Los ríos que están agujereando la Antártida

Las polinias son agujeros en el hielo del tamaño de Bilbao y el cambio climático podría hacer que se descontrolen

En retórica llamamos topos a esos argumentos de copiar y pegar que repetimos por pura costumbre: “una madre es una madre”, “todos los extremos son malos” o “la realidad siempre supera a la ficción”. No pedimos que nos los justifiquen, simplemente los asumimos, aunque en muchos casos sean afirmaciones un tanto absurdas. Por ejemplo, una vez nos paramos a pensarlo, es bastante evidente que la realidad no siempre supera a cualquier ficción, aunque existe una honrosa excepción. Hay una tierra que pocas fantasías pueden eclipsar: la Antártida.

Su apariencia sobrecoge y su nombre evoca eternos desiertos de hielo y nieve, creciendo y encogiéndose sobre el mar. Sin embargo, su verdadera magia está en los detalles. Su orogenia no tiene nada que envidiarle a la de un mundo de ficción como la Tierra Media o Arrakis. Entre sus dunas está el lago más salado del mundo, incapaz de congelarse ni a cincuenta grados bajo cero. Sepultada por 600 metros de nieve, podemos encontrar una cordillera de 3 kilómetros de altura, son las montañas Gámburtsev. Su hielo guarda la historia de cientos de exploradores, astronautas de un tiempo anterior a la exploración espacial, y para aderezarlo, está salpicada de topónimos de lo más extraños: Riddell Nunataks, el Domo Argus, el mar de los cosmonautas, etc. Por tener tiene incluso su propio misterio, las polinias: agujeros en el hielo del tamaño de una ciudad entera que tan pronto aparecen como desaparecen. Hasta hace poco creíamos tener una respuesta clara para explicar este suceso, pero un reciente estudio plantea una nueva vuelta de tuerca.

50.000 kilómetros cuadrados

A decir verdad, las polinias no son nada nuevo. Hace décadas que las conocemos, sobre todo desde que tenemos satélites capaces de mantener bajo vigilancia cada detalle el continente helado. Las más grandes de las que tenemos registro aparecieron hace ya casi 50 años, en la década de los 70, pero la historia no terminó con ellas. Algunos científicos creían que las polinias eran cosa del pasado y que aquello que las hubiera provocado no se repetiría; pensaban que estaba (en cierto modo) extinto. Sin embargo, en 2016 las polinias volvieron a la prensa cuando se detectó una de más de 30.000 kilómetros cuadrados y coparon una vez más los titulares un año después, cuando apareció un nuevo agujero en el hielo, en esta ocasión de 50.000 kilómetros cuadrados, algo más grande que la ciudad de Bilbao.

Por aquel entonces la comunidad científica estaba relativamente perdida y, aunque había hipótesis bastante factibles sobre cómo se formaban estos agujeros, no había nada realmente firme. No obstante, las polinias de 2016 y 2017 permitieron que los científicos tomaran datos de forma casi compulsiva, peinando cada detalle de aquellas extrañas formaciones. Los datos ofrecidos por los satélites y las estaciones meteorológicas se acompañaron de los recogidos por dispositivos adheridos a focas. Analizar tal cantidad de información no fue sencillo ni rápido y casi dos años después, a mediados de 2019 llegó la primera respuesta.

Aquellos agujeros evanescentes eran producto de varias causas. Por ejemplo, por aquel entonces el mar de Weddell estaba siendo azotado por fuertes ráfagas de viento que arrastraban el hielo tan pronto como se formaba. Esto impedía que la superficie se congelase, pero no era la única clave para que se formara una polinia. Cuando se crea hielo, el agua inmediatamente inferior a la placa se vuelve más salada por todas las impurezas que el hielo expulsa durante su formación. En este caso, la congelación aumenta la concentración de sal en la superficie, pero ese hielo de nueva formación es rápidamente apartado por los vientos, exponiendo una nueva capa de agua que, al congelarse aumentará todavía más la sal que hay bajo ella.

Tras repetirse suficientemente este proceso el agua se vuelve prácticamente una salmuera, mucho más densa que la que tiene alrededor. Su gran densidad hace que se hunda, como cuando ponemos agua en vaso de aceite. Esto contribuye a formar una especie de “remolinos” que baja como agua salada (y fría) y asciende algo menos salada (y caliente). Se trata de corrientes convectivas que agitan el agua y dificultan la formación de hielo, manteniendo la superficie despejada. Y eso es exactamente lo que significa “polinia”: un agujero en el hielo.

La importancia de los ríos flotantes

Un reciente estudio de la Universidad de Rutgens acaba de publicar datos clave sobre la polinia de 2017 que apuntan a un origen ligeramente diferente, donde un nuevo factor podría haber jugado un papel crucial. Del mismo modo que existen ríos superficiales y subterráneos, también hay ríos bajo el mar. Son flujos de agua que atraviesan grandes distancias y a los que llamamos “corrientes”. En cierto modo no dejan de ser ríos, líquidos que serpentean, solo que en lugar de cruzar un sólido como la tierra viajan a través de otros fluidos. Pues bien, si existen corrientes bajo el agua ¿existirán análogos en el aire?esEfectivamente, hay corrientes de aire extremadamente húmedas que atraviesan la atmósfera y ellas podrían ser más importantes de lo que pensábamos para la formación de polinias. Los investigadores indican en su estudio que poco antes de la aparición de la polinia de septiembre de 2017 tuvo lugar uno de estos ríos atmosféricos. El río en cuestión partía del sur de Sudamérica y arrastraba una corriente de aire cálido y húmedo hasta el mar de Weddell.

Aparentemente, los ríos subirían ligeramente la temperatura de determinadas regiones del polo Sur, propiciando que se fundieran poco a poco al sumarse otros estímulos como los comentados antes. Esto explicaría por qué no suele haber polinias en invierno, cuando los ríos atmosféricos también reducen su temperatura. Y aunque no lo parezca, este ligero cambio de paradigma hace mucho más que explicarnos cómo se forman las polinias. Existe cierta controversia sobre si el cambio climático aumentará o disminuirá el número de estos agujeros, pero si finalmente estuvieran relacionados con los ríos atmosféricos la respuesta estaría más clara.

Si los investigadores están en lo cierto, el cambio climático traerá consigo muchas más polinias a medida que los ríos atmosféricos se hagan más grandes, más gruesos, más cálidos y (sobre todo) se focalicen cada vez más sobre los casquetes polares. En un primer momento esto puede parecer una gran noticia. A fin de cuentas, las polinias son vergeles de vida. Permiten que ballenas, focas y pingüinos suban a respirar, que el agua se oxigene e intercambie temperatura con el exterior y, sobre todo, permite que entre la luz. Gracias a esos rayos de Sol que atraviesan las polinias, el fitoplancton puede alimentarse mediante fotosíntesis, reproduciéndose en grandes cantidades y reforzando la base de la “cadena alimenticia”.

No obstante, la naturaleza busca equilibrios y las condiciones extremas suelen producir una sacudida para la biodiversidad. El aumento de las polinias implica la fusión de los casquetes polares y la subida del nivel del mar, las implicaciones podrían ser catastróficas. Porque hemos de recordar que si perdemos la Antártida perdemos mucho más que una tierra de fantasía difícilmente superable por la imaginación. Si perdemos la Antártida perdemos la Tierra tal y como la conocemos.

QUE NO SE LA CUELEN:

  • La ecología, que no es necesariamente lo mismo que ecologismo, es una ciencia que estudia las relaciones entre los seres vivos y su entorno. Dicho con otras palabras: plantea que la naturaleza ha de ser estudiada como un sistema complejo donde los organismos pueden influir unos en otros, al igual que en la geología. En este sistema muchas relaciones funcionarían en ambas direcciones, afectando, por ejemplo, la biología a la climatología del mismo modo que la climatología a la biología. En un sistema tan enredado hay pocas cosas que se deban a una sola causa y desenmarañar estas relaciones es la meta de sus científicos. Las polinias son un gran ejemplo de estas complejísimas relaciones y, precisamente por eso, aunque sabemos que su aumento supondrá un duro golpe ecológico todavía no podemos intuir todas sus implicaciones.

REFERENCIAS (MLA):