes al parque y que eran siete en el pasado. «Ahora nos queda una y media, que está sujeta a variaciones por la pluviosidad, con lo que las perspectivas a medio-largo plazo no son buenas».

El otro problema proviene de los acuíferos «y con los que las cosas se han hecho peor si cabe, porque eso fundamentalmente es culpa nuestra». «Lo que ha ocurrido es que se ha sobreexplotado el acuífero y ha disminuido el nivel del agua». La gravedad de este hecho es que no es algo nuevo, en los años 80 se presentó la primera denuncia ante la entonces Comisión Europea en Bruselas para denunciar lo que estaba ocurriendo con las extracciones de los acuíferos.

Invernaderos

«Desde entonces nada ha cambiado, sino que el número de pozos ilegales y el volumen de agua extraída no ha hecho más que aumentar». «Me gustaría saber qué han aportado de innovación todos esos cultivos bajo plástico y su impacto socioeconómico, porque yo lo que veo sobre todo son trabajadores temporeros a cuyas condiciones de trabajo habría que echar un vistazo».

Todo esto es «para que unos ganen mucho dinero y todos los demás nos quedemos sin Doñana», subraya este experto, quien recalca que «es un asunto complicado desde el punto de vista legal, pero hemos hecho cosas más difíciles, como la reconversión de los altos hornos», asevera.

Cambio de mentalidad

El cambio en la mentalidad de la sociedad en los últimos 40 años sobre la conservación de la naturaleza y el medio ambiente ha traído consigo actuaciones de conservación muy importantes para la protección de especies y su entorno y algunas de ellas que antes se perseguían han aumentado en España «sobre todo porque ha desaparecido la presión contra ellas». No obstante, pese a que los mensajes han llegado y la gente se han concienciado este experto duda de que «los mensajes que se envían sean los correctos».

«Me gustaría pensar que, tras la fiebre de los años 70-80, se haya aprendido que la biodiversidad no es solo un bonito oso panda, sino aquello que permite que el aire sea respirable, el suelo fértil y el agua potable. El objetivo fundamental es la conservación de nuestra propia especie», zanja.

Una vida dedicada a la defensa del medio ambiente

Miguel Ferrer actualmente es presidente de la Fundación Migres, creada en 2003 por iniciativa de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía para el seguimiento de la migración de aves en el estrecho de Gibraltar. A lo largo de su trayectoria ha recibido numerosos galardones, como el Premio Andalucía de Medio Ambiente 1999 por los trabajos de investigación sobre el vertido tóxico de Aznalcóllar, el «Watson Raptor Science 2013» –otorgado al artículo científico más destacado del año– o en 2017 el Premio Fondena por su labor en la Estación Biológica de Doñana.

Especialista en aves rapaces, es uno de los mayores expertos europeos en su flujo migratorio. Está particularmente orgulloso del proyecto de reintroducción de una especie de ave de presa que estaba extinguida en la península, el águila pescadora, que ahora ya cría de nuevo en nuestro país, y de la que hay actualmente 50 pollos en Huelva y Cádiz. En este momento su equipo trabaja con Iberdrola en una nueva reintroducción en la costa de Valencia.

También fue uno de los responsables de la recuperación del águila imperial. Cuando comenzaron solo había 100 parejas y estaba en peligro de extinción debido en su mayor parte a las electrocuciones de estas aves por los tendidos eléctricos. Gracias al trabajo conjunto con las compañías eléctricas se localizó y protegió los tendidos más peligrosos y se logró reducir en un 82% las muertes de estas águilas en electrocuciones. Actualmente la población supera las 600 parejas.