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¿Men sana in corpore bello?

  • La actriz Ava Gardner
    La actriz Ava Gardner / Gtres

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16 de abril de 2018. 17:08h

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Discutible es el concepto de la llamada belleza interior, que tan de moda está. Son los triviales libros de autoayuda, los pseudo filósofos del buenismo y el relativismo, las neofeministas, las oenegés lloriconas, los programas cursis de televisión y las mujeres feas los responsables de que tanta gente oponga ese concepto, puramente defensivo, al que habitualmente se venía utilizando. La belleza, en líneas generales, pertenece al ámbito de la estética, disciplina filosófica que, en su origen, nos remite a la historia del arte y no al de la moral, que a su vez, por definición, está emparentada con la ética. Pero me estoy metiendo en un jardín, así que mejor lo dejo. Lo que, ab initio, me condujo a él fue el propósito de reflexionar, siendo ésta una columna de salud, sobre el aspecto exterior de las personas como indicador de lo que sucede en sus vísceras y en su conciencia. No es verdad que la cara sea el espejo del alma. Lo sabemos desde que Oscar Wilde escribió «El retrato de Dorian Gray». Hay gente guapísima y, a la vez, malísima. Basta con poner un programa de telebasura para cobrar conciencia de ello. Y al revés: gente bondadosa y, a la vez, tan fea como la Madre Teresa (en cuya conducta, al parecer, no fue precisamente oro todo lo que relucía, pero eso es otro jardín en el que tampoco me voy a meter ahora). Tener buena cara es, sin duda, síntoma de buena salud, pero son los gestos y la expresión, y no la mera facies, los que reflejan las virtudes morales de una persona. Digo todo esto porque acabo de ver en «El Mundo» una galería de retratos de gente famosa que ha pasado por el quirófano de la cirugía estética con consecuencias dramáticas, en la mayor parte de los casos, para su belleza anterior. Yo que ustedes me lo pensaría muy mucho antes de poner el rostro, que es la zona más delicada del cuerpo, en las manos de quienes aseguran que van a dejárselo tan bonito como los de Ava Gardner o Gary Cooper, por poner dos ejemplos que nadie discutirá. La belleza interior, por contradictorio que el concepto sea, puede generarse o perfeccionarse, pero la exterior es, en gran medida, fruto congénito de madre natura, y más vale conformarse con ella que correr el riesgo de empeorarla oficiando ceremonias carniceras en los altares de la vanidad. Dicen que Sócrates era feísimo, y sin embargo ya ven. Su sabiduría no envejece. En la Hélade era la estética asunto de filosofía y no de botox ni de bisturí.

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