Edith Wilson, la primera presidente de los Estados Unidos

Se casó con Woodrow Wilson cuándo éste, viudo, estaba en su primer mandato y al sufrir un ictus, ella cogió las riendas ejecutivas del país, minimizando la gravedad de la enfermedad de su marido

Edith Wilson en 1918 meses antes de tomar el control de la Casa Blanca
Edith Wilson en 1918 meses antes de tomar el control de la Casa BlancaLa RazónArchivo

El 25 de septiembre de 1919, pocos días después de recibir el Premio Nobel de la Paz por su resolución en el fin de la I Guerra Mundial, Woodrow Wilson, el presidente de los Estados Unidos, sufría un importante ataque cerebrovascular que lo dejó paralítico e incapacitado. Su mujer, Edith Wilson, con el fin de mantener su importante legado, aseguró, con el beneplácito de sus médicos, que el presidente, aunque limitado, podía continuar con sus funciones bajo la ayuda de su mujer. El vicepresidente, Thomas R. Marshall, ex alcohólico y poco fiable, no reclamó estas funciones y el país funcionó de octubre del 1919 a marzo de 1921 bajo el dominio y dirección de una mujer. Wilson, a pesar de no ser nunca elegida, fue de facto la primera presidenta de los Estados Unidos.

Ella, por supuesto, negó que tomara las riendas del gobierno y en sus memorias aseguró que se limitaba a controlar y jerarquizar lo que entraba en consideración del presidente, que al estar incapacitado no podía ocuparse de todos los temas ejecutivos de la nación. La oposición republicana hablaba de “gobierno de las enaguas” y criticaba tanto la indisposición del presidente como la enorme influencia que había obtenido su mujer a la hora de elegir qué temas tenían que ser del interés del presidente. ¿Pero a eso se limitaba su poder? Hasta hace poco era un misterio hasta qué punto Edith Wilson hizo las funciones de presidenta, algo que hoy día parece estar bastante demostrado.

En 1990, los hijos de Cary Grayson, el médico y confidente del Presidente, y la persona que lo trató después de su ictus junto al doctor Francis Dercum, presentaron el informe desclasificado del 2 de octubre que mencionaba el grado real de gravedad de Wilson. No había duda que las secuelas eran terribles y su recuperación lenta, si acaso era posible. Dercum llegó a decir a Edith que cualquier punta de estrés mataría a su marido. Nadie en un estado semejante podría haber capitaneado un gobierno tan complejo como el estadounidense. La idea de Edith WIlson como mano en la sombra que protegió hasta su muerte el legado de su marido, incluso tomando el mando en su lugar, volvía a ser de actualidad.

WIlson conoció a Edith Bolling Galt, viuda de un rico joyero, en marzo de 1915, nueve meses después del fallecimiento de su primera mujer, Ellen Axson Wilson. El presidente, una persona dependiente y solitaria, que todavía lloraba a su mujer fallecida, cayó rendido ante la belleza e inteligencia de aquella mujer. Descendiente lejana de Pocahontas, Edith no era una intelectual, dejó la universidad porque decía que su cuarto era demasiado frío, pero sí que era una auténtica fuerza de la naturaleza y una inteligencia genuina, capaz de mantener con ingenio cualquier conversación. Cosmopolita, le encantaba viajar a París a los desfiles de alta costura y fue la primera mujer en Washington en conducir un coche. En mayo Wilson ya la pedía en matrimonio.

El médico de Wilson, Cary Grayson, estaba saliendo con Altrude Gordon, amiga de Edith, que la invitó a tomar el té con ellos en la Casa Blanca. “Fue cruzar la esquina y encontrar mi destino”, escribiría Edith en sus memorias. Para Wilson será amor a primera vista y a partir de aquel día todas las noches habrá una limusina para escoltar a Edith a la Casa Blanca.

El noviazgo fue tan rápido que en junio comienzan a vivir juntos y en agosto anuncian el enlace. Esto deja en shock a los miembros de su comité, que intentan una última estratagema para parar el enlace. Publican en la prensa una serie de cartas de amor de Wilson a otra mujer antes de conocerla. Ella no cae en las provocaciones y el enlace sigue adelante justo cuando el presidente inicia su campaña para la elección. Aaron Sorkin dramatizaría esa situación y la modernizaría en la comedia romántica “El presidente y Miss Wade”.

Ese diciembre se casarán, en casa de ella, en una ceremonia íntima, menos de nueve meses después de conocerse, algo inédito en la historia de los Estados Unidos. Él vencerá sin problemas la reelección, con ella siempre a su lado. “En este lugar el tiempo no se mide en semanas, ni meses, ni siquiera en años, sino en las profundas experiencias privadas” diría Wilson de su paso por la Casa Blanca.

Regresan rápido a Washington después de una corta luna de miel en el estado de Virginia, cuando todavía la I Guerra Mundial centra toda la atención. Los Estados Unidos entrarán en la contienda en abril de 1917 bajo el directo liderazgo de Wilson. Edith se convertirá en estos años en el consuelo de su marido y en su más estrecha consejera, siempre muy dependiente emocionalmente. Tendrá un despacho en el piso de arriba y consigue que Wilson le otorgue acceso a documentos clasificados y a los códigos secretos. Incluso le pedirá que lea su correo y que esté presente en sus reuniones, para que una vez finalizadas le de su opinión de lo que ha visto. Edith empieza a controlar a sus consejeros políticos.

El presidente contraerá la gripe española y Edith lo cuidará en sus horas más bajas. Cuando la guerra termine, ella lo acompañará a Europa en la firma del Tratado de Versalles. A su regreso, en septiembre, ven como el Senado, de mayoría republicana, va a no aprobar el tratado de paz y la creación de la Liga de las Naciones, antecedente a las Naciones Unidas. El estrés es grande y Wlson sufrirá e ataque.

Será la propia Edith quien encontrará a su marido inconsciente en el suelo del baño. Llama a su médico y en seguida le informan de la gravedad del asunto, pero ella, desde el principio, insistirá en la necesidad de no declarar incapacitado a su marido y empezar a trabajar en proteger su legado. ¿Fue la actuación de Edith un acto de amor o un acto de egoísmo extremo? La historia empezará a juzgarla con dureza desde las primeras de cambio.

Su primera medida será ocultar los informes médicos e iniciar una campaña a través de los medios de que Wilson se encuentra en cama, pero que es muy capaz de liderar el país. Los miembros del gabinete de su marido no tendrán acceso a él y sólo se comunicarán a través de Edith. Cualquier decisión que tenga que ser estudiada, cambiada o aprobada pasará primero por sus ojos. Si cree que es de suma importancia, afirmará, se lo leerá a su marido.

La primera dama volvía muchas veces con los diferentes documentos anotados en los márgenes con una letra nerviosa e insegura. Los miembros del gabinete sospechan que aquella no es la letra del presidente, sino de la de su mujer, pero actúan de igual forma y corrigen los documentos según están estipulados. “Así comenzó mi administración. Estudiaba todos los papeles, desde las diferentes secretarías o senadores, intentando digerirlas y presentar las esenciales al Presidente. Yo, personalmente, nunca tomé ninguna decisión relacionada con asuntos públicos. Mi única decisión era decidir lo que era más importante”, escribirá en sus memorias.

Su regencia se alargará hasta marzo de 1921, en el séptimo aniversario del día en que conoció a Wilson. Y no fue fácil. El secretario de Estado organizó una reunión del gabinete sin que Wilson, o sea ella, lo aprobara ni estuviese informado, así que catalogó el hecho como insubordinación y lo despidió. Ella tenía que controlarlo todo en busca de mantener la normalidad.

En sus memorias, publicadas en 1939, bromeará en que estos 17 meses fue “mi administración” y que lo que le pasó a su marido fue su auténtica “maldición”. El poder de “su administración”, sin embargo, será limitado. La consecuencia más triste de esta limitación es que los republicanos, que dominan el Senado, no ratificarán finalmente los tratados de paz ni la Liga de las Naciones, con lo que Estados Unidos limitará su influencia en la política internacional. Si Wilson hubiese conseguido que Estados Unidos se implicase más en política exterior muchos historiadores se preguntan qué hubiese hecho el país con el auge del nazismo.

Wilson morirá tres años después, olvidado, pero tranquilo. Su figura seguirá siendo controvertida. Para unos, el héroe que llevó la paz al mundo con el fin de la I Guerra Mundial. Para otros, el principal ocultador de la gravedad de la gripe española, que mató a 50 millones de personas en todo el mundo, y el responsable de traerla a Europa al enviar los ejercitos americanos a combatir junto a los aliados. Su nombre también aparecerá citado en “El nacimiento de una nación”, el filme de D. W. Griffith, haciendo apología del Ku Klux Klan.

Y luego está Edith Wilson, la que sin duda tuvo que ser la primera presidenta de facto de los Estados Unidos. La ironía señala que gobernó cuando todavía las mujeres no podían votar en todos los estados. Murió el 28 de diciembre de 1968 todavía con la versión que ella nunca tomó ninguna decisión política que afectase a los americanos. Estuvo al lado de Kennedy en su desfile inaugural poco días antes. ¿Quién será por fin la primera presidenta electa de los Estados Unidos o, mejor dicho, cuándo será?