«Tomatillo», cómo no, y Luque, en honor del toreo

El sevillano paseó dos trofeos de un toro de Adolfo Martín premiado con la vuelta al ruedo en Castellón

Daniel Luque en Castellón
Daniel Luque en CastellónToros

Un volatín lo cambió todo. Fue un antes y un después, al menos en lo que se esperaba del toro de Adolfo Martín. De la primera corrida de la feria de Castellón, que era el reencuentro con lo cotidiano o algo de ello. Aquello que se interrumpió en el mes de marzo de 2020 cuando todavía pensábamos que en poco tiempo volvería la normalidad. Todavía no sabíamos que habíamos perdido cualquier atisbo de normalidad para enfrentarnos a una nueva vida, y muchas pérdidas, entre otras la que había sido hasta entonces nuestra vida, incluida la cota de felicidad. El toro de Adolfo puso los pitones sobre la arena de la plaza de toros de Castellón y rodó el lomo. Desde entonces y si tenía en su interior un poso de fiereza (desconocemos) se quedó suavón en la muleta de Daniel Luque, por el pitón derecho y enemistado por el zurdo. Por ahí fue por donde el sevillano hizo faena retrasando mucho la pierna de salida y sin acabar de encontrar una estructura definida, eso sí, templada.

Lo de Emilio de Justo y el segundo fueron dos caminos que se encontraron por narices, a la fuerza. El toro iba al paso y abriéndose para irse, desentendido y Emilio lo tuvo claro para atacarle y estar muy centrado con él.

Lo sabe Martín

Ver un «Tomatillo» en el cartel levanta el ánimo. Eso lo sabe hasta mi hijo Martín de cinco años. Y no falló. Que alegría. La que tuvo ya en las dos veces que fue al caballo, de lejos y de verdad. Era serio el tipo, como toda la corrida. Pero más que eso era toro, toro de los que imponen, de los que están en la plaza con el control, pendiente del que le está bregando y del que va a entrar a parear. Todos se desmonteraron, y no era para menos. Buen trabajo. Vibrante lo que se presentía. El toro en la plaza, la bravura tiene eso, la emoción por sí sola, incluso a veces más allá del torero, cuando ya encima hablan el mismo idioma todo esta locura tiene sentido. Daniel Luque lo sabía y apostamos a que la sangre le hervía. Por la derecha tomó el control en las primeras tandas de ese huracán que viajaba a ras del suelo en cada embestida largo y con ganas de volver, para «volver a volver». Era su misterio.

Extraordinario animal de Adolfo. Orgullo ganadero y buenas las tandas del torero de Gerena. Lo mejor de la faena ocurrió sin duda por ahí, a derechas. Cuando Luque se puso al natural (no era fácil dar cobijo a una embestida tan pura con ese trozo de tela) la faena bajó enteros y no llegó a remontarla con las luquecinas que recuerdan una labor a otra, sin dejarnos diferenciar lo bueno, de lo mediocre o lo excelso. Se fue bien derecho con la espada y paseó dos orejas. La vuelta para el toro. Y la felicidad. En un año tan duro para el campo bravo, «Tomatillo» había embestido en honor a su raza: la brava.

De Justo se las vio con un sobrero de Las Ramblas que fue de más a menos, como la faena.

Iba y venía el quinto, sin más, y así su labor, de uno en uno, quitando Luque la muleta después de cada muletazo.

El último toro de la tarde contó con los apuntes rastreadores de la casa y estaba más pendiente de las zapatillas del torero que de la muleta. Así que la faena de Emilio de Justo no pasó a mayores y tuvimos que conformarnos con un gran toro que salvó la tarde.

Ficha del festejo

CASTELLÓN. Primera de la Feria. Se lidiaron toros de ADOLFO MARTÍN, serios de presentación. 1º, suavón y bajo de casta; 2º, al paso y desentendido; 3º, extraordinario y premiado con la vuelta al ruedo; 4º, sobrero de Las Ramblas, noble, de más a menos; 5º, deslucido; 6º, complicado. Media entrada.

Daniel Luque, de tabaco y oro, tres pinchazos, pinchazo hondo, descabello (silencio); estocada (dos orejas); estocada caída (silencio).

Emilio de Justo, de corinto y oro, estocada (saludos); estocada (silencio); estocada, descabello (silencio).