Lecciones de otoño

Nos perdimos la primavera, que la pasamos en casa confinados, y aunque de momento no parece que vaya a suceder lo mismo con el otoño, mejor sería, por si acaso las cosas se torcieran del todo, que aprovecháramos estos días de octubre y saliéramos al campo a disfrutarlo. Para ver los colores con que se adorna la naturaleza, que en la capital nos pasan desapercibidos, y es una pena: el amarillo de los chopos, el rojizo de los cerezos, el oro viejo de los robles...

Y los caminos, que están llenos de buenos pensamientos, y se los regalan gustosos a quienes pasean por ellos. Más aún, recogen los que llevamos a cuestas, en particular los que son tristes, y los guardan mientras somos sus huéspedes, y a poco que nos descuidemos se quedan con ellos para que volvamos así a casa más descansados y ligeros de pesadumbre.

También los árboles, que, en vez de abrigarse para pasar el invierno, se quitan las hojas y cobijan con ellas el redondel de tierra que sustenta sus raíces; los pájaros, que viendo cómo se acortan los días cuentan las horas más despacio; y las vacas, que predican la virtud de la calma, todo el santo día en el mismo prado.

Octubre y otoño que con la cosecha en casa traían el descanso, pero ya enseguida los preparativos de la próxima siembra. Y en las zonas de montaña, la marcha de los pastores, que bajaban con sus rebaños trashumantes a las tierras llanas de clima menos riguroso... Pastores y agricultores, dos de las ocupaciones más antiguas, dignificadas en la Biblia y en los versos de Virgilio, que parecen ya de otra época. Lo son, y de otra cultura. Una cultura campesina y ganadera que convivió durante muchos siglos en paz con la naturaleza, y es esta la lección no aprendida que explica en parte lo que está pasando.