
Novela
«Los santos no son de mármol, son de barro»
Ana Medina y Antonio S. Reina novelan el martirio de los jóvenes Paula y Ciriaco, patronos de Málaga

Un encuentro fortuito en un autobús. Llevaban sin verse prácticamente un año y medio. El trayecto supo a poco y derivó en un café. Fue ahí donde Antonio compartió con Ana que tenía una historia que merecía la pena contar. Decidió regalársela. Pero ella dio un giro al guion. ¿Por qué no escribir una novela a cuatro manos? «No sabíamos lo que decíamos», comenta ahora Antonio S. Reina, animador sociocultural y coordinador de proyectos para ong sobre el órdago que le echó Ana Medina, periodista de la Delegación Diocesana de Medios de Málaga. Fue así como se fraguó «El Pez de Barro» (Mensajero), un relato que ficciona la vida de Paula y Ciriaco, junto a la Virgen de la Victoria.
«Cada párrafo, cada línea, la hemos mirado entre los dos. Aunque a lo mejor la primera versión de una parte la escribiera uno, el otro entraba, corregía y aportaba, por lo que es imposible detectar el estilo de cada uno», sentencia Medina, que añade a un tercer autor: «Este camino creativo compartido ha sido posible sin un solo roce, porque creo que ahí está también la mano del Espíritu Santo». Al mismo tiempo, la comunicadora desvela que «ya estamos pensando en cuál será el próximo proyecto».
La persecución
Tres años de trabajo conjunto, sacando huecos donde no los había a sus respectivas familias, a su trabajo y a su compromiso eclesial, les ha permitido ahondar en la figura de los que todavía hoy son unos desconocidos para los propios malagueños. Los dos protagonistas son personajes reales, que vivieron en el siglo IV y fueron víctimas de la última etapa de persecución del Imperio Romano a los cristianos, bajo el mandado de Diocleciano. «Ha sido fácil trabajar una trama sobre ellos, porque la Historia apenas nos cuenta nada sobre quiénes fueron. Ni siquiera se han encontrado sus cuerpos. Tan solo tenemos como certero una frase que se incluye sobre ellos en el martirologio romano», expone Antonio, que apunta cómo sí hay estudios exhaustivos sobre la devoción posterior.
De ahí que su trabajo documental se haya concentrado, sobre todo, en dar credibilidad al contexto en el que se mueven, a esa Malaca próspera situada al sur de Hispania. Por eso, se han puesto en contacto con no pocos historiadores andaluces, como Pedro Rodríguez Oliva, Marion Reder o Mari Pepa Lara, para recrear, como comenta Ana, «esa cotidianidad y esas calles que ahora recorren los turistas casi sin detenerse y que nosotros ahora miramos con otros ojos».
En esa búsqueda de contar de manera creíble les obligó incluso a especializarse en cómo se dictaban y ejecutaban las sentencias a muerte en aquel momento para intentar encajar lo que dice la tradición con lo que verdaderamente pudo suceder en relación a la muerte de los patronos. «Son condenados por su fe», explicita Antonio. «A ellos se les juzga porque se niegan a dar culto al emperador, por creer en el Dios de Jesús de Nazaret y no en el dios César y se cuenta que eso se paga con ser apedreados. Sin embargo, en el Imperio Romano no se tenía esa condena para ese tipo de delitos. Ahí está la muerte de Cristo en una cruz o a la espada que atraviesa a san Pablo. Se nos presentaba un reto sobre cómo contar lo sucedido sin faltar a lo que verdaderamente pudo pasar».
Por eso, los autores introducen otras tramas, tan presentes ayer como hoy. «No mueren solo porque se reafirmen en su fe en el Dios cristiano, sino porque esa fe los lleva en el día a día a actuar en su vida pública de manera concreta, con honestidad», señala Ana. Y suma un ejemplo sin riesgo de ‘spoiler’: «En un determinado momento Ciriaco se ve inmerso en una operación vinculada a la corrupción y decide desmarcarse y no participar, molestando así a los poderosos de la época. En otro momento, se ve claramente cómo los dos jóvenes se oponen al sistema establecido que marca que los pobres de la ciudad sigan siendo pobres, mientras que ellos hacen otra propuesta que, sin duda, va en la línea de Jesús de Nazaret y que incomoda a quienes mandan».
Y es que, precisamente, de Ciriaco y Paula les atrajo desde un primer momento el reto de abordar las consecuencias de vivir y obrar en coherencia con lo que uno es y cree. «Queríamos ahondar en cómo unos jóvenes, como otros cualquiera, se comprometen a actuar de acuerdo a sus convicciones y cómo eso los lleva a tomar decisiones que al final acaban costándoles muy caro. Es esa integridad la que al final se transforma en santidad», comenta al respecto Ana Medina, que aclara que ninguno de los jóvenes pretendían ni por asomo el martirio: «Cuando investigamos sobre el martirio en la Antigüedad, encontramos textos en los que se dejaba claro que no valía ofrecerse para ser mártir, esto es, que no había que buscarlo ni evitarlo. Si llega, es consecuencia de una vida de fe. Por eso, en la novela nosotros reflejamos que Paula y Ciriaco no buscaban que su talante les costara la vida, de hecho, esperaban ser liberados».
Hiperbolizado
Antonio admite que hoy quizá el término mártir se haya «hiperbolizado» como otras tantas palabras fruto del discurso político y mediático. «Sin embargo, en nuestra novela no hay hipérboles. Contamos su muerte con delicadeza, intentando no recrearnos ni generar un relato de enemigos que haga apología. Tampoco es una hagiografía, sino que presenta a estos dos muchachos como lo que eran y lo que somos, personas normales, imperfectas, pero que buscan ser fieles a sus convicciones». En esta misma línea, señala que «al final no iban a renunciar a lo más grande que había en su vida, que era su fe con la reflexión que es inherente a esto: querer salvar la vida a cambio de perder todo aquello en lo que crees o lo que eres».
Son estas coordenadas las que dan sentido al nombre del libro. Por un lado, ese pez, que recuerda a Málaga y al símbolo propio de las primeras comunidades cristianas en clandestinidad. Por otro, el barro. «Paula elabora figuras de barro. Y no es una anécdota, todos somos barro y llevamos el Evangelio en vasijas de barro. Esa fragilidad de cada uno es que se compensa con la gracia de Dios para hacernos santos. El barro es endeble y quebradizo, pero a la vez moldeable, capaz de transformarse siempre en algo mejor y permanecer», plantea Ana Medina, desde el convencimiento de que «los santos, nuestros santos, no son de mármol, son de barro».
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