Encuentran una posible explicación para los 427 cadáveres de peces encontrados en el Mar Rojo

En 2017 aparecieron cientos de peces muertos en la costa de Israel, pero, hasta ahora, el motivo era una incógnita.

En julio de 2017, el puerto israelí de Eliat se vio vestido con cientos de cadáveres de peces. En concreto se trataba de 427, aunque posiblemente se queden cortos debido a lo inaccesible o temporales que sean estos cadáveres. Algunos flotaban entre las olas, otros parecían haber muerto varados en la arena y otros pocos, hundidos en el fondo del mar. No era la primera vez que se producía una muerte masiva de peces, desde luego, pero esta tenía algo diferente.

No había señales de que los peces hubieran muerto envenenados por algún tipo de vertido y, aunque las temperaturas habían aumentado abruptamente durante los días anteriores, estas seguían por debajo de la temperatura máxima que solía haber en esas fechas. El origen de aquella matanza tenía que ser diferente, pero hasta hace unos días no se había encontrado una respuesta concluyente.

El síndrome de la rana hervida

Cuentan que la mejor forma de cocinar una rana es meterla en una cacerola de agua fría e irla calentando poco a poco. Al ser progresivo, el batracio no advertirá el calor y morirá sin darse siquiera cuenta. Se trata de una leyenda urbana, pero apunta en una dirección interesante. Puede que lo importante no sea solo el calor que alcanza el agua, sino cuán rápido lo hace.

Si repasamos las temperaturas de los días durante los que ocurrió el desastre de Eliat encontraremos, como ya dijimos antes, que la temperatura no era nada especial. La temperatura concreta del agua era de 28,6 grados centígrados, lo cual estaba por debajo del máximo alcanzado a lo largo del verano anterior y durante el cual no ocurrió ninguna muerte en masa. Si la temperatura hubiera sido mayor podría haberse explicado la muerte de los animales aludiendo a que, cuando el agua se calienta, los gases que contiene se disuelven peor en ella, reduciendo sus niveles de oxígeno. De este modo, los peces habrían muerto por asfixia. Aunque para ser precisos, la autopsia no se correspondía exactamente con lo esperable en un caso así.

Pero ¿y si tenemos en cuenta el factor tiempo? como hemos sugerido antes. ¿Seguiríamos estando ante una situación térmicamente típica? La respuesta, por una vez, es bastante directa: sí. Si representamos en una gráfica la temperatura en el eje vertical y el tiempo en el horizontal podremos distinguir el contorno de una extraña cordillera con dos grandes picos. Estos corresponden a los momentos de máxima temperatura durante estos días. El ascenso a la primera cumbre es realmente empinado, con una pendiente pronunciada que nos revela que la temperatura ascendió de forma realmente brusca.

En concreto, la temperatura pasó de una máxima de 24,4 grados centígrados a 28,6 en tan solo dos días y medio. Un calentamiento de 4,2 grados se considera extremadamente rápido en estas condiciones. El segundo pico de la gráfica llega apenas unos días después, subiendo 3,4 grados en dos días y medio, alcanzando los 28,5 grados centígrados. De hecho, los investigadores indican que otras muertes masivas de peces fueron precedidas por el mismo amento abrupto de las temperaturas, como la ocurrida en Kuwait en 2001 o en el oeste de Australia en 2011. Pero ¿cómo es posible que sea tan importante la velocidad? ¿Es acaso una explicación factible?

Estrés por temperatura

Los aficionados de los acuarios saben que la temperatura del agua no es ninguna broma. Algunos peces son extremadamente sensibles y si la temperatura se descontrola pueden morir. Lo que no tantos saben es que se han hecho experimentos que demuestran cómo esos rangos de temperatura se vuelven más restrictivos cuando esta cambia de forma brusca. De hecho, en 2008 otros investigadores experimentaron, por motivos diferentes, con esta misma idea. Decidieron aumentar la temperatura del agua en que vivían unos ejemplares de salmón rojo (Oncorhynchus nerka) unos 3 grados durante dos días (de 15 a 18 grados). Tras aplicar este tratamiento de calor los liberaron de vuelta al río donde los habían atrapado, que estaba a 15 grados.

Y aquí viene lo sorprendente, porque los salmones sometidos al tratamiento de calor murieron un 50% más que el grupo de control, que habían sido mantenidos a una temperatura constante antes de ser reintroducidos en la naturaleza. La autopsia reveló que los peces muertos tenían una mayor cantidad de parásitos que los supervivientes, lo cual suele ser indicativo de un sistema inmunitario incapaz de hacer frente a las infecciones. Este fenómeno se conoce como “estrés por temperatura” y consiste en una liberación de hormonas estresoras como la adrenalina ante enfriamientos o calentamientos bruscos.

Estas hormonas esteroideas, que se llaman, tienden a deprimir la respuesta del sistema inmunitario. Es, más o menos, el motivo por el que durante las épocas de estrés somos más proclives a coger catarros a la mínima de cambio. Por la misma regla de tres. ¿Podría suceder que los peces de Eliat sufrieran un repentino descenso de sus defensas?

En cierto modo, las autopsias hechas en Eliat cuadran con esta idea. Los cuerpos de los peces parecen contaminados por una bacteria llamada Streptococcus iniae, un microorganismo que infecta con relativa frecuencia a los peces. El tiempo pasado entre el aumento de las temperaturas y la muerte de los peces hace plausible que, un aumento de la temperatura haya podido fomentar la multiplicación de estas bacterias, acabando con la vida de algunos peces y multiplicándose incluso más aprovechando a sus víctimas.

Es más, las especies más afectadas parecen cumplir dos criterios, el primero es que su alimentación sea, bien basada en peces menores o bien en raspar alimento de rocas, corales o el mismo fondo oceánico. En ambos casos, es relativamente fácil ingerir estas bacterias sin pretenderlo, lo cual puede conllevar a la muerte del ejemplar en cuestión de unos días, o incluso horas. La segunda característica es que se trataba de especies muy territoriales, que no navegan por el mar a la ligera.

Normalmente, sabemos que los peces huyen del calor hundiéndose en aguas más frías, o del frío ascendiendo a aguas más cálidas. Sin embargo, cuando estos tienen territorios muy delimitados es más difícil que los del lugar afectado por la temperatura encuentren un nuevo lugar al que ir a vivir en paz. Por ese motivo suelen moverse menos y, por lo tanto, tal y como es de esperar, son más susceptibles a los efectos de un aumento de temperatura como este.

Así que no solo tenemos una hipótesis que ya ha sido comprobada experimentalmente, sino que es teóricamente plausible: el rápido cambio de temperatura pudo ser el causante. Y esté concepto tiene su miga, porque, como muchos negacionistas repiten: es cierto que esta no está siendo la primera vez en que el globo se recalienta.

La verdadera diferencia es su origen parcialmente humano y que, por lo tanto, sigue nuestros ritmos y no los del planeta. Esto, dicho con otras palabras, significa que el cambio está siendo demasiado rápido. Desde luego, no lo suficiente como para acabar en un momento con la mayoría de los peces de los océanos, pero sí demasiado como para que muchas especies no puedan adaptarse. En cierto modo, nosotros también somos peces en un planeta que se recalienta.

QUE NO SE LA CUELEN:

  • El cambio climático afectará a toda nuestra forma de vida, y no solo por el calor propio del verano sino por la pérdida de caladeros, cultivos y, por lo tanto.
  • Aunque la explicación dada a la mortalidad de los peces es bastante atractiva y rigurosa, no se puede afirmar nada solo a través de la intuición.

REFERENCIAS (MLA):

https://www.eurekalert.org/file/jrnls/pnas/pdfs/pnas.202009748.pdf