Sociedad

Cuando dos continentes colisionan: Una catástrofe milenaria

El gran intercambio biótico americano ha sido una de las catástrofes naturales más graves y lentas de la historia. Un nuevo estudio nos habla de cómo el choque de dos continentes puede cambiar todo lo que conocemos.

Esqueleto de Barbourofelis loveorum una especie extinta de lo que popularmente conocemos como “tigre dientes de sable.
Esqueleto de Barbourofelis loveorum una especie extinta de lo que popularmente conocemos como “tigre dientes de sable.Dallas KrentzelCreative Commons

Dos centímetros y medio al año. Esa era la sobrecogedora velocidad a la que se acercaban antes de una de las colisiones más famosas de la historia. No parece gran cosa, pero todo cambia cuando entendemos que, esos dos objetos, eran dos descomunales trozos de roca, concretamente dos continentes.

América no ha sido siempre un único trozo de tierra, y la historia de cómo llegó a serlo está cargada de muerte, de extinciones y de cambios planetarios. Hace 15 millones de años, el mundo cambió por completo y todo fue debido a una misma estructura que era simultáneamente un puente entre continentes y una barrera entre dos océanos.

2,5 centímetros

Es difícil, por no decir imposible, indicar cuándo comenzó exactamente esta historia. No obstante, hace 20 millones de años ya existían claras señales de la catástrofe que se avecinaba. Por aquel entonces no había tal cosa como Centroamérica. Entre América del Norte y del Sur tan solo había agua. La corteza de nuestro planeta está dividida en placas, trozos que se mueven unos contra otros. Al rozarse producen terremotos y cuando chocan pueden solaparse, produciendo cordilleras o vulcanismo. En este caso, la llamada “placa de Farallón” se estaba moviendo de oeste a este, apretándose contra la placa del Caribe.

Al principio, ambas estaban completamente sumergidas, pero poco a poco la colisión fue cambiando las cosas. Apareció el vulcanismo y con él, el magma afloró de los fondos oceánicos, enfriándose y endureciéndose como rocas que no tardaron en crecer hasta alcanzar el tamaño de islas. Había nacido el arco volcánico centroamericano. Con él y con la propia deformación de la placa, América del norte parecía estar extendiendo una suerte de dedos de tierra mar adentro, como si tratara de alcanzar la costa vecina.

El vulcanismo, la elevación de las placas sobre el nivel del mar y la forma en que la placa del Caribe fue empujada hacia el océano Atlántico terminaron formando un puente de tierra entre los dos continentes. Ahora la placa de Farallón no existe, se ha dividido en la de Coco, que baña la orilla occidental de Centroamérica y la de Nazca, que hace lo propio con Sudamérica.

El puente

Nuestro planeta funciona como un todo donde la geología afecta al clima y a los océanos, del mismo modo que todos ellos afectan a las formas de vida y las propias formas de vida alteran el mundo en el que viven. Es algo así como un efecto dominó donde todas las piezas se apoyan ligeramente en todas las demás. Precisamente, por ese motivo, el puente de tierra sirvió, efectivamente, de puente para la vida. Sabemos que el viento intercambió pronto las semillas de las plantas que crecían a uno y otro lado de Centroamérica. Los pájaros comenzaron a migrar y, por último, los mamíferos se aventuraron tierra adentro.

Sabemos bien que existen las especies invasoras. Animales, plantas, hongos y otras formas de vida que triunfan sobremanera cuando son introducidos en una tierra que no es la suya. Estos suelen desestabilizar el ecosistema, empujando a la extinción a muchas especies locales. Pues bien, imaginemos esto, pero de proporciones continentales. América del Norte y del Sur tenían fauna y flora propia. En el norte triunfaban los mamíferos como osos, caballos, camélidos, grandes felinos, tapires, etc. En el sur habríamos encontrado un mundo que nos resultaría mucho más ajeno, con armadillos gigantes del tamaño de un coche, perezosos tan grandes como elefantes y capaces de horadar montañas con sus garras e incluso aves cazadoras de casi tres metros de altura a las que hemos apodado de forma muy descriptiva como “pájaros del terror”.

Tras esta enumeración hay algo que se hace bastante evidente: ¿qué fue de la fauna del sur? Los marsupiales gigantes que allí vivían desparecieron junto con los gliptodontes, los magaterios y el resto de las criaturas cuasi-fantásticas que lo poblaban. De hecho, los animales que ahora consideramos tradicionalmente de América del Sur y Central, como jaguares, llamas, tapires, son descendientes de la fauna norteña. El intercambio biótico fue profundamente destructivo, cambiando para siempre a los habitantes de aquellas tierras.

La cuestionable supremacía del norte

Para explicar este aparente favoritismo por el norte, los científicos han planteado hipótesis durante años. Históricamente se ha apostado por una superioridad de la fauna del norte, presentándoles como más adaptados, fuertes e inteligentes. No obstante, esta explicación ha estado más basada en analogías políticas que en pruebas directas o en un buen entendimiento de los mecanismos de la evolución.

Otros estudios apuntaban a que la colisión de ambos continentes comenzó a cambiar el clima. Con el tiempo apareció la cordillera Andina y las precipitaciones aumentaron en el continente, transformando sus praderas y sabanas en selvas. Esto podría explicar por qué la fauna del sur se encontró en inferioridad de condiciones, el mundo para el que habían evolucionado ya no existía.

Algunos estudios plantean que, en realidad, la diferencia no fue tan llamativa, y que tanto en el norte como en el sur hubo una extinción más que notable. Un nuevo estudio del Smithsonian Tropical Research Institute ha vuelto a analizar los datos y el registro fósil, corroborando que tal intercambio tuvo lugar y que, posiblemente, fue la extinción de la fauna del sur la que dio más oportunidades a la norteña. Lo cual apunta a una relación causal más concreta que la que normalmente ofrecían las investigaciones previas.

La realidad, en cualquier caso, es que la colisión hizo desaparecer a una enorme parte de la biodiversidad del sur, haciendo que la práctica totalidad del continente se viera repoblado por especies del norte, mientras que tan solo un 10% de las especies de América del Norte son descendientes de sus vecinos sureños (armadillos, zarigüeyas, puercoespines…)

El muro

De lo que se suele hablar menos es del impacto que tuvo la colisión en la fauna y flora de los océanos. Al cerrarse el istmo entre ambos continentes el océano Atlántico y el Pacífico quedaron aislados. Esto bloqueó algunas corrientes oceánicas, forzándolas a cambiar su ruta de forma impredecible, retorciéndose por la costa oriental de Norte América y la occidental de Europa. Puede parecer poco relevante, pero estas corrientes son llamadas termohalinas porque llevan agua fría a lugares cálidos y viceversa. Poco a poco fueron diferenciando la temperatura y la salinidad de ambos océanos, cambiando las condiciones del medio y contribuyendo a la extinción de algunas especies, así como haciendo que otras tomaran caminos separados.

De hecho, La distribución actual de las corrientes termohalinas ayudan a moderar la temperatura de Europa y América, lo cual ha tenido, presuntamente, un impacto clave en el desarrollo de nuestra civilización. Sin este muro entre dos aguas nuestro planeta sería un lugar diferente y nuestra civilización podría no parecerse a aquella que conocemos.

QUE NO SE LA CUELEN:

  • Todavía no se conoce exactamente el motivo de la diferente capacidad de adaptación de los animales y plantas del hemisferio sur durante el gran intercambio biótico americano. No obstante, como en casi todas las ocasiones, es bastante probable que una catástrofe biológica de tal calibre tenga un origen complejo, lo que se dice: multifactorial. Debido a esto es especialmente complicado apuntar a una única causa.

REFERENCIAS (MLA):