Gatos

Gatos
GatosTHOMAS PETERREUTERS

¡La descuidada elegancia de sus movimientos, y ese palaciego distanciamiento con que miran pasar las cosas!

Profundamente hastiados de todo lo que les rodea, convencidos de que el mundo extraño y plebeyo en el que viven carece del más mínimo interés, resignados a pasarse la vida rememorando sin descanso las glorias de su reino perdido, deambulan de aquí para allá con olímpica galbana.

Hace ya muchísimo tiempo que abandonaron la pretensión de entender las razones por las que el curso del destino se cebó con ellos; la confianza en una hecatombe o en un brusco viraje universal que ponga todo patas arriba y restituya el orden primigenio de las cosas es ya solo una vaga promesa de consuelo a la que no prestan interés.

Viven entretanto entregados al sopor, en la añoranza perpetua de su condición perdida, sin dejar por un momento de alardear de su superior naturaleza.

Si han aceptado que los hayamos conceptuado de domésticos y les hayamos asignado ese papel decorativo es porque así, sin saberlo nosotros, se sienten ellos en su papel, monarcas absolutos de la ensoñación, soberanos indolentes de las alfombras junto al fuego, señores de las mejores vistas al sol en los rincones más exclusivos de las casas.

Creemos que nos dan compañía y, acostumbrados como están a ser servidos, ni se molestan en apartarse a nuestro paso; solicitamos su atención y se dignan apenas abrir con desgana un párpado; les acariciamos el lomo y reviven ellos los halagos del séquito que les acompañaba a todas partes; los llamamos con mimo por su nombre y se arrullan en los placeres del vasallaje; les dejamos la comida en el plato y paladean de gusto al reafirmarse en su prosapia de príncipes bien servidos.

Se aburren en fin soberanamente y entran y salen de las habitaciones con sigilo y discreción porque así lo hacían habitualmente en las siete vidas anteriores por sus aposentos dinásticos