Sociedad

¿De dónde viene la humanidad?: El niño-mono que nos llevó a nuestros orígenes

Hubo un momento en que no sabíamos de dónde veníamos como humanidad y tanto Asia como África parecían orígenes igual de probables

Reconstrucción forense del niño de Taung hecha por Cicero Moraes en 2012
Reconstrucción forense del niño de Taung hecha por Cicero Moraes en 2012Cicero MoraesCreative Commons

Hay tres preguntas que repetimos hasta la náusea cuando queremos decir algo profundo: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos? Para ser justos, buena parte de su aparente trascendencia viene de su ambigüedad. Podemos responder de muchas formas a quiénes somos en función de si buscamos una respuesta biológica, psicológica, antropológica, etc. En el caso de “¿A dónde vamos?” el problema es mayor, porque puede entenderse como que presupone una especie de destino, una perspectiva teleológica que las ciencias hace ya mucho que abandonaron. Sin embargo, el problema con la pregunta de “¿De dónde venimos?” es algo más comedido. No hay tanta ambigüedad como en la primera ni cae en problemas teleológicos, el verdadero impedimento para darle una respuesta contundente es que no especifica cuánto espera que nos remontemos. ¿De dónde viene nuestra civilización occidental, nuestra especie, el género humano, los mamíferos, los vertebrados o la vida en sí misma?

Una buena opción es delimitar nosotros ese problema temporal y preguntarnos por nuestro origen como humanos. A fin de cuentas, es innegable que hay algo en nosotros que nos destaca de entre otros animales y podemos intentar rastrear el origen de ese algo, el origen del género Homo. Y, para continuar con las buenas noticias, parece que tenemos la respuesta bastante clara: los primeros humanos surgieron en África. En nuestro siglo XXI este dato puede parecer de Perogrullo, pero hubo una época no tan remota en la que estábamos completamente perdidos y tanto África como Asia parecían buenos aspirantes a la cuna de la humanidad. Esta es la historia de cómo encontramos al niño-mono que nos dijo al fin de dónde venimos.

Una cantera sudafricana

Las historias acerca de nuevos descubrimientos paleontológicos suelen empezar con una cantera y esta no iba a ser menos. Era 1924 y algo extraño acababa de suceder en Buxton Limeworks, cerca de la ciudad sudafricana de Taung. Un cantero acababa de dar con unos huesos poco comunes. Se trataba de una calavera simiesca que se había desprendido de entre las formaciones calizas de la mina. Ahora sabemos que toda aquella roca caliza se había depositado interrumpidamente, dejando durante algunos periodos grutas donde los animales y humanos primitivos se refugiaban y, que, con el tiempo, también se terminaron cerrando.

El cantero le mostró aquel hallazgo al director de la Northern Lime Company que estaba explotando la cantera, y como jefe suyo que era decidió reclamarlo en propiedad. A su vez, el director se lo dio a su hijo, que optó utilizarlo como menaje del hogar, decorando el altillo de la chimenea. Pasaron algunos años hasta que una joven estudiante de paleontología entró en aquella casa, pero tan pronto como lo hizo, sus ojos se posaron sobre aquella pieza. Había algo raro en los restos, algo humano, aunque no en demasía. Por suerte, la inexperiencia de Josephine Salmons quedó compensada por los años de estudios de su mentor, Raymond Dart. Salmons. Recurrió a él para que valorara el cráneo y al experto no le cupo la menor duda: estaban ante una especie de eslabón perdido entre los humanos y el resto de los simios.

¿El antepasado de la humanidad?

Tras muchos análisis, ahora sabemos que Dart estaba en lo cierto. El cráneo aquel, pertenecía a quien ahora conocemos como “el niño de Taung”, un Australopitecus africanus. Su gran estado de conservación nos ha permitido deducir por la madurez de sus dientes que, posiblemente tuviera unos 3 años (asumiendo un desarrollo parecido al de los chimpancés). Sabemos por los mellados de sus huesos que probablemente fuera muerto a garras de un gran rapaz africana y, por supuesto, sabemos que no era ni humano ni chimpancé, como en su momento se propuso.

Lo que puso sobre la pista a Salmons y Dart fue, sobre todo, el agujero que se abre bajo su cráneo, aquel destinado a ser atravesado por la médula espinal, comunicando el cerebro con el resto del cuerpo. A diferencia de lo que ocurre con cualquier otro simio actual, este agujero llamado foramen magnum se abría verticalmente, sugiriendo que su cuello se proyectaba recto hacia abajo, de la cabeza a los hombros. Esto es señal de que el ejemplar podía caminar erguido, como nosotros. La bipedestación es típica de nuestro género y dado que esta ubicación del foramen magnum no está presente en otros grandes simios, podemos asumir que el niño de Taung era mucho más que un “mono antiguo”, como muchos críticos llegaron a decir.

Ahora estimamos que el niño de Taung vivió hace 2,3 millones de años y, durante algún tiempo fue suficiente como para que lo consideráramos el mejor indicio acerca del origen del género Homo que le sucedería. Sin embargo, unas décadas después, el valle del Rift se descubrió como un vergel de fósiles de nuestros antepasados remotos. Así es como, oficialmente, no solo sabemos que África es el origen de la humanidad, sino que el Noreste del continente podría haber cobijado a nuestros primeros antepasados.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • A pesar de que se han encontrado una incontable cantidad de fósiles en el valle del Rift, últimamente se han encontrado algunos restos en Sudáfrica que vuelven a reavivar la discusión acerca de cuál de estos dos emplazamientos fue, realmente, la cuna de la humanidad. No obstante, hay que entender que el valle del Rift juega con ventaja, en primer lugar, frente a Sudáfrica porque en el valle hay estratos con cenizas volcánicas fáciles de datar que permiten calcular con precisión la antigüedad de sus restos. En segundo lugar, frente al resto del continente que, tras casi un siglo de pesquisas, sigue sin haber sido explorado.

REFERENCIAS (MLA):