Cuadro de la semana: El entierro del Conde Orgaz

La obra más conocida de Doménikos Theotokópoulos, el Greco, todavía puede verse en su sitio original de la Iglesia de Santo Tomé en Toledo, y consiste en uno de los mejores ejemplos de la pintura del siglo XVI

Detalle de El entierro del Conde Orgaz.
Detalle de El entierro del Conde Orgaz.El Greco

Un niño de diez años no comprende la mayoría de las cosas que le rodean. Para él, nuestro mundo se divide en dos apartados bien delimitados, que son la seguridad cálida del hogar materno donde siempre estará seguro y arropado, y el mundo de afuera, la oscuridad, el vacío inmenso e incomprensible que sabe, quizá por una corazonada, que no tardará en alcanzarle llegada la madurez. El mundo vacío e incomprensible le devorará irremediablemente para (es una lástima) incorporar a nuestro niño a sus formas misteriosas. Y el niño será, lo quiera o no, un elemento más del mundo de afuera que asusta a nuevos niños repartidos a lo largo de todo el mundo. ¿Cuándo supo el lector que era inevitable, esta fusión que nos llega a todos con el mundo de afuera?

Yo sentí nerviosismo, confusión. Y recuerdo perfectamente ese momento de lucidez infantil, sacudido por la realidad, que me llevó a apretarme con fuerza a las piernas protectoras y tibias de mi madre. Fue en Toledo, en la Iglesia de Santo Tomé, al ver por primera vez el cuadro de El entierro del Conde Orgaz. Aunque han pasado años desde que me fundí con el mundo de afuera, todavía recuerdo las sensaciones que inundaron mi piel de niño al ver esta obra.

El autor

Doménikos Theotokópoulos nació en la isla de Creta el 1 de octubre de 1541 - exactamente 1872 años después de que Alejandro Magno derrotase al infame rey Darío III de Persia en la batalla de Gaugamela -, en el seno de una familia de comerciantes de posición acomodada. Los primeros 26 años de su vida, cuando todavía podía evadirse de la realidad entre los brazos de su madre, los pasó viviendo en esta isla y dando sus primeros pasos en dirección a la pintura. Su talento natural le permitió pintar iconos eclesiásticos en las iglesias cretenses, adoptando un estilo claramente neobizantino e influenciado por diversos pintores griegos de la época. Que Doménikos adoptara esta corriente como primera influencia artística supuso una jugada maestra, aunque él no lo sabría hasta años después, debido a la variedad asombrosa de colores que puede apreciarse en el estilo neobizantino. Aquí encontramos la base de su dominio sobre el color, su facilidad para mezclar y machacar las pinturas hasta conseguir la tonalidad de los sueños.

Una persona observa una de las obras de la Exposición ‘El Greco en Illescas’ durante su presentación en el Museo del Prado, en Madrid (España) a 19 de octubre de 2020.
Una persona observa una de las obras de la Exposición ‘El Greco en Illescas’ durante su presentación en el Museo del Prado, en Madrid (España) a 19 de octubre de 2020. Jesús Hellín Europa Press

Cuando Doménikos decidió salir de su isla natal y viajar a Venecia, el mundo del arte se encontraba en pleno apogeo después de haber atravesado los años dorados del Renacimiento. Aunque Miguel Ángel y Leonardo da Vinci ya habían muerto, su influencia todavía persistía entre las hebras de los pinceles de la siguiente generación de maestros, sus nombres casi sagrados seguían siendo susurrados en los talleres, en las esquinas de las calles de Roma, Venecia y Florencia. Entre los pintores que tomaron el relevo a los dos maestros, encontramos en Venecia, guiando de la mano a un jovencísimo Doménikos, al inmortal Tiziano. ¿Podríamos decir que Tiziano resultó en una enorme influencia para nuestro protagonista de hoy? Podríamos, sin lugar a dudas. Tanto, que podemos percibir su influencia en las formas y diferentes técnicas de color que probó el pintor griego durante el resto de su vida. Y desde entonces Doménikos, conocido entre los venecianos como il Greco y entre los españoles como el Griego o el Greco, no tuvo problemas a la hora de señalarse a sí mismo como alumno de la escuela veneciana.

Luego viajó a Roma, a medida que su fama crecía entre los mecenas y artistas italianos. Claro que un pintor griego asentado en la capital del arte europeo requería de pequeñas dosis de confianza en sí mismo, o de soberbia, incluso, para codearse con artistas de la talla de Federico Zuccaro y mantener el listón que había impuesto Miguel Ángel. Quizá por esta razón, por la soberbia que necesitó sacar a la luz, nos relata Julio Mancini en Sus Consideraciones que “se contó también que se estaba pensando cubrir algunas figuras desnudas del Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina que el papa Pío V consideraba indecentes, y prorrumpió (el Greco) en decir que si se echase por tierra toda la obra, él podría hacerla con honestidad y decencia y no inferior a ésta en buena ejecución pictórica... Indignados todos los pintores y los amantes de la pintura, le fue necesario marchar a España...

Contexto

Humillado y escupido por el mundo artístico italiano, el Greco tuvo que buscar un nuevo país que le acogiera, decidido como estaba a no regresar a Creta convertido en un fracaso. Este niño, que en el mundo de su madre fue alabado por familiares y vecinos gracias a su don, no podía regresar derrotado de vuelta al hogar para decepcionarlos a todos. Debía conseguir algo grande. Marchó a España en el mismo momento en que se estaban concluyendo las obras del Monasterio del Escorial, cuando Felipe II hizo un llamamiento a los pintores de toda Europa para que acudiesen hasta Madrid y decorasen los muros y capillas del enorme edificio.

Presentación en el Museo San Pío V de Valencia de la exposición "El Greco, Toledo 1900"
Presentación en el Museo San Pío V de Valencia de la exposición "El Greco, Toledo 1900"

Allí pintó por encargo del rey de España, El martirio de San Mauricio, cuadro que le llevó dos años completar (entre 1580 y 1582) por sus enormes proporciones . Pero, oh, no, oh, horror, quizá nuestro amigo cretense tenga que regresar al hogar materno al fin y al cabo, quizá sea un afortunado porque el mundo real le empujará de vuelta a la comodidad de la placenta. Felipe II echó un vistazo de escasos segundos a la obra que tanto tiempo llevó pintar, y, esbozando una mueca de disgusto, dijo que el cuadro de ese tal Griego no le agradaba en absoluto. Fuera, Doménikos, lárgate de la Corte española. Tampoco te quieren aquí. Tu estilo es demasiado excéntrico, las formas alargadas que utilizas influido por el manierismo italiano ya están pasadas de moda. Consigues insertar pensamientos sombríos a partir de tu pincel y el hombre más poderoso del mundo se ha revuelto en su trono, incómodo, y no quiere experimentar el vacío ni el enmarañado misterio del Reino de Dios cada vez que acuda de visita a su monasterio favorito.

El Greco se resistió a ser derrotado. Puede ser que de niño siempre quiso escapar del hogar materno y sea precisamente ese mundo el que le aterra realmente. En lugar de regresar a Creta, escapó a Toledo. Por entonces la capital religiosa de España y una de las ciudades más poderosas del mundo. Como un apestado le alquiló una habitación en su palacio al Marqués de Villena y jamás volvió a salir de esa ciudad. Allí comenzó a pintar obras para nobles e iglesias locales, exagerando aún más su extraño estilo. Este griego misterioso, como si estuviera cabreado con todos y contra todos e insistiese en demostrar, de una forma parecida a Van Gogh cuatrocientos años más tarde, que su estilo es único y magnífico, digno de pasar a los libros de historia hasta que nuestro mundo de adultos termine definitivamente envuelto en llamas.

La obra

Cuando la iglesia de Santo Tomé encargó a Doménikos que representara el entierro del Conde Orgaz no lo hicieron llevados por su popularidad en el panorama artístico. Por supuesto que no cabía duda de que el pintor cretense poseía un talento extraordinario, y era evidente que su estilo único lo posicionaba como candidato para convertirse en un maestro, pero, si buscamos ser sinceros, no sería hasta dos siglos después de su muerte que el mundo reconoció su talento y le situó a la altura de los inmortales de la pintura. No, más bien escogieron a un pintor que vivía cerca de la iglesia donde debía colocarse el lienzo una vez terminado, antes de complicarse y buscar autores que viviesen lejos de Toledo.

Las instrucciones dadas en 1587 fueron claras:

En el lienzo se ha de pintar una procesión, (y) cómo el cura y los demás clérigos que estaban haciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo Ruiz de Toledo señor de la Villa de Orgaz, y bajaron san Agustín y san Esteban a enterrar el cuerpo de este caballero, el uno teniéndolo de la cabeza y el otro de los pies, echándole en la sepultura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando y encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria ...

El entierro del Conde Orgaz.
El entierro del Conde Orgaz.El Greco

Que san Agustín y san Esteban formasen parte de la escena se debía a una leyenda que circulaba desde el momento en que el cuerpo de Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz, fue trasladado dos siglos atrás a la Iglesia de Santo Tomé. Se decía que ambos santos bajaron del cielo para participar en su inhumación. Y Doménikos, al que conocemos desde niño, este genio de los pinceles provisto de una imaginación prodigiosa, supo ver el vacío en las instrucciones en apariencia meticulosas que le fueron entregadas antes de empezar su arte. Le dijeron que representara “un cielo abierto en gloria” pero, aquí radica el quid de la cuestión y la magia de la obra, nadie especificó cómo debía verse el gloria. Ahora podemos verlo. Es un mundo enmarañado de almas en pena y espíritus de santos, barajado con colores incomprensibles para el ojo inexperto. Jesucristo, la Virgen María, Juan Bautista, San Pedro, los apóstoles, el mundo entero parece embutido en este gloria que, valga la redundancia, le quedó glorioso. Incluso tuvo tiempo para incluir a su hijo en el lienzo, al chiquitín Jorge Manuel, que es el chiquillo situado a la izquierda de la escena.

La obra fue tasada en 1.200 ducados. Tras las quejas de los religiosos que debían hacer el pago, se volvió a tasar en 1.700 ducados. Tengamos en cuenta que algunas obras de Tiziano se vendían poco antes por nada mas que 70 ducados. Al final los religiosos aceptaron pagar los 1.200 ducados iniciales y la fama universal del Greco dio un paso enorme hacia adelante, después de décadas plagadas de titubeos y tropiezos. Nuestro querido Doménikos consiguió posicionarse por encima del mundo que aterra a los niños y pudo moldearlo a su antojo con sus pinceles; volviéndolo, a fin de cuentas, en un mundo en el que merece la pena hundirse.