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Los Cuadri del descuadre

Venegas sufre una fea cogida en el sexto en una dura tarde de San Isidro

  • Momento en el que José Carlos Venegas ha sido cogido
    Momento en el que José Carlos Venegas ha sido cogido / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

04 de junio de 2017. 22:37h

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Patricia Navarro 4/6/2017

Las Ventas (Madrid). Vigésima cuarta de San Isidro. Se lidiaron toros de Celestino Cuadri, bien presentados en conjunto. El 1º, flojo y de nulo poder; el 2º, de media arrancada y deslucido; el 3º, peligroso; el 4º, reservón y brutote pero va y viene; el 5º, peligrosísimo; y el 6º, encastado. Más de tres cuartos de entrada: 18.298 espectadores.

Fernando Robleño, de azul pavo y oro, pinchazo, estocada caída (silencio); pinchazo, estocada baja (saludos).

Javier Castaño, de tabaco y oro, tres pinchazos, aviso, cuatro descabellos (silencio); pinchazo, estocada, descabello (silencio).

José Carlos Venegas, de rosa y oro, media estocada, aviso, dos descabellos (silencio); aviso, estocada defectuosa, herido (silencio).

Parte médico de Venegas: «Traumatismo costal izquierdo con probable fractura. Pronóstico reservado».

El pino puente y doble mortal podía haber hecho Fernando Robleño con el primero que lo mismo hubiera dado. La etiqueta de Cuadri multiplicaba por dos los méritos, pero la flojera del toro los dividía a la mitad y nos quedamos en nada antes de darnos cuenta. Porque el toro tuvo falta de fuerza casi desde que vio al caballo, el presidente lo dejó en el ruedo y después lo padecimos todos. Al completo. Molestaba el viento como si estuviera en contra de los toreros en el cuarto. Maldita sea. Intentó Robleño buscar cobijo. Medio lo encontró, pero lo que sí encontró seguro fue los arrestos para buscar las vueltas al toro, para esperarle, era reservón y brutote, pero pasaba por allí, ya era mucho a estas alturas de la tarde. Se hizo con el toro y con el público. Lástima que la espada se le fuera abajo, la faena había gozado de la dignidad de quien quiere hacer las cosas bien.

Iturralde anduvo bien a caballo y Marco Leal y Fernando Sánchez con los palos. Iba la vida encaminada. Hasta que el Cuadri nos desencaminó con ese viaje casi furtivo en camino de nada, sin entrega, desganado, descastadete y sin querer. Nada decía aquello, poco había que decir. Se había lucido la cuadrilla de Javier Castaño y con las migajas apañó el torero una faena de aliño antes de coger la espada y desdibujarse. Se respiraba el miedo, lo mascábamos, era nuestro, suyo y de todo el que andaba por allí con el quinto. El toro no se tapaba, no se había molestado en ello, desde el primer momento destapó sus cartas y estaban claras, sabía dónde estaba el torero. Lo hizo por el zurdo, se reafirmó por el derecho, pero tragó Castaño lo indecible porque con ese panorama estar por allí tenía un mérito tremendo y medio tragó el Cuadri en unas cuantas tandas con las que no contábamos y en verdad descansamos de verdad cuando acabó todo.

Una amenaza constante fue el tercero. Un «ay» cada pase. Un mal augurio. José Carlos Venegas quiso. Lo intentó. Se puso. Se justificó. Y en un momento dado lo sufrimos. Le cogió, pero por suerte, la taleguilla frenó el hachazo del pitón. No pintaba clara la tarde. Un cuadro fue ponerle las banderillas al sexto que esperaba por él y por todos sus compañeros. Se armó la mundial. Le increparon al presidente para la devolución pero hizo bien en mantenerle. Fue el toro más encastado. Serio. Muy serio en su manera de esperar pero el que tomó el engaño con más profundidad. Se lo fue creyendo poco a poco Venegas. Faltó oficio y ligazón en la tarde del descuadre, y se pasó de faena jugándose el tipo por demás. La manoletina no le perdonó. Había sonado un aviso; el dolor era innecesario.

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