Nos queda la palabra

David Gistau / Foto: Luis Díaz
David Gistau / Foto: Luis Díaz

La libertad, David. Tuviste la fortuna de ser un periodista libre. Nunca estuviste en la disciplina tirana de la redacción. Sobrevolaste como un folio caído. A esos esclavos, entrañables esclavos, les llamabas “fotocopiadoras”. “Eres como la fotocopiadora”, te oí decir un día a alguien que consumía los días en su escritorio atendiendo a teletipos, llamadas telefónicas y absurdas urgencias. Nunca lo tomé como una ofensa. Alguien tenía que hacer ese trabajo. Llegabas por las mañanas con una indolencia provocadora, te sentabas delante de esa fotocopiadora y, antes de repasar los editoriales y columnistas evangélicos, de maldecir los titulares de la competencia, te lanzabas a la prensa deportiva para comentar asuntos intrascendentes y sacar de ellos alguna parábola que, luego, acababa viendo en tu columna. Eras hombre de columna. Se trataba, como siempre, de equilibrar el pensamiento con la vida. Ese juego te costó caro.

Desde este periódico te vimos crecer como a un hijo pródigo al que se le permitía todo. Eras grande y débil. Queríamos saber cómo ibas creciendo, con una osadía tierna, muy inocente. Recuerdo que cuando te mandamos a escribir sobre los sanfermines –imagínate ahora con toda la mierda que flota en el ambiente- querías cumplir ese sueño de todo periodista: escribir ebrio una crónica y creer que nadie lo había hecho antes. Todos hemos querido ser Hemingway, pero nunca hasta el final. Lo has conseguido, viejo. Volvías cansado y eufórico de misiones que hoy resultan irrisorias, pero para este periódico, pequeño y siempre a punto de naufragar, con el agua al cuello, nos parecía que tus cuartillas dictadas tarde, muy al límite, nos ayudaban a seguir vivos. Recuerdo que te fuiste a Afganistán y un día mandaste una pieza de un partido de fútbol que te habías montado, en vez de mandar una de hazañas bélicas. Decías que habían dejado las ametralladoras por una balón de reglamento. Ese era el estilo Gistau. Eras humano y tenías miedo, la prudencia de los que no creían en héroes aunque jugases a serlo. Esa fue la reflexión de alguien medio porteño como tú, que nos dejaste y te fuiste a Palermo, Buenos Aires. Desde allí te seguíamos, como el joven periodista que andaba buscándose la vida. La libertad, David.

Has dejado un buen puñado de páginas, que es lo mejor que podemos hacer en este oficio que se nos escapa de las manos. Sé que te gustaba Umbral, tan débil. Quiero dedicarte, ahora que te has ido, un consejo que nos dejó a los que seguimos en la galera: cuando ya no sabemos de qué escribir, hay que dejarse llevar por la lengua. Por la palabra. Ese era tu oficio.