La Gran Migración: cuando las enseñanzas de Nietzsche se encuentran en la sabana

Ya dijo el filósofo alemán que “el eterno reloj de arena de la existencia se invertirá siempre de nuevo y tú con él, pequeña partícula de polvo”

Arturo de Frias MarquesCreative Commons

En algún momento hace varios miles de años, quién sabe si millones, una criatura cornuda y peluda sintió el hambre agarrándole las entrañas. Estaba allí quieta, como tantos otros animales durante las horas de calor, quizá aguantando el sol abrasador del este africano bajo una acacia desgajada y sin preocuparse por nada en particular. Allí le entró el hambre. Empujada por un instinto inevitable que dominó sus miembros y cada recoveco de sus pensamientos, esta criatura prehistórica hizo lo que cualquier otra habría hecho en su lugar: echó a andar hacia el norte. Siguiendo las lluvias hasta llegar al lugar desde donde sopla el viento. Miles, puede que millones de años después, sigue caminando en busca de los pastos que podrán saciar su hambre inagotable.

El eterno retorno de lo mismo

La Naturaleza que impulsó las patas de esta primera bestia en dirección a los pastos verdes posee una infinitud de dedos que controlan a su vez infinitos detalles del universo. Su inteligencia es sorprendente. Con facilidad mueve los hilos de su mano izquierda para amarillear la hierba y secar los ríos, mientras su mano derecha insufla agua en otros ríos y colorea de un tono glauco la hierba del lado opuesto del mundo. Se sirve de multitud de especies y elementos para moldear los paisajes que nosotros fotografiamos como si se tratasen de nada más que eso, escenarios para capturar. Nosotros los humanos somos turistas sempiternos de la Naturaleza, observando con una ignorancia exquisita la fórmula que escribe una y otra vez, una y otra vez todos los años. Hace eones encontró la ecuación perfecta, compuesta por montones de números y operaciones complejas que nosotros solo podemos comenzar a comprender.

Manadas de ñus en Kenia.
Manadas de ñus en Kenia.MickyEdelweisspixabay

Hoy nos fijamos en uno de esos números. El animal que pasó hambre en tiempos prehistóricos jamás dejó de andar y tuvo su descendencia por el camino; al llegar con sus crías a los pastos deseados del norte pudo permitirse un breve respiro, antes de que la mano poderosa tirase del hilo y descubriese nuevamente el tono amarillo. Resignada, la bestia bajó al sur de nuevo, persiguiendo las lluvias. Regresó al punto del principio y ocurrió lo mismo, parece frustrante, después de un puñado de mordiscos ansiosos volvió a taladrarle la garganta el tacto áspero de la hierba seca. Y regresó al norte. Y volvió de nuevo al sur.

Esta criatura, casi mitológica, no existe ya. Murió, sus hijos murieron. Pero igual que ocurre en el eterno retorno, hubo un principio y un final, y ese final fue a su vez un principio idéntico: las generaciones siguientes tuvieron que adaptar sus cuerpos a las largas caminatas que les sometían, se obligaron a estirar ciertos músculos para deslizarse con mayor facilidad entre los colmillos de sus depredadores, y cuando cantidades ingentes de cebras y diversos tipos de gacelas les siguieron en simbiosis, también tuvieron que adaptarse a su compañía. A los descendientes de esa criatura mitológica los llamamos ñus. Un millón y medio de ellos participan en este eterno retorno. Caminan 3.000 kilómetros anuales entre las llanuras del Serengueti en Tanzania y la Reserva Natural de Mara en Kenia, desde que entraron en la ecuación de la Naturaleza.

El ciclo de la vida

El ñu nunca se detiene. Recorre a lo largo de su vida una penosa elipse sin detenerse jamás, no pasará más que unos días en la misma llanura antes de seguir caminando. Este podría ser uno de los datos más asombrosos de la archiconocida gran migración. No ocurre como las cigüeñas que suben a Europa los meses de verano, descansan durante la estación y al llegar el otoño, toman impulso para regresar al norte de África, otra vez para detenerse a reposar. Los ñus, junto con 300.000 cebras y varios miles de gacelas, dos millones de bestias en total, jamás se detienen.

Un grupo de leones en la reserva natural Maasai Mara (Kenia)
Un grupo de leones en la reserva natural Maasai Mara (Kenia)

Entre los meses de enero y marzo pastan en las larguísimas llanuras del sur del Serengueti, por encima del Lago Eyasi; en abril y mayo habrán comenzado su camino hacia el norte, deteniéndose brevemente para pastar en el extremo occidental de Tanzania; en junio cruzarán el río Mbalageti; en julio se prepararán para iniciar el asalto definitivo, ya próximos a la frontera keniata; entre agosto y octubre recorrerán insaciables los pastos de Mara; entre noviembre y diciembre ya habrán vuelto a rozar la orilla del río Mbalageti; para terminar donde empezaron un año antes.

Tira de sus pasos una mano implacable. Pero ocurre que este espectáculo impresionante que supone ver las gigantescas manadas, manoseando las llanuras como gotas de lluvia un mar sin final y que todo viajero suspira por contemplar, son en realidad un número insignificante en la compleja ecuación de la Naturaleza. Ella hostiga a la serpiente que se devora la cola. Es quien se encarga de que las estaciones de lluvias ocurran siempre en la misma época del año, sin excesos, y empuja los ríos que cruzan los ñus aterrados, también activa los mecanismos necesarios en los depredadores una vez al año, para despertar su instinto e instarlos a agazaparse antes de saltar sobre sus presas. La Gran Migración conforma un fenómeno de la naturaleza crucial para garantizar la supervivencia de los pastos, de los ríos y de los depredadores, y de muchas cosas más que nosotros todavía no alcanzamos a comprender.

Volver a nacer

Se calcula que en torno a 6.000 ñus mueren cada año en este recorrido eterno. Unos no consiguen aguantar el ritmo de la manada y se limitan a desplomarse sobre el suelo. Otros, los más inexpertos, dan una zancada fatal al cruzar las aguas del río Nara y aterrizan directos en las fauces de los cocodrilos, o se limitan a ahogarse. Los hay que sucumben a las enfermedades o son cazados por los leones (la Reserva de Nara tiene la mayor densidad de leones del mundo). Y es extraordinario el alimento que estos 6.000 ñus aportan a la biodiversidad de la zona.

Sus cadáveres suponen 1.100 toneladas de biomasa, el equivalente a 185 elefantes africanos. Esto significa que una multitud de seres vivos consiguen nutrirse gracias a esta migración interminable, desde los habituales depredadores hasta las algas de los ríos, pasando por peces, carroñeros e incluso el propio suelo que se alimenta de sus cuerpos para abonar las plantas verdes que luego comerán los propios ñus. Ya lo dijo Mufasa. Es el ciclo de la vida, uno que no termina. Según confirman datos del Cary Institute of Ecosystem Studies, los ñus constituyen casi un 50% de la dieta de los peces de cada río que atraviesan y entre un 6% y 9% para los carroñeros. Los cocodrilos, por sorprendente que parezca, solo consumen un 2% de la carne de sus presas debido a la lentitud de su metabolismo.

Una manada de ñus cruzan una zona de agua en el Serengueti.
Una manada de ñus cruzan una zona de agua en el Serengueti.gekkodigitalmediapixabay

Pero la historia no termina aquí, nunca termina en realidad. Ya hemos comprobado cómo funciona la compleja ecuación de la Naturaleza en los campos del Serengueti, pero incluso ella se permite realizar operaciones más sencillas. Por esta razón consigue que durante los últimos días de enero y el mes de febrero nazcan hasta 8.000 ñus al día, un número más que añadir al cuento de no acabar. Estos recién nacidos continuarán pisoteando los mismos senderos que sus padres y sus abuelos, que sus antepasados más lejanos y esa primera bestia glotona que empezó a trenzar este círculo que les ata. Y sus hijos seguirán, igual que los hijos de sus hijos.

Ahora confiaré al lector la herramienta más útil a la hora de mantener constante este eterno retorno. Y es muy sencillo, los ñus nos lo demuestran. Ya dijo Nietzsche que este círculo se consigue únicamente al vivir sin miedo, al no temer las pruebas de sequías y colmillos que se cruzarán en el camino de la Gran Migración; el amor a la vida, que se demuestra en esta aventura asombrosa a la que se lanzan las criaturas del Serengueti, resulta en un factor crucial para mantener en equilibrio las elaboradas operaciones de la Naturaleza. Bastaría que una generación de ñus se deje derrotar por el miedo y detenga su caminar para que todo se desmorone. Los cocodrilos, los peces, los leones, las algas, los buitres, las hienas, la hierba, todo moriría. El círculo se quebraría sin remedio. Y ya no sería posible volver a empezar.