Un científico español resuelve un enigma pictórico con casi dos siglos de antigüedad

El Dr. Javier Burgos ha encontrado el sexto retrato de las monomanías de Géricault, uno de los genios del romanticismo. Esto apunta a que han de existir otros cuatro todavía extraviados.

A la izquierda el Doctor Javier Burgos, protagonista del descubrimiento del sexto retrato de las monomanías de Géricault “Retrato de un hombre: Hombre melancólico” que se muestra a la derecha.
A la izquierda el Doctor Javier Burgos, protagonista del descubrimiento del sexto retrato de las monomanías de Géricault “Retrato de un hombre: Hombre melancólico” que se muestra a la derecha.Jean Louis Théodore Géricault Public Domain

Sus primeras palabras fueron prácticamente unas disculpas: «No soy un experto en arte y mucho menos en Géricault» y, sin embargo, de algún modo sí lo es. A fin de cuentas, acaba de encontrar una de las obras perdidas del maestro del romanticismo, y su descubrimiento ha sido publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo: The Lancet. Si bien, sí es cierto que el Dr. Javier Burgos no es doctor en artes, sino ciencias. Su formación es la de biólogo y tras un doctorado y muchos años de investigación y docencia en distintas universidades, terminó por especializarse en la neurobiología de la enfermedad de Alzheimer. Sus últimos años los ha dedicado al mundo de la gestión de recursos científicos y ahora detenta el cargo de Director General de Investigación y Alta Inspección Sanitaria de la Comunidad Valenciana.

A su imponente figura, tanto por su altura, como por su bagaje académico, se une ahora un extraño logro, el de rescatar del olvido un cuadro clave en la historia de la psiquiatría. Su autor, Théodore Géricault, saltó a la fama en 1819 por la famosa y desgarradora Balsa de la medusa, una macabra oda a la esperanza que no tardó en convertirse en un icono de la pintura romántica francesa. Sin embargo, los retratos que interesaba al Dr. Burgos eran mucho menos conocidos. «No me acuerdo muy bien […]», confiesa el científico, «[…] siempre busco historias sobre neurología y no sé cómo lo vi, pero me llamó la atención a la primera, un pintor que a principios del siglo XIX estaba intentando pintar la locura es un relato muy atractivo».

La Balsa de la Medusa (Museo del Louvre, 1818-1819) Pintado por Jean Louis Théodore Géricault.
La Balsa de la Medusa (Museo del Louvre, 1818-1819) Pintado por Jean Louis Théodore Géricault.Jean Louis Théodore GéricaultPublic Domain

Las monomanías de Géricault

Tres años después de su obra magna, Géricault se enfrentó a un encargo algo extraño. Un psiquiatra llamado Étienne-Jean Georget le hizo llamar con el propósito de que retratara a algunos de sus enfermos. En aquella época la psiquiatría estaba empezando a abandonar su lado más inhumano y, aunque quedaba mucho para que se volviera científica, había comenzado a tratar de otro modo a sus pacientes. Para ser precisos, Georget no solo buscaba un ejercicio artístico, sino que veía un valor didáctico en la obra misma, y así lo cuenta el Dr. Burgos en su último libro Geografía de la locura. Por aquel entonces estaba muy en boga una pseudociencia conocida como fisiognomía. Ésta sostenía que los rasgos faciales podían revelar información sobre la mente que había tras ella: el tamaño de la nariz, la curvatura de las cejas, las proporciones de la frente. Básicamente se asociaba la fealdad con la enfermedad y el vicio, aunque el nivel de complejidad y detalle excediera por mucho esta caricatura. Bajo esta premisa, Georget pretendía que Géricault plasmara el rostro de la locura para ayudar a que otros psiquiatras la diagnosticaran.

El maestro del romanticismo pictórico aceptó el encargo y dio a luz una serie de retratos que conocemos como Las monomanías. Obras de un tamaño modesto en las cuales el retratado nunca muestra las manos y recibe una tenue iluminación que resalta su faz sobre el fondo. El Dr. Burgos continúa su explicación: «Leyendo vi que solamente se conservaban 5 de las supuestas 10 monomanías de la serie que se había pintado hace casi 200 años, y claro, la pregunta del científico es: ¿Dónde están las otras y por qué no están juntas? Cualquier experto en arte sabía mucho más que yo sobre Géricault, pero tenía una ventaja, y es que me interesaban mucho los textos científicos. Aquellos primeros psiquiatras parisinos escribieron tratados médicos, y en ellos tenían que estar las pistas».

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Monomanía de la envidia – Celos neuróticos, mide 72 x 58 cm y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Lyon; Monomanía de robo – Cleptomanía, mide 61 x 50 cm y está en el Museo de Bellas Artes de Gante; Monomanía de juego – Ludopatía, mide 77 x 64 cm y puede verse en el Louvre de París; Monomanía de creerse militar – Fijación Obsesiva el cual mide 81 x 65 cm y forma parte de la colección privada de Oskar Reinhart; Monomanía del robo de niños – Pedofilia, mide 65 x 74 cm y está en el Museo de Bellas Artes de Springfield, en Masachusets.
De izquierda a derecha y de arriba abajo: Monomanía de la envidia – Celos neuróticos, mide 72 x 58 cm y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Lyon; Monomanía de robo – Cleptomanía, mide 61 x 50 cm y está en el Museo de Bellas Artes de Gante; Monomanía de juego – Ludopatía, mide 77 x 64 cm y puede verse en el Louvre de París; Monomanía de creerse militar – Fijación Obsesiva el cual mide 81 x 65 cm y forma parte de la colección privada de Oskar Reinhart; Monomanía del robo de niños – Pedofilia, mide 65 x 74 cm y está en el Museo de Bellas Artes de Springfield, en Masachusets. Pintados por Jean Louis Théodore Géricault entre 1822 y 1823.Jean Louis Théodore GéricaultPublic Domain

El sexto en discordia

A partir de este momento, no hubo vuelta atrás para el Dr. Burgos. «Es una historia tan sugerente que poco a poco vas pensando más en ella y de vez en cuando te viene a la cabeza y dices: “Ostras, y esto ¿dónde estará”. ¿Quién los habrá visto?, ¿sabrán que son monomanías o estarán perdidos en algún salón? Todo esto me va calando poco a poco y voy leyendo artículos científicos y alguna que otra tesis doctoral. Cada vez me iba picando más, hasta que un día decidí leer los tratados originales».

Cuenta la historia que, a su muerte, Georget dividió los 10 retratos en dos paquetes que legó a sus discípulos: Lachèze y Maréchal, pero antes de que el Dr. Burgos encontrara un sexto retrato la comunidad de expertos estaba divida. Una parte defendía que solo había cinco retratos y que la otra media decena no era más que un mito. Otros aceptaban la existencia de los diez, pero creían que los que faltaban no eran pacientes diferentes, sino los mismos ya curados de su mal.

Sin embargo, el científico empezó su búsqueda con una hipótesis clara en la cabeza: «El psiquiatra que lo encargó, Étienne-Jean Georget, escribió un libro que se llama De la folie (de la locura). Me pregunté si en ese libro había descrito 5 o 10, pero la realidad siempre es mucho más complicada y no es que hubiera 10 causas, había muchísimas». Así es como la contemplación se convirtió en aventura.

Hubo otros indicios que llevaron al Dr. Burgos a pensar que los cinco retratos que faltaban debían ser de nuevos pacientes. «El mismo Georget en ese libro dice que la locura es incurable», y añade Burgos: «Estos retratos los pinta en el invierno de 1822 a 1823 y Géricault murió en enero de 1824, por lo que había poco espacio de tiempo para curar a los pacientes». Todo parecía apuntar a que los cinco que faltaban, en caso de existir, eran de pacientes completamente nuevos.

El error de Bretaña

Sea como fuere, la realidad es que desde la muerte de Georget no se volvió a saber de los retratos hasta que, en 1863, su discípulo Lachèze decidió deshacerse de ellos. Por aquel entonces la fisiognomía ya ha caído en desgracia y, siendo médicamente inservibles, el psiquiatra optó por venderlos. Así pues, Lachèze hizo llamar a Louis Viardot, un marchante de arte que pudiera tasarlos. Con el propósito de peritar los cuadros, Viardot viajó al ático de Lachèze, en Baden-Baden y esto dio lugar a una de las pistas falsas más extendidas, como nos cuenta el científico: «Al verlos, Viardot queda absolutamente alucinado y escribe una letter a la Gaceta de las Bellas Artes de París, contándole al editor la historia de los cinco cuadros. Entre sus afirmaciones indica que no eran cinco, sino diez y que el resto se los llevó otro discípulo llamado Maréchal “que se va a Bretaña, su tierra”. Pero resulta que Maréchal no era de bretaña, por lo que ahí hay un camino perdido. Todo el mundo mira hacia Bretaña y en Bretaña no estaban los cuadros».

Deshacerse de esta pista falsa ha sido clave en la búsqueda de los retratos perdidos, pero no ha sido el único callejón sin salida de esta aventura. «Yo pensaba que esto no iba a llegar a ningún sitio […]» nos dice el Dr. Burgos, «[…] porque si los grandes expertos de Géricault no lo han encontrado, ¿cómo lo voy a encontrar yo?».

A pesar de ello, el científico no cejó en su empeño «Ha habido muchas pistas que no me han llevado a ningún sitio», dice. «Me suscribí a todo lo que ponía Géricault, desde cuentas de Pinterest hasta tiendas de subastas, pero siempre me daba imágenes que ya conocía. En la red no estaba, así que había que buscarlos por otras vías. […] Una de las cosas que hice fue contactar con una empresa de reconocimiento facial para que rejuvenecieran y envejecieran las ya conocidas y así buscar las que faltaban (en caso de que finalmente fueran de los mismos pacientes)». Y, por desgracia, nada parecía dar resultado.

Lo improbable

«Desde que empieza mi obsesión a finales de 2017 hasta que tengo la primera pista buena pasa un año y medio», nos cuenta. Se acuerda perfectamente de aquel momento, era una noche de verano y estaba viendo las obras de Borderline: Artistas desde la normalidad a la locura, una exposición que tuvo lugar en 2013 en el Museo de Arte de Ravenna, en Italia. «Estaba a punto de irme a dormir cuando de repente veo el vídeo promocional y hay un fotograma en el que paro porque reconozco un cuadro de Géricault: El médico jefe del asilo de Buffón. Ese médico era Pinel, uno de los dos maestros de Georget. Sé cuánto mide aquel cuadro porque lo conozco y a su lado veo otro que me cuadra con lo que busco, tanto por su tamaño como por su composición». En él se retrataba a un hombre cabizbajo, con la cara iluminada entre tinieblas y cuyas manos no eran visibles, al más puro estilo de la serie de las monomanías.

«Desde que veo esto en el verano de 2019 hasta que consigo localizarlo en enero de 2020 yo estoy persiguiendo a todo el mundo: al comisario de la exposición, a la fundación que ha puesto el dinero para hacer la exposición, al museo de Ravenna... Algunos me contestaron una vez y no me respondieron más, pero un momento dado me escribe un trabajador del museo. Después de mucho llorarle me mandó el listado de los cuadros que había. En la segunda página aparecían dos obras de Géricault. Uno era “El médico jefe del asilo de Buffón” y el otro se titulaba “Retrato de un hombre: El hombre melancólico». No solo encajaba el tamaño y la composición, sino que el tema parecía confirmado por aquel título ¿podía tratarse de una de las monomanías?

Retrato de un hombre: Hombre melancólico (1822-1823 Colección privada) Pintado por Jean Louis Théodore Géricault
Retrato de un hombre: Hombre melancólico (1822-1823 Colección privada) Pintado por Jean Louis Théodore GéricaultJean Louis Théodore GéricaultPublic Domain

«Volví rápidamente a los tratados a comprobar si la melancolía es una monomanía y en los trabajos Georget parece dejarlo claro», nos relata emocionado el Dr. Burgos. A diferencia de algunos de sus maestros, Georget consideraba lo que clásicamente se había denominado melancolía como un tipo de monomanía a la que por aquel entonces llamaban “lipemanía”.

Todo parecía encajar a la perfección y cada nuevo detalle confirmaba las sospechas del científico. «Por su ropa parecía un religioso», apunta Burgos reviviendo su propia aventura. «Me puse a estudiar acerca de la vestimenta eclesiástica del siglo XIX y vi que se trataba de una casulla». Sus sospechas se confirmaron cuando, Laura Mínguez, una Catedrática de Arte amiga suya, le hizo ver que a la casulla se sumaba la característica calva de las profesiones eclesiásticas de la época, la llamada tonsura. «Así que me vuelvo a los textos y veo que Esquirol, el otro maestro de Georget, indica que una de las causas de la monomanía es el fanatismo religioso, lo llama “teomanía” o “demonomanía” y comenta que cursa con melancolía entusiástica». Como dice el propio Burgos: «El artículo de The Lancet está escrito sugiriendo (como hacemos los científicos) que sea una de las monomanías perdidas, pero todo cuadra, blanco y en botella». Contra todo pronóstico, lo improbable se había vuelto realidad y necesitaba comprobarlo con sus propios ojos.

Un sábado en Italia

¿Lo había encontrado al fin? Para saberlo tenía que verlo en persona, así que el Dr. Burgos decidió contactar con los propietarios de aquel cuadro, contarles su historia y hacerles la extraña petición. «Hay que estar un poco loco, siempre. […] La oportunidad de que una persona ofrezca entrar en su casa a un tipo completamente desconocido como yo, que podía haber sido un asesino en serie… eso es de una generosidad absoluta».

Una generosidad que, en efecto, tuvo lugar. «Quedé con el propietario un sábado por la mañana, en un hotel de Italia», rememora Burgos. «Eran las 11 de la mañana, yo estaba sentado pensando: ¿y si no viene? Al menos me habría dado un fin de semana en Italia, que nunca está de más, aunque por suerte las cosas salieron bien». El propietario se presentó, se saludaron y tras una breve charla le llevó ante el cuadro. Había logrado lo impensable.

«Lo primero que miré en el cuadro cuando lo vi en Italia fue si estaba firmado, porque los románticos no firman los cuadros. Las monomanías conocidas no están firmadas y si aquel cuadro lo hubiera estado no habría sido una monomanía, es más no habría sido un Géricault». Efectivamente, el cuadro no estaba firmado y en aquel momento Burgos tomó conciencia de que, al fin, había dado con el retrato que llevaba años obsesionándole. «Sentí una emoción desbordante, estaba contemplando una obra de arte que casi nadie había visto nunca. La sensación se parece a cuando haces un descubrimiento científico. A lo largo de nuestra carrera sientes la emoción del descubrimiento dos o tres veces si tienes suerte. Estás mirando por un microscopio y de repente ves algo que nunca ha visto nadie. Entonces te das cuenta de que estás en una de las fronteras del conocimiento. Aquí sentí lo mismo».

Hoy, la historia de la medicina es un poco más rica y transdisciplinar que ayer. No solo tenemos un nuevo cuadro de las monomanías, testigo de la psiquiatría precientífica de principio del siglo XIX, sino que sabemos con bastante certeza que quedan cuatro cuadros más por ser descubiertos. «No sé si estamos más cerca de encontrar el resto», concluye Burgos. «Lo estamos en cuanto a que tengo pistas sobre el paradero de los cuatro cuadros restantes pero, sobre todo, porque con el impacto que tiene The Lancet igual hace que moviendo el árbol caigan las bellotas. Yo seguiré buscando y aunque lo más probable es que no encuentre nada más, la aventura ya ha valido la pena».

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Suele decirse que, si bien las contribuiciones de Sigmund Freud al estudio de la mente jamás han sido demostradas científicamente (haciendo del psicoanálisis pseudociencia) este fue pionero en humanizar la psiquiatría. Como vemos, unas cuantas décadas antes de que naciera Freud (1856) ya había médicos como Georget que apostaban por tratar a los pacientes como personas y romper la inercia deshumanizante que se había apoderado de la práctica médica.

REFERENCIAS (MLA):