Trömso: viaje a la postal de las auroras boreales

300 kilómetros por encima del Círculo Polar se encuentra una de las ciudades más apasionantes de Noruega

Entorno del glaciar Steindalsbreen, muy próximo a la ciudad de Trömso.
Entorno del glaciar Steindalsbreen, muy próximo a la ciudad de Trömso.Alfonso Masoliver

En la película de Collateral, Jamie Foxx hace de taxista bonachón que se ve envuelto en una serie de homicidios perpetrados por un asesino a sueldo (Tom Cruise) y lo que empezó como una agradable comedia romántica termina transformándose en un pifostio ensordecedor de disparos, cristales rotos, chillidos, taxis estampados contra una cuneta.... algo así como la vida misma. Y Jamie Foxx (o el taxista al que representa) lleva la postal de una isla paradisiaca enganchada en el parasol de su taxi. Cuando tiene un descanso entre carreras, esto lo dice él en un momento del filme, cuando tiene un descanso baja el parasol y viaja a su isla paradisiaca, lo hace con tanta intensidad que casi llega a creerse que está hundiendo sus pies en la arena blanca de la postal, casi escucha el rumor de las olas cristalinas. Este taxista nunca había visitado su postal y puede que no lo haga jamás. Pero que Jamie Foxx disfrute de unas vacaciones en las Bahamas no tiene importancia en el filme, no la tiene, nunca sabremos si llegará a bañarse en esa playa, no importa que sus sueños se cumplan: lo importante de este gesto, o al menos así lo expresan los realizadores de la película, es que Jamie Foxx tiene un sueño y, lo que es más importante, un lugar concreto hacia donde dirigir sus sueños.

Creo que todos guardamos con el mismo mimo nuestra propia postal. Un lugar con el que soñar cuando odiamos nuestro trabajo, no soportamos a nuestro marido, nos sentimos solos rodeados de amigos, cuando nos escurrimos lentamente en nuestro molde, una imagen que vuelva físicos nuestros sueños aunque no vayamos a alcanzarlos jamás. Solo muy de vez en cuando conseguimos atravesar la dimensión del hogar para penetrar en el reducido espacio de nuestra postal. Nos atrapamos en una jaula todavía más pequeña de la habitual, esa postal, pero, curiosamente... sentimos el mismo furor de quien ha rebasado todos sus límites.

Mi postal se llama Trömso

¿Sabías que Trömso está al norte de Noruega? ¿Sabías que en Trömso atracaron durante siglos los mugrientos balleneros, y que su puerto siempre parecía impregnado con el fuerte olor del aceite de los cetáceos? ¿Sabías que la catedral católica más septentrional del planeta está en Trömso, que está construida entera con madera? ¿Sabías que las auroras boreales más nítidas de Europa pueden verse en Trömso? Cosas así. Sabías que, sabías que, sabemos tanto sobre nuestra postal que creo que sabemos precisamente porque nunca hemos llegado a conocerla. Y, ¿sabes qué? ¿Lo sabes, sabes qué? Hace poco pude meterme en ella. Si hubieses abierto el segundo cajón de mi escritorio para sacar la postal y echarle un vistazo, habrías distinguido un punto muy pequeñito, ese punto sería yo, feliz de la vida atrapado en mi postal.

Los alrededores de Trömso suponen una serie de visitas deliciosas.
Los alrededores de Trömso suponen una serie de visitas deliciosas. FOTO: Alfonso Masoliver

Llegar a mi postal no es necesariamente sencillo. Los hay que suben a un avión que les transporte de Madrid a Oslo, o de Madrid a Ámsterdam y desde allí a Oslo; luego cogen un segundo o tercer avión que les lleva a Trömso. Otra opción es vía marítima, si eres marinero. Para introducirme en mi postal yo quise liberarme del estruendo de los aviones y penetré muy sigilosamente desde la frontera sueca, conduciendo mi furgoneta. Esta es otra opción, con una furgoneta o un coche. Lo único que todas estas opciones tienen en común es que te llevarán muy lejos, que serán viajes largos, agotadores, viajes que pagamos no solo con dinero sino con un día, una semanita más de vida por no habernos cuidado lo suficiente en ese tiempo. Oh, sí, que no lo dude el lector: hay viajes nocivos para la salud y que pagamos con días de vida, no solo con dinero. Llamémosle un peaje adicional de la felicidad.

Y atraviesas el Círculo Polar, un día menos; sientes el viento gélido mordisqueando tus manos, un día menos; no duermes durante dos días (por la emoción en la noche anterior al viaje y por el viaje en sí, porque teníamos trasbordo a las cuatro de la mañana), un día menos; pruebas la carne roja de la ballena por primera vez y te da muchísima pena y te deprimes un poquito, un día menos; subes una montaña espectacular y el mundo transmuta en paradoja, un día más. Cuando se introduce en las postales, en sitios tan lejanos como Trömso o Calcuta, el viajero juega a la cuerda con sus propias horas de vida. Es lo que hace de estos viajes prácticamente catárticos.

Figura del Museo Polar de Trömso, donde se explican las penurias de los cazadores en el Polo Norte.
Figura del Museo Polar de Trömso, donde se explican las penurias de los cazadores en el Polo Norte. FOTO: Alfonso Masoliver

¿Por qué es Trömso una postal?

No son solo las auroras boreales que salen en mi postal. No se trata ya de ser un cazador de las luces del norte, abrigarte, cargar la cámara, conducir en quinta por las carreteras secundarias hasta que estalla el color verde como una serpiente merendándose la noche polar. No se trata ya de ver un espectáculo único en el mundo, el sueño de miles, puede que millones de pringados como yo. En Trömso hay mucho más. Para empezar, civismo: y nos sentimos muy a gusto cuando viajamos tan lejos de nuestra casa y pese a todos nuestros temores descubrimos una esquina del mundo igualmente civilizada, si no más civilizada que la propia España. Las calles están impolutas; solo la nieve parece mancharlas, y ya sabemos que la nieve mancha limpiando. Los camareros nos atienden con una sonrisa inamovible. Los transeúntes se apartan cuando el espacio es demasiado pequeño para que quepamos los dos. Civismo. Qué palabra tan humana.

El clima es extremo durante los meses de invierno y esto también puede ser un atractivo. Algunos prefieren buscar destinos fáciles, asequibles, les llaman gangas dicen que les permiten desconectar (cuando confundimos desconectar con dejar de pensar). Otros buscan todo lo contrario. Procuran ponerse a prueba, sentirse incómodos, solucionar problemas, desconectar a partir de la reflexión y de la acción. Para este segundo grupo, Trömso es un destino ideal. Si no piensas te congelarás, te perderás en la nieve, te absorberán las luces verdes, perderás la noción del tiempo porque en Trömso, en mi postal en mi paraíso, durante los meses de invierno no sale una sola vez el sol. Trömso entra dentro de la definición de postal porque es un lugar único en el mundo, estrambótico, lejano. Todas mis manías están proyectadas en su fotografía negra con retazos de verde y blanco.

Glaciar de Steindalsbreen.
Glaciar de Steindalsbreen. FOTO: Alfonso Masoliver

Los planes que un viajero puede hacer a los alrededores de la ciudad son igualmente fotogénicos. A poco más de una hora por carretera se esconde en una esquinita de su fiordo el conocido como el “caribe noruego”, otra postal, que son una sucesión de calitas con la arena blanca como las palomitas y corales muertos que realmente parecen palomitas. El camino desde Trömso hasta Kvaløyvågen es una sucesión de postales, es igual, ves un fiordo descomunal que parece a puntito de devorarte, ves una serie de islotes diminutos y agrestes, ves las típicas casas noruegas con césped o arbustos plantados en su mismo tejado. La postal de Trömso es de las postales más grandes que hay, como si la hubiese creado un artista que recogió millones de imágenes pixeladas para jugar con ellas hasta conformar la imagen que guardo en mi cajón. Es tan grande, escucha, es tan grande que puedes coger un barco desde Trömso y llegar en cuatro horas a las islas Svalbard, conocidas en todo el mundo por su desbordante población de osos polares. O puedes incluso conducir una hora y media y hacer seis horas de marcha para tocar el hielo grisáceo del glaciar Steindalsbreen.

¿Cómo no iba a ser Trömso una postal? ¿Cómo no vamos a desear encerrarnos en ella? Es una postal enorme, aunque parezca víctima de algún hechizo que hace que quepa en mi cajón.