• 1

Pastillazos

  • Foto: Gtres
    Foto: Gtres

Tiempo de lectura 2 min.

30 de abril de 2018. 16:58h

Comentada

ETIQUETAS

Morir es la única certidumbre que rompe la racha de las muchas incertidumbres que la vida nos propone. De ahí que convenga tenerla siempre presente como si fuese uno de esos loritos parlanchines que los piratas llevaban sobre su hombro. Yo lo hago, lo hacían también los Padres del Yermo que colocaban una calavera al arrimo de su jergón y aún lo hacen los cartujos al canturrear el sonsonete de su hermano, morir habemus, pero una cosa es morir por una causa de peso o porque así lo decide madre natura y otra muy distinta hacerlo en aras de un estúpido accidente doméstico. Lo digo porque el martes de esta misma semana estuve yo a punto de exhalar el último suspiro, en el sentido literal de la expresión, por algo tan tonto como lo es la ingesta de una pastilla. Y más tonto aún es el trivial dato estadístico de que me haya visto en el mismo brete al menos otras cinco veces a lo largo de la vida y todas hayan llegado a rastras de mi elixir de eterna juventud, al que en tantas ocasiones he recurrido para redactar esta columna. Me explico. Hay en el puñado de pastillas, comprimidos, papelinas y cápsulas que ingiero a lo largo del día, todas ellas naturales a excepción de tres (diez miligramos de atorvastatina, dos y medio de bisoprolol y ciento cincuenta de tromalyt o ácido acetil salicílico de liberación prolongada), algunas cuyo tamaño recuerda al de las ballenas azules, el pene de Rasputin y las mentiras de Puigdemont. Tragarlas sin que se atasquen en el gañote o se vayan por el vecindario es una proeza al alcance sólo de fakires de Benarés, anacondas de la Amazonía y tragasables de circo chino. Las hay, verdaderamente, de a puño, y me quedo corto. Sin ánimo de ofensa voy a citar por sus nombres las que en más de una ocasión, como digo, han estado a punto de darme matarile por asfixia entre horribles estertores de mi conducto laríngeo y angustiosa alarma de mis familiares: la lisina de Solgar, las Ultrajoint Forte de Douglas y el aceite Omega Tres de mi amada clínica Neolife. Se trata, en todos los casos citados, de marcas solventes que merecen al ciento por ciento mi confianza y que, por supuesto, voy a mantener en mi elixir. ¿Pero tan difícil sería hacer esas pastillotas, que parecen misiles de Kim Jong Un, un poco más pequeñas aunque ello obligase a deglutirlas de dos en dos o incluso de tres en tres? Es sólo una sugerencia, amigos. Hay muertes más dulces y menos tontas que las del traicionero atragantamiento.

Últimas noticias