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Así trabajan los agentes caninos de la Guardia Civil

Elton y Tiétar son sólo dos de los 550 perros de élite preparados para localizar desde cadáveres sumergidos hasta animales envenenados

  • Daniel Garrido entrenando con Tiétar en la Escuela de Adiestramiento de El Pardo (Madrid)
    Daniel Garrido entrenando con Tiétar en la Escuela de Adiestramiento de El Pardo (Madrid)

Tiempo de lectura 4 min.

19 de marzo de 2018. 23:20h

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17/3/2018

Elton, el perro que buscaba a Gabriel Cruz, puede rastrear a partir de unas gotas de sangre secas de hace cinco años. Tiétar olfatea cebos envenenados a kilómetros. Son sólo dos de los 550 agentes caninos que la Benemérita tiene entrenados en las especialidades de detección de drogas, explosivos, seguridad y rescate.

Allí donde una persona no cuenta con los medios suficientes como para batir un terreno inabarcable y plagado de pozos; allí donde la policía científica no ve lo que ha sido limpiado; allí donde las sondas se hunden en la nieve y no llegan a tocar el sarcófago donde un escalador trata de sobrevivir; allí, un perro policía huele.

Ellos son «esos ojos que son los nuestros y esa nariz que es la nuestra», expresa a este diario Daniel Garrido, guía de Tiétar, un agente canino especializado en detectar señuelos con sustancias nocivas.

Casi la mitad de estos perros proceden de la Escuela de Adiestramiento de la Guardia Civil en El Pardo (Madrid), un centro de enseñanza donde algunos de los alumnos tienen cuatro patas. En esta escuela, aproximadamente 440 guías adiestran a más de 200 perros que pasarán a formar parte de las fuerzas policiales distribuidas por todo el territorio nacional.

Tiétar se lo toma como un juego, pero poco hay de ocioso en la misión que desempeña: es «el antídoto» de la Guardia Civil. Este pastor belga malois, de cuatro años y medio, pertenece al Servicio Cinológico de la Guardia Civil y ha sido entrenado en exclusividad para encontrar los principales tipos de sustancias tóxicas que se mezclan con carnes y otros alimentos para convertirlos en cebos emponzoñados, aunque también detecta animales muertos por la ingesta de veneno.

Según explica Garrido, guía de Tiétar, estas sustancias combinadas con comida se utilizan para eliminar animales en varios ámbitos: predadores que perjudican al sector de la caza o al ganadero e, incluso, en el sector de la apicultura, «donde se envenena a los osos para que no echen a perder la producción de las colmenas de miel».

¿Las consecuencias? El uso de señuelos envenenados es una práctica ilegal que podría haber acabado con la vida de 185.000 animales en toda España en los últimos 20 años, según un informe publicado por WWF. Entre ellos, especies en riesgo de extinción como el buitre negro, el milano real o el águila imperial ibérica. «La mortandad de perros y gatos en la ciudad ha subido muchísimo, casi llega al millar a nivel nacional», considera Garrido, pero «en zonas rurales el daño es mayor y las consecuencias irreparables».

Para evitar esta debacle, Tiétar ha entrenado duro desde que tenía un año. Desde laboratorio les ceden cadáveres de animales que hayan muerto por otras circunstancias (sobre todo por atropello o al chocar con una alambrada eléctrica) y luego, «impregnamos en los cuerpos el olor, sólo el olor, del veneno que queremos que asimilen».

Una vez en el terreno, y hallado el cadáver de un animal o su cebo, comienza la tarea de los agentes, que deben relacionar las pruebas con el culpable en un espacio tan aparentemente solitario como es, por ejemplo, un bosque. «Logramos establecer esta relación en función del veneno. Si tarda cinco minutos en actuar, formamos un perímetro al paso del animal. Y si cerca hay una granja o el terreno es de un cazador... ya tenemos sospechoso».

En el marco de la operación «Antitox», se sucedieron 269 actuaciones en 24 provincias durante 2017. Tiétar participó en estas operaciones, que terminaron con la detención e investigación de un total de 16 personas. Su guía confiesa que fue «amor a primera vista» y tiene una nariz «que no se deja nada en el campo».

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