Refugiados en Líbano: morir de hambre por evitar el coronavirus

Miles de huidos del conflicto sirio están confinados en los campamentos sin poder trabajar. Sus familias dependen de sus precarios jornales para sobrevivir a la guerra y a la pandemia

Al Faydah refugee camps in the Bekaa Valley
Refugiados sirios en el campo de Al Faydah, en el valle de la BekaaNABIL MOUNZEREFE

Desde hace tres semanas, las autoridades libanesas han aplicado el toque de queda, desde las 19.00 hora local a 05.00 de la madrugada, como medida para frenar la pandemia. Sin embargo, esta medida restrictiva no se implementa de la misma manera entre los ciudadanos libaneses y los refugiados sirios, huidos de una guerra de nueve años. En las localidades donde están instalados los campamentos de refugiados informales a los sirios no se les permite salir de los campos como manera de prevenir los contagios.

“La realidad hasta ahora es que no hay ningún caso sospechoso ni confirmado de contagiados por Covid-19 entre los refugiados sirios”, asegura a LA RAZÓN Josep Zapater, coordinador de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) de la región de la Bekaa.

Esta situación de aislamiento ha puesto a los refugiados en una posición delicada, ya que muchos de ellos trabajan como jornaleros en los campos de la Bekaa o en la construcción. Los refugiados no tienen ahorros y muchos no reciben asistencia de ACNUR.

Según explica Hussein Abdelmajid, coordinador regional de Ministerio de Asuntos Sociales, aproximadamente el 40% de los refugiados no sirios no están registrados, por lo que no reciben las ayudas de ACNUR ni del Programa Mundial de Alimentos (PMA).

“Esto significa que las familias refugiadas que dependen del salario diario que reciben por trabajar como jornaleros en el campo no podrán alimentarse, ya que no hay dinero para comprar alimentos porque no se les permite salir a trabajar”, lamenta Abdelmajid.

Miedo y discriminación

Uno de los casos más recientes, comenta el responsable de Asuntos Sociales, fue el de un hombre sirio sospechoso de estar contagiado y los vecinos decidieron aislar todo el edificio, donde vivían también otras familias sirias, durante 36 horas. “Ninguna organización internacional ni el Gobierno ofreció ningún tipo de ayuda a esta pobre gente que luego quedó incomunicada durante dos días y medio”, se queja Abdelmajid.

Mohamed vive en un pequeño asentamiento informal al lado de la carretera que conduce a la monumental Baalbak, en el valle de la Bekaa. “Llevamos trabajando como jornaleros en la Bekaa incluso antes de que comenzara la guerra en Siria. Ahora no tenemos nada. Nos prohíben salir a trabajar al campo pero nadie nos ayuda. Qué vamos a hacer”, lamenta a LA RAZÓN este sirio refugiado, cabeza de familia con seis bocas que alimentar. “Las fuerzas de seguridad, las milicias (de Hezbolá) patrullan todo el tiempo y no nos dejan movernos”, se queja el refugiado.

Pero el sustento familiar no lo consiguen solo los hombres, muchas mujeres viudas o con sus maridos detenidos o luchando en Siria tienen que desempeñar el rol de cabeza de familia. Mujeres que antes ganaban unos diez dólares al día y ahora con las restricciones no pueden conseguir dinero para poder comprar comida. “Ahora no nos quieren más que para la recogida de temporada. Mi hija mayor trabajaba conmigo y tiene dos niños pequeños. Ahora somos dos familias que no tenemos nada que ofrecer a nuestros hijos", añade.

La situación para muchos refugiados ha llegado a ser tan desesperada que, hace unas semanas, un sirio se quemó a lo bonzo al oeste de la Bekaa porque las fuerzas de seguridad le habían echado de la vivienda después de que el dueño le denunciara por no poder pagar el alquiler ante la falta de trabajo por las restricciones impuestas a los refugiados.

“No podemos permitir que ocurran este tipo de situaciones. Se está estigmatizando a los refugiados y ahora más que nunca debemos estar unidos”, lamentó Habib, un voluntario libanés que ayuda a repartir pan, gracias a la iniciativa de una ONG local SAWA, que está distribuyendo este alimento gratuitamente en los asentamientos de refugiados sirios.

Los ayuntamientos cierran las puertas

En esta línea, la semana pasada, Human Right Watch denunció que al menos en 20 municipios del norte de Líbano habían introducido medidas mucho más restrictivas para los sirios. En el municipio de Brital en Baalbek el ayuntamiento anunció que para "evitar el recrudecimiento y la propagación del Covid-19, los sirios solo pueden moverse por el municipio entre las 09.00 y las 13.00 horas local.

El bando del ayuntamiento dijo que la policía municipal haría cumplir estas medidas, y que los sirios que fueran atrapados violando las mismas podrían “enfrentarse a medidas legales y que su documento de identidad podría ser confiscado”.

Las agencias humanitarias advierten también de que con la implantación de medidas tan restrictivas se podría corren el riesgo de que el virus se propague si los sirios tienen demasiado miedo para buscar ayuda médica después de las 13.00 horas. Además, hacerse un test en el Líbano no es gratuito y cuesta entre 150.000 y 300.000 LL (100 o 200 dólares al cambio oficial), lo que se convierte en una misión imposible para un refugiado.

En otros municipios como el de Kafarhabou, en el norte de Líbano, las autoridades locales han impuesto el toque de queda a los sirios desde las 15.00 horas a las 07.00 horas. También en el de Darbaashtar se ha prohibido a los sirios abandonar sus hogares o recibir visitas, sin ninguna excepción. Hay muchas noticias falsas circulando en internet sobre los sirios y esto está causando pánico entre la población local.