Sociedad

El peligro de enamorarse de una herramienta y la endogamia de las ciencias

La hiperespecialidad es maravillosa, pero también acarrea peligros de los que a veces no somos del todo conscientes, necesitamos explorar las fronteras entre disciplinas.

Logo en una sudadera del Tech Museum tomada por Ray_Explores
Logo en una sudadera del Tech Museum tomada por Ray_Explores FOTO: Ray Explores Creative Commons

La ciencia de nuestro tiempo está cada vez más hiperespecializada, y eso está bien. Gracias a ello hemos podido revolucionar el conocimiento, la tecnología y el mundo en general. No obstante, esta hiperespecialización suele hacerse a costa de ignorar todo lo que caiga fuera de las estrechas fronteras de nuestra microdisciplina. Nuestro país tiene el dudoso orgullo de ser especialmente representativo de esta tendencia, premiamos la hiperespecialización sobre la transdisciplinariedad y en la formación académica hay poca interacción entre los diferentes saberes.

Era 1994 y la doctora Mary M. Tai acababa de publicar un descubrimiento que revolucionaría la historia para siempre. Aquella contribución daría a luz unas cuantas ramas de las matemáticas y permitiría el desarrollo de la física y las ingenierías tal y como las conocemos. Sobre esa idea se construirían la mayoría de las simulaciones por ordenador y la geometría, la epidemiología o la economía no podrían vivir sin ella. Tai solo cometió un ligero fallo, había descubierto el cálculo cuando ya llevaba cientos de años inventado.

Reinventando la rueda en el siglo XX

Dicho de forma insultantemente simplista: el cálculo nos permite medir el área que existe bajo una línea curva, cosa harto difícil para los sabios de la antigüedad. Para esas formas ácratas no existían reglas como puede un rectángulo o un pentágono. Precisamente por eso trataron de aproximarse calculando el área de figuras más sencillas. Así lo hizo Arquímedes en el siglo III a.C. para calcular el área de un círculo comparándola con el área de los polígonos que podía dibujar ocupando el máximo espacio de su interior. Otros habían probado lo mismo antes que él y muchos más siguieron sus pasos. Nacieron así los infinitesimales, rectángulos infinitamente estrechos que pueden dibujarse como barras cortadas por curva, ocupando tanto espacio como sea posible. Sus áreas eran fácilmente calculables (base por altura) y sumándolas podíamos aproximar el área bajo la voluptuosa curva.

No obstante, aquel método no había sido formulado con detalle, hacía falta darle cuerpo, justificar sus pasos y, básicamente, convertirlo en la poderosa rama de las matemáticas que es ahora. Tal hazaña vino de la mano de Isaac Newton y Goettfried Leibniz, quienes se disputaron la paternidad del cálculo. Publicaron sus trabajos con apenas una década de diferencia y sabemos que Leibniz ya había tenido conocimiento del trabajo de Newton, lo cual hace sospechar que pudiera existir cierto plagio. No obstante, cuando los físicos de nuestro siglo estudian cálculo lo hacen bajo los términos de Leibniz, con su notación, que era mucho más clara que la de Newton. Cientos de años después llegó Mary M. Tai dispuesta a reinventar la rueda.

El pecado compartido

Es complicado conocer lo más mínimo sobre física y no haber oído hablar sobre el cálculo y su larga historia. Tal vez por eso sea tan sorprendente que, cuando Tai tuvo que calcular el área bajo algunas curvas que representaban procesos metabólicos (como la tolerancia a la glucosa), llegara al mismo truco que la humanidad conoce desde antes de Newton y Leibniz. Tal vez, con un mínimo de formación complementaria en matemáticas o física, Tai podría haberse nutrido del conocimiento de otras disciplinas que llevan siglos abordando problemas así. Y quien dice Tai dice cualquier sanitario que, a todas luces, acabará encontrándose con alguna dificultad aparentemente irresoluble pero que otras disciplinas ya solucionado resuelto mucho tiempo atrás.

No obstante, lo realmente preocupante no es el anumerismo de Tai, sino el hecho de que ninguno de sus compañeros fuera consciente de la coincidencia. De hecho, ellos fueron quienes la animaron a publicar su método en una revista científica. Y claro, ahora es cuando la indignación crece, porque si bien sus compañeros no tenían la obligación de resaltar los fallos de Tai, el editor de la revista y los revisores asignados para determinar si aquello era publicable sí tenían la función de exponer cualquier posible error. Pues bien, ellos tampoco detectaron el esperpento y lo publicaron como algo sumamente innovador. Si a esto sumamos los profusos errores de cálculo del propio artículo y que la doctora llamara a aquello “fórmula de Tai” (bautismo que en matemática corre a cargo de la comunidad, no del inventor) tenemos la combinación perfecta para que se nos caiga el alma a los pies.

¿Y ahora qué?

La solución no es sencilla. Podemos añorar tiempos pretéritos en los que había insignes polímatas como Galileo, Leonardo o Aristóteles, pero ¿se trata de una comparación justa? En absoluto. En aquella época todavía no se había constituido una división tan clara entre las disciplinas y, lo que es más, el conocimiento que acumulaban era mucho más somero y abarcable por una sola persona. Por otro lado, los siglos de historia que nos separan de aquellos tiempos han triturado a más mediocres que genios, por lo que nos llega una visión “elitista” y poco representativa de la comunidad científica del pasado: lo mejor de cada casa. ¿Hemos acaso de recuperar un tipo de interdisciplinariedad que tal vez nunca existió?

No podemos trasplantar una fantasía histórica de nuestro imaginario colectivo a la realidad, pero sí podemos empezar a construir el futuro inmediato. Según la universidad y la carrera que cursemos, las formaciones científicas son más o menos laxas, pero incluso dentro de ese margen, casi todas las facultades de nuestro país establecen planes de estudio bastante rígidos y centrados en esa hiperespecialización. Desde que el plan Bolonia fue instaurado es incluso más complejo salirse del camino y zambullirse en disciplinas complementarias. Frente a este modelo, otros países plantean formaciones universitarias que en sus primeros cursos permiten una mezcolanza casi absoluta de disciplinas cuya elección queda a criterio del estudiante.

Esto permite que aclaren sus ideas acerca de qué saberes les atrae más, pero también les ofrece la posibilidad de “enamorarse” de otros saberes y comprender que lo que les gusta no es tanto la disciplina, como el saber en sí. Es una forma de desencarnar el conocimiento, de valorarlo como un todo donde cada disciplina puede tener algo que decir. Durante sus últimos años, el alumno tendrá que ponerse al día con cualquier laguna de su formación y saldrá bastante especializado, pero con ese extra de sincretismo que tanto nos falta. No es la solución perfecta, pero tiene consecuencias deseables que, como poco, deberían hacernos reflexionar.

Funambulistas de la frontera

Para funcionar la ciencia asume la existencia de una realidad trascendente a ella misma. Una verdad a la que trata de aproximarse con más o menos éxito. Para acercarnos a ella hemos comprendido que existen distintos dominios con sus respectivas complejidades y que, por lo tanto, no todo puede estudiarse aplicando la misma metodología: la psicología es matematizable en buena parte, pero no tanto como la física. Hemos necesitado diseñar diferentes métodos para obtener resultados, métodos igual de válidos, pero la diferencia entre ellas es más epistemológica que ontológica.

Las fronteras entre disciplinas son, por lo tanto, algo que depende más de nuestros métodos y limitaciones que de que exista realmente una división clara más allá de nuestro intento de comprenderlas. Precisamente por esa necesidad de delimitar las metodologías de cada disciplina para sacar el máximo partido de ellas, carece de sentido plantear que todas las disciplinas sean reductibles a la física. Todas están más o menos condicionadas por objeto de estudio de la física, si queremos verlo así, pero pretender que los métodos empleados por las ciencias físicas sean aplicables a todos los demás saberes ya es otro cantar.

Algunos expertos han decidido, por lo tanto, atreverse a explorar esas fronteras. Como si fueran funambulistas sobre la cuerda floja las recorren trazando los más peregrinos puentes. Algunas relaciones fracasan, pero otras fructifican llegando incluso a reclaramar el estatus de disciplina, como han hecho las ciencias de sistemas complejos o las neurociencias.

Multi, inter y trans

Hay que entender que es diferente una ciencia interdisciplinar que multidisciplinar, donde un objeto de estudio puede ser abordado por distintas disciplinas que no interaccionan necesariamente entre sí (el ser humano puede ser estudiado desde la historiografía, la antropología, la sociología, etc.) Un abordaje interdisciplinar implica un trabajo en común, dividir un problema concreto en partes abordables por disciplinas diferentes que posteriormente podrán ponerse en común para dar una respuesta completa. Y a su vez, esto no es lo mismo que transdisciplinar, lo cual hace referencia a una visión de conjunto que se nutre no solo datos de otras ciencias, sino de sus herramientas y formas de ver el mundo.

De este tipo de maridajes nacen algunos de los trabajos más creativos de la ciencia y, para nuestra desgracia, no hay más que buscar con qué frecuencia se abordan estos problemas transdisciplinares en nuestro país y con qué frecuencia se estudian en otros. Mientras que en el resto de Europa triunfa la neurociencia computacional que aúna matemáticas, física, biología, psicología y otras tantas ramas, en nuestro país sigue siendo una disciplina marginal. ¿Y cómo va a ser otra cosa? Si los físicos apenas toman contacto con las ciencias húmedas y a los psicólogos se les priva de toda matemática que no sea la estadística. ¿Cuándo esperamos que aprendan a programar los biólogos? Con formaciones tan estrechas elegir líneas de investigación transdisciplinares es como saltar al vacío y sumar a la presión investigadora la de tener que dedicar un tiempo extra (nada desdeñable) a formarte en áreas completamente dispares.

Tenemos muy claro, por ejemplo, que un médico ha de investigar temas relacionados con la medicina y que un físico no tiene demasiada cabida investigando cómo afectan las hormonas a nuestro cerebro, pero esa restricción es cultural y en cierto modo hasta provinciana. Cuando revisamos el currículum de algunas de las mayores mentes de nuestra época vemos un verdadero baile de disciplinas. Físicos que revolucionan la biología y lingüistas que se mudan a las ciencias de la computación.

La frontera final

Y por qué quedarnos aquí, en esa endogamia por la que las disciplinas tienden a mezclarse menos de lo que tal vez deberían. Existe una división popular mucho más seria y preocupante y es ese cisma entre ciencias y letras. Nos crían y etiquetan con él, excusamos nuestra ignorancia ubicándonos a un lado u otro de la línea. Sin embargo, se trata de otra división ficticia. La historiografía es catalogada por muchos filósofos de la ciencia como una ciencia y los filósofos analíticos emplean lógica formal, la cual es una ciencia formal, como las matemáticas. Por otro lado, un matemático un psicólogo, encuadrándose ambos en el lado de las ciencias, comparten entre sí muchísimo menos que un psicólogo con un filósofo realmente riguroso. Podemos asegurar que la física es una ciencia y que el derecho es “de letras”, pero en algún punto entre unas y otras se encuentra una frontera de lo más difusa.

La bioética se nutre de la filosofía a través de la ética práctica y de las ciencias de vida como la medicina, la biología e incluso la biotecnología. Levantar muros y limitar nuestros intereses como si fuéramos caballos con anteojeras, acaba engendrando científicos anti-filosofía que, paradójicamente, pontifican haciendo filosofía espontánea de la más baja calañá. Estas clasificaciones irreales nutren a filósofos que se encomiendan al relativismo gnoseológico y acaban equiparando el conocimiento científico a rituales folclóricos mesoamericanos.

Por suerte, una vez tengamos claro esto (y aunque se eche de menos una formación académica realmente transdisciplinar) podemos buscar libros, artículos, charlas y todo tipo de contenido riguroso que trate de tender esos puentes. Sociedades como la SEMF (Sociedad para el Estudio Multidisciplinar y Fundamental) ofrecen una gran cantidad de actividades en esta línea donde dan voz a expertos afines a esta forma de ver el conocimiento. Sin ir más lejos, esta sociedad está ultimando los detalles de un congreso online que tendrá lugar entre el 24 y el 28 de mayo, destinado a todos los públicos y al que acudirán como ponentes verdaderos estandartes de la investigación inter y transdisciplinar (Stephen Wolfram, Jessica Flack y David Kraukauer entre otros).

Porque al final el problema sí que parece estar claro y es que hay quien se enamora de una metodología, de una herramienta, de del terreno que hay tras una de estas fronteras imaginarias y esa es la gente que acaba olvidándose de que tras la herramienta hay un objeto de estudio más común de lo que pensamos. Hemos de seguir especializándonos, pero también deberíamos de empezar a tender puentes en lugar de cortarlos.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • En ciencia no existe un único método, como nos suelen contar. Ese es uno de los problemas por los que cuesta crear una definición suficientemente precisa y completa de ciencia, que no se deje fuera disciplinas como las matemáticas, pero que tampoco incluya, por ejemplo, saberes como la ética. Si bien la frontera es difusa, no hemos de confundir esto con que no existan saberes que claramente pertenecen a uno u otro lado de la división. Del mismo modo, que algo sea valioso sin ser ciencia no significa que carezca de metodología. De hecho, deberá de seguir ciertas reglas y ser coherente consigo mismo y con otros saberes para distinguir el conocimiento riguroso de la pura opinión.

REFERENCIAS (MLA):

  • Klein, Julie Thompson. Crossing Boundaries. University Press Of Virginia, 1996.
  • Klein, Julie Thompson. Humanities, Culture, And Interdisciplinarity. State University Of New York Press, 2005.
  • Moran, Joe. Interdisciplinarity. Routledge, 2010.
  • “SEMF”. Semf.Org.Es, 2021, https://semf.org.es/.