Paga el precio justo en el Oasis de Siwa

Desde que el rey Cambises II perdió a su ejército en el desierto, hasta hoy, las palmeras de Siwa se abren cargadas de leyendas milenarias

300.000 palmeras y 70.000 olivos conforman el Oasis de Siwa.
300.000 palmeras y 70.000 olivos conforman el Oasis de Siwa. FOTO: Alfonso Masoliver

Después de cinco horas cruzando la carretera que lleva a lo más profundo del Desierto Occidental, las sensaciones se confunden. La arena, clara, que antes parecía seca y despiadada, cobra suavemente la forma de los mares, del tipo tempestuoso, y se levantan altas dunas de posiciones caprichosas y fáciles de perder de vista. Esquirlas aterciopeladas se adelantan impacientes hasta cubrir la carretera. El horizonte, por lo habitual azulado y sencillo de delimitar, desaparece con lentitud, y uno tiene tiempo de retroceder a los años en que el pensamiento era más arcaico, y desea creer que el mundo no es redondo, como dicen ahora, sino una angosta llanura cuyo final solo alcanzan a rozar los héroes de las sagas. Aquí, donde posamos los pies, se desenvuelve el maat, el orden establecido por bondad de los dioses. Bajo nuestros pies, en la zona oculta a los mortales, el dios Amón-Ra lucha como todos los días desde su barca contra la serpiente Apofis, como lleva haciendo desde el principio de los tiempos procurando evitar que la maligna criatura devore el sol. Esta serpiente es la personificación del caos, y el dios egipcio del sol hará bien en no asesinarla. De terminar con el caos, terminará también con el orden, ya que no existirá un equilibrio claro que permita distinguir los términos.

Se desenvuelve con carices de eternidad, este ardiente Desierto Occidental. Cinco horas bastan para pensar que jamás terminará. Y justo cuando comenzamos a abandonarnos a los pensamientos paganos, y nuestros labios secos amagan con murmurar una oración de protección a Seth, dios de los desiertos y del mal, la arena parece acabar. Ocurre sin tiempo para prepararnos. Tras atravesar un pequeño macizo de cerros color pastel, 3000.000 palmeras y 70.000 olivos salvajes aparecen con una brusquedad pasmosa. Los colores se transforman, los olores se avivan catapultados por los frondes de estos árboles.

Así encuentras el Oasis de Siwa, más o menos, después de dudar sobre los conceptos de Dios y la eternidad. Tras mancharte con la lujuria del desierto, y volverte tan volátil como las dunas que no quieren arraigar jamás.

El ejército perdido de Cambises II

El trasfondo histórico de este oasis supone una razón suficiente para tomarse la molestia de llegar. Volamos fugaces por el marco de la historia, parecidos al dios Horus en su forma de halcón, y aterrizamos en una época tan lejana que ni siquiera los mejores libros de Historia se atreven a señalar. Volamos a la temporalidad de lo desconocido. Aquí observamos a un sacerdote del dios Amón que ha sido desterrado de la corte del faraón; de qué faraón, lo desconozco, pero su falta debió ser gravísima si no encontró un resquicio verde desde que salió del Nilo hasta que se topó con esta isla de colores y líquidos rebeldes. Al llegar al oasis se arrepintió de sus faltas, de alguna manera, y levantó un templo dedicado a su dios. Que con el tiempo se convertiría en el Oráculo más famoso de la orilla sur del Mediterráneo.

Las ruinas del Oráculo de Amón se sitúan sobre un pequeño cerro, rodeadas de un aire de misticismo inevitable.
Las ruinas del Oráculo de Amón se sitúan sobre un pequeño cerro, rodeadas de un aire de misticismo inevitable. FOTO: Alfonso Masoliver

Ya era conocido en el mundo entero cuando Cambises II, el mismo rey persa que conquistó Egipto en el 525 a. C, escuchó llegar a Tebas una noticia inquietante. El Oráculo de Amón susurraba que Cambises procuraría conquistar el oasis, pero que semejante empresa terminaría en la perdición del glorioso monarca. Encolerizado por esta afrenta de los dioses recién sometidos - este reto insoportable - Cambises envió a su ejército para que molieran cada piedra del Oráculo. Allá fueron 50.000 hombres veteranos de la muerte, calzados con armaduras brillantes bajo el sol del mediodía, portando estandartes de colores rojos y verdes, azules violentos que no temían ningún viento. Los vio salir satisfecho desde su nuevo palacio.

Y nunca los volvió a ver. Cuenta la leyenda que el desierto devoró al inmenso ejército en su camino hacia Siwa, y nadie, jamás, ha vuelto a ver aunque fuera un pedazo oxidado de sus luminosas armaduras.

Alejandro Magno sí que llegó al Oráculo y pasó dos horas consultándolo, después de arrebatar Egipto a los persas en una de sus campañas victoriosas. Dicen que cuando salió de allí, reía a carcajadas. El Oráculo le aseguró que sería el rey del mundo, que también era hijo directo del dios Zeus-Amón, pero que la única manera de conseguir semejante gloria pasaba por pagar el triste precio de morir todavía joven. Pero, ¿qué importaba al valiente emperador macedonio abandonar su cuerpo antes o después, si era para sentarse como conquistador del mundo en los asientos reservados para los dioses?

La profecía se cumplió. Alejandro conquistó el mundo y fue un dios en la Tierra, todopoderoso sobre sus súbditos, antes de morir a los 32 años en su palacio de Babilonia.

Frontera bereber

Las tribus bereberes se extienden de punta a punta en el océano de arena. Desde Mauritania hasta Siwa, conforman una etnia diferente al resto de los hombres, deliciosamente abrazada a la fe musulmana en simbiosis con el desierto. Ellos habitan el Oasis y no dejan que nadie entre si no es con su permiso. Tal es el poder que mana de este lugar maravilloso, que mientras los ejércitos musulmanes conquistaron Egipto a mediados del siglo VII, no pudieron entrar en Siwa - y tuvo que ser a partir del comercio y no la guerra - hasta bien entrado el siglo XII.

Fortaleza de la vieja ciudad de Shali. Construida con barro, sal y huesos de camello.
Fortaleza de la vieja ciudad de Shali. Construida con barro, sal y huesos de camello. FOTO: Alfonso Masoliver

Todavía quedan recuerdos de su pasado guerrero. La vieja ciudad de Shali, abandonada en 1950 tras darse una desastrosa inundación, se levanta todavía a los pies de su montaña, de forma parecida a una ciudad que acaba de sufrir un bombardeo. Las mezquitas, construidas al igual que el resto de edificios con barro, sal, troncos de palmera y huesos de camello, se disponen de manera que parecen formar una media luna en torno al castillo de Shali. Imagínelo el lector, aunque esté acostumbrado a pasearse los imponentes castillos de piedra castellana. Imagine un castillo construido con sal, barro y huesos de camello, imagine qué imagen fantástica supone y cuántos murmullos desliza en la imaginación. Está allí, en ruinas pero con las formas todavía definidas, como si lo hubiesen abandonado la semana pasada.

Pero ya han trotado muchos años, es cierto, y el Oasis parece haberse transformado. Junto a las ruinas, rodeándolas para evitar caminar por ellas, se desenvuelven sus lugareños con una mirada limpia. Tan limpia, amigo lector, que se tratan de esa clase de miradas que por limpiar parecen enjabonarnos también a nosotros, sucios como llegamos del desierto.

Sí, sin dudarlo: quién me diga que Egipto es peligroso le diré que visite el Oasis de Siwa, a 50 kilómetros de la frontera con Libia. Allí verá que estaba engañado, que los prejuicios que le inyectó el televisor no eran todo lo ciertos que deberían. Podrá fumar cachimbas de buen tabaco, beber té con menta o café turco excelentemente acompañado por esas miradas impolutas. Podrá sentir en sus pies el agua salada del lago inmenso del Oasis, haciéndole cosquillas entre los dedos. Y experimentar un conjunto de sensaciones amasadas con aromas de las palmeras, hierbas barajadas con arena y soltura espiritual que nunca podrá encontrar entre los edificios grises y mudos de su ciudad.

Minarete de la mezquita construida junto al Oráculo de Amón.
Minarete de la mezquita construida junto al Oráculo de Amón. FOTO: Alfonso Masoliver

Refugio de cultura

¿Matarías por un trago de agua? Yo sí, sin dudarlo, lo haría, lo haría sin dudarlo de encontrarme perdido en uno de estos desiertos enormes. Lo haría, aunque fuera por unas gotas que se secaran antes de rozar mi lengua. Y tampoco dudaría en reunir un puñado de fieles y tomar la fuente del agua por la fuerza, si hace falta, y matar a cuantos enemigos se crucen en mi camino. Sin disfrutarlo, puede ser, pero tampoco lo dudaría. Una vez la fuente fuera mía, lucharía contra el desierto y el viento y los dioses y todos los hombres para mantenerla bajo mi poder.

Así tendría que pensar cualquiera que buscase sobrevivir en el desierto, hasta hace pocos años. Si un hombre ingresaba en el desierto pensando que no, que nunca arriesgaría su vida por un trago del líquido preciado, lo más probables es que sus huesos acabarían sepultados junto a los 50.000 soldados de Cambises. Y fueron precisamente estos pensamientos de violencia, entremezclados con la hospitalidad que los dueños de cualquier oasis ofrecían a cambio del precio estipulado; fue esta peregrinación de sensaciones puras y sin edulcorantes, desde las orillas del Nilo hasta el Oasis de Siwa, quienes hicieron de este refugio sagrado un núcleo donde se arremolinan todas las ideas que pululan por Egipto. Así ocurre con cualquier oasis, pero especialmente con el de Siwa, que la cabezonería mercenaria de los dueños del agua, añadida a la desesperación y la ambición de quienes buscaban hacerse con ella, terminó por crear un núcleo concentrado de cultura, allí, en una esquina del desierto.

Gebel al-Mawta, también conocido como la Montaña de los Muertos. Se trataba de un lugar de enterramiento para los gobernadores del oasis y los primeros cristianos coptos.
Gebel al-Mawta, también conocido como la Montaña de los Muertos. Se trataba de un lugar de enterramiento para los gobernadores del oasis y los primeros cristianos coptos. FOTO: Alfonso Masoliver

Igual que hablamos del Oráculo de Amón y la ciudad vieja de Shali, trepamos trabajosamente el Gebel al-Mawta, también conocido como la Montaña de los Muertos. En su parte superior tiene las entrañas agujereadas para hacer de tumbas de los antiguos gobernadores - faraónicos, griegos o romanos - del oasis, y todavía puede entrar uno en ellas para desentrañar los jeroglíficos. En la parte inferior parecería que enormes hormigas han cavado aquí sus hormigueros, y decenas, veintenas de agujeros ya vacíos sobre la arena marcan las tumbas de los primeros cristianos de Siwa. Lejos de respirarse un aire de inquietud por el elevado número de tumbas, mientras sentimos el sudor resbalar en nuestra ascensión de la montaña nos descubrimos extáticos, excitados, mareados, al sentir que, por fin, después de llegar tan lejos, estamos consiguiendo que unas gotas de nosotros se depositen en este oasis de fantasía.

Nosotros los seres humanos, que somos pequeños oasis de vida rodeados de asfalto y edificios inertes, hemos bebido con los ojos y la nariz y los labios de todo lo que nos ofrece Siwa. Y Siwa reclama a cambio nuestro sudor, como es justo. Como lleva haciendo desde las fronteras de nuestro tiempo.