Aristóteles en el País Vasco

Un viaje a una pequeña y deliciosa localidad vasca en busca de las razones que empujaron a ETA

"El desafío: ETA", serie documental
"El desafío: ETA", serie documentalAmazon PrimeLa Razón

Decía Aristóteles en su primer libro de la Metafísica que “ninguna de las acciones sensibles constituye a nuestros ojos el verdadero saber, bien que sean el fundamento del conocimiento de las cosas particulares; pero no nos dicen el porqué de nada; por ejemplo, nos hacen ver que el fuego es caliente, pero sólo que es caliente”. El sabio griego se refería a que la experiencia - un don que únicamente poseemos los humanos - nos permite conocer qué ocurre, o sentirlo de alguna manera, pero en ningún momento responde a la pregunta más profunda del por qué. Así defendía que los sabios son capaces de explicar el por qué de las cosas, ya que su conocimiento está basado en sus primeros principios, mientras los hombres corrientes nos limitamos a saber el qué. Que ayer o anteayer estallara una bomba en cualquier ciudad es fácil de saber si uno abre los periódicos pero la razón, la sucesión de causas que llevaron al estallido de aquella bomba fatal, es otro cantar. Ni siquiera quien vive el quemazón de la metralla en sus propias carnes tiene la oportunidad de conocer esta causa primera.

En el mundo vivimos muchos jóvenes. En España también. Nosotros sabemos muchas cosas porque las vimos en el ordenador o nos las explicaron nuestros abuelos una tarde aleatoria de domingo, pero respiramos dominados por una marabunta de datos y noticias y explosiones en lugares lejanos, y una noticia sigue a la otra con una velocidad que roba el aliento, una noticia, y otra más, hasta que son tantos sucesos atrancados en nuestras pupilas que no tenemos tiempo de traspasarlos al pensamiento. El por qué se disipa, sepultado por las experiencias vividas (o leídas).

Confusión de juventud

Los jóvenes no comprendemos ETA del todo. Los más apenas guardamos un puñado de fotografías de humo difuminadas en el recuerdo, de cuando la banda cometió sus últimos atentados. Sabemos que Euskadi Ta Askatasuna se trató de un movimiento terrorista que procuraba la independencia del País Vasco, sabemos que sus integrantes eran jóvenes en su mayoría, reclutados en herriko tabernas desperdigadas a lo largo del país más profundo, sabemos que murió gente inocente. Ahora vemos los noticieros que hablan sobre Bildu y Otegi, escuchamos discusiones sobre la aproximación de los presos al País Vasco y nos atrevemos a teorizar sobre un asunto que en realidad no conocemos. Vemos mucho y comprendemos poco, no logramos desentrañar el por qué.

Presos de ETA por provincias en junio de 2018 y marzo de 2021
EPDATA
16/04/2021
Presos de ETA por provincias en junio de 2018 y marzo de 2021 EPDATA 16/04/2021EPDATA EPDATA

Pensando sobre esto se me ocurrió que en realidad tampoco sabemos el qué con propiedad, porque los mensajes que llegan hasta nosotros los transmiten mentes humanas que se desarrollan inevitablemente ancladas en el subjetivismo de sus ideas. Cada texto leído, cada imagen descrita por los reporteros, cada vozarrón que lanzan los políticos vienen sesgados por ese pensamiento subjetivo. Supuse entonces que la única manera de comprender el por qué de tantos minutos de noticieros tristes y sesiones en el Congreso debía comenzar primero por una búsqueda acertada del qué. Y lo hice de la mano de Aristóteles que argumentaba que el máximo nivel del conocimiento viene de la mano del entendimiento. Por lo tanto me dije: “para descifrar el por qué debería conocer el qué primero, y para entenderlo, debería experimentarlo de primera mano. Quemarme con ese fuego por así decirlo”. Y cogí el coche para irme al País Vasco. Deseché las grandes ciudades y me perdí en su naturaleza verde y fascinante. Esquivé las autovías y atranqué las ruedas de mi coche en minúsculas carreteras que parecen hilos grises y arrugados, conectando de alguna manera incomprensible decenas de localidades igual de pequeñas.

La distancia no la miden los kilómetros

El primer pensamiento que podría asaltarnos al lanzarnos hacia aventuras de este estilo puede ser el que nos llega con el cambio de idioma en los carteles de carretera, en las pancartas que cuelgan de las terrazas, las conversaciones que escuchamos a medias en las terrazas. Entonces nos encontramos en España, esto es, pero el paisaje se ha vuelto glauco, retorcido, con olores nuevos a sal y humedad intensa. Seguimos en España, inevitablemente, pero no comprendemos el idioma ni las expresiones, ni muchas costumbres. Hemos pegado un enorme salto lejos de casa sin conducir más que un centenar de kilómetros. Aparece el primer pensamiento, ideal para comenzar a indagar el qué. Comprendemos que la distancia no siempre la miden los kilómetros, sino las almas de quienes habitan esta tierra cercana.

Creo que fue importante para mí comprender esta nueva perspectiva de la distancia. De esta manera podía liberarme de la carga que supone para mí, como madrileño, visitar un pedazo de mi propio país que sin embargo guarda enormes diferencias con Castilla. Como familiar de un hombre amenazado durante décadas por ETA - aun sin entender por qué le amenazaban - y como amigo de familias que han experimentado en sus carnes el dolor de los asesinatos. Solo comprendiendo esta distancia cultural podía aparcar el coche a la salida de Ea, un pueblecito tan vasco como encantador, y pasearme por las calles plagadas de carteles contrarios a mi país sin morderme los puños de rabia.

GRAF1563. SAN SEBASTIÁN, 02/06/2018.- Fotografía facilitada por Manuel Sánchez Corbi y Manuela Simón. El guardia civil José Antonio Pardines Arcay, gallego de Malpica de Bergantiños, de 25 años, regulaba el tráfico en Aduna (Gipuzkoa) cuando un fatal cruce de destinos acabó con su cuerpo con cinco disparos en el suelo, en medio de un charco de sangre, la primera que ETA derramó en Euskadi. Este primer asesinato de ETA sucedió el 7 de junio de 1968, hace ahora medio siglo, y significó el inicio de una estrategia que se ha prolongado durante casi cinco décadas y ha dejado 853 víctimas mortales, entre otros graves perjuicios, hasta su disolución definitiva.
GRAF1563. SAN SEBASTIÁN, 02/06/2018.- Fotografía facilitada por Manuel Sánchez Corbi y Manuela Simón. El guardia civil José Antonio Pardines Arcay, gallego de Malpica de Bergantiños, de 25 años, regulaba el tráfico en Aduna (Gipuzkoa) cuando un fatal cruce de destinos acabó con su cuerpo con cinco disparos en el suelo, en medio de un charco de sangre, la primera que ETA derramó en Euskadi. Este primer asesinato de ETA sucedió el 7 de junio de 1968, hace ahora medio siglo, y significó el inicio de una estrategia que se ha prolongado durante casi cinco décadas y ha dejado 853 víctimas mortales, entre otros graves perjuicios, hasta su disolución definitiva. -

El qué

La localidad de Ea salió el año pasado en los noticieros después de que un puñado de radicales incendiaran un cajero y liaran la marimorena en apoyo a un preso etarra. Quise buscar aquí el qué por dos razones: la primera por su pensamiento fundamentalmente independentista (Bildu y el PNV son los líderes indiscutibles en este lugar) y la segunda por la belleza del lugar. Una lengua de plata que llaman mar se introduce con agilidad entre los peñascos que conforman su costa, barajándose con un riachuelo delgado que se arrastra desde las montañas. Busqué aquí mi primera pregunta porque Ea no se trata de un pueblo conocido por sus vinculaciones con el terrorismo vasco, pero sí que apoya sin miramientos (basta un paseo por sus calles para comprobarlo) el movimiento nacionalista que terminó por derivar en esta espiral de violencia. Así no condicionaría mi experiencia por un sentimiento lógico de recelo hacia quienes amenazaron y dañaron a los míos.

Buscaba la tibieza del qué en una localidad que palpita templada durante los meses de verano. Y lo encontré. Paseando por el puerto pude observar a pandillas de chiquillos bañándose entre carcajadas cerca de los botes de pesca, a los ancianos veteranos sentados en los bancos y charlando en ese idioma que no comprendo, a los padres regañando a sus hijos, a los hijos odiando a sus padres; a los padres abrazando a sus hijos, a los hijos amando a sus padres. El madrileño alzaba la vista y la estrellaba contra pancartas blancas y de letras negras opuestas a sus ideas, la bajaba y se encontraba con situaciones que él mismo experimentó de niño, que vivirá en un futuro sentado en un banco del Retiro. Encontré el qué: un pueblo alejado del ruido de las urbes y medio violado por el mar, con gruesas nubes grises doblegándolo, terrazas atiborradas de jóvenes y coplas de amistad.

Numerosas ikurriñas y pancartas de bienvenida y a favor del acercamiento de los presos etarras al País Vasco han recibido a Otegi al salir de un centro penitenciario logroñés.
Numerosas ikurriñas y pancartas de bienvenida y a favor del acercamiento de los presos etarras al País Vasco han recibido a Otegi al salir de un centro penitenciario logroñés.

El qué parece obvio. Dentro del denominador común que rige a todos los seres humanos (respeto a los mayores, deseo por superarlos) se adivinan una serie de detalles que diferencian al chiquillo bañándose en la desembocadura del río con respecto a mis primos de la capital, adictos sin remedio a las discotecas y los videojuegos. Existe por tanto una diferencia cultural irremediable, pero, cuidado, no quise equivocarme, este tipo de diferencias se pueden encontrar a lo largo de nuestro país a centenas, desde Toledo hasta Coruña, desde Sevilla hasta Tarragona. Entonces entendí, ahora sí, la dificultad a la hora de encontrar el por qué: porque si bien es sencillo discernir el qué, este descubrimiento no nos lleva automáticamente a las razones que lo empujan. Quiero decir, ¿por qué las diferencias entre Euskadi y Madrid llevaron al terrorismo mientras las diferencias entre Córdoba y Madrid no lo hicieron?

El por qué imposible

Quise pasear durante horas por la localidad. Me sentía a gusto entre los locales que ni se molestaban en mirarme, pese a mi aspecto evidente de investigador de las razones, disfrutaba escuchando las risas encantadoras de los niños que jugaban. El espectáculo de naturaleza que enmarca Ea la vuelve todavía más atractiva a los ojos sensibles. No quise descifrar el por qué conversando con sus habitantes porque entonces me mancharía irremediablemente de sus ideales subjetivos, y luego no conseguiría adquirir un conocimiento puro que buscaba.

Vista de Ea, desde la desembocadura del río.
Vista de Ea, desde la desembocadura del río.Alfonso Masoliver

Busqué el por qué hasta debajo de las rocas, batiendo el agua del río. Y me repetía constantemente una frasecita de la socióloga Hanna Arendt cuando me sentía, de una forma extraña, traidor a mi familia al buscar esa respuesta ansiada: “comprender no significa negar lo terrible. Significa analizar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos nos han legado”.

Pero cometí un error de manual. Ya dijo Aristóteles antes de empujarme a Ea que no podríamos encontrar el por qué a partir de la experiencia, y me sentí estúpido porque había conducido hasta aquí basándome en una idea equivocada. Rallaba el atardecer los tejados de Ea con colores púrpuras y amarillos, próximo a la noche, cuando terminé mi enésima vuelta por el pueblo y comprendí que nunca entendería el nacionalismo vasco, ni sus expresiones pasadas de violencia, visitando un pueblo elegido casi al azar. Tampoco iba a comprenderlo a través de los libros. Una reflexión debía seguir a mi experiencia si quería tener éxito en mi misión, y esta reflexión llegó de vuelta al coche, cuando los faros iluminaban trancadas de carretera y las ocultaban otra vez. Y desde entonces pienso (posiblemente equivocado) que el por qué, en este caso, se debe precisamente a la incapacidad de uno y otro lado a la hora de comprenderlo. El por qué no existe aquí, así de llano; o puede existir pero se esconde como aquella carretera durante las horas nocturnas. Y, a falta de una razón clara, supongo que nos encontramos de frente con un suceso irracional... como son las muertes de los inocentes.

Parecería que nuestro mundo se ha vuelto una víctima del qué, víctima de las luces que enseñan y ocultan a su antojo. Y cuando un acto nace en exclusiva del qué, sin pasar jamás por el por qué, entonces, ¿cómo íbamos a encontrarlo?