Sociedad

Los retretes prehistóricos que reescribirán nuestra historia genética

El análisis de ADN de los yacimientos nos ayuda a detectar información genética de sus antiguos pobladores

Toma de muestras a partir de un bloque de sedimentos antiguo
Toma de muestras a partir de un bloque de sedimentos antiguo FOTO: MPI f. Evolutionary Anthropology Creative Commons

El pasado es una incógnita, incluso el más reciente, que solo conocemos por los testimonios de otros. Si nos esforzamos y diseñamos aparatos suficientemente sofisticados, podemos explorar incluso los hechos más rocambolescos y menos intuitivos de la realidad presente, pero cuando queremos echar la vista atrás siempre dependemos de los testimonios de otros. Ya sean grabaciones, manuscritos o incluso la tradición oral. En el pasado, aquellos relatos eran reforzados con interpretaciones más o menos forzadas de objetos o restos antiguos. Poco a poco fuimos aprendiendo que podían hacer algo más que reforzar, que en ellos y en su estudio riguroso había pistas para orientar nuestro conocimiento del pasado y separar las historias veraces de las incoherentes. Con el tiempo, la ciencia vio la oportunidad para aportar su granito de arena y colaborar con la historia, tal vez no en los casos más recientes, pero sí en el pasado remoto, donde no hay ni textos ni tradición oral ni prácticamente nada más que enterramientos y restos.

Existen métodos basados, por ejemplo, en la presencia de isótopos como el famoso carbono 14, cuya proporción respecto a otras “versiones” del mismo elemento (del carbono en este caso), va cambiando con el tiempo. El caso del carbono, dado que los organismos vivos tienen una proporción de carbono 14 mayor de la que solemos encontrar en el medio, podemos usarlo para calcular el tiempo que lleva ese organismo sin incorporar carbono de su entorno, o dicho de un modo más evidente: muerto. Ahora, en la era de la genética donde los métodos para aislar y analizar el ADN son más rápidos, cómodos y baratos que nunca, se abren las puertas a un nuevo método para desenterrar el pasado. Una estrategia que ya hemos empleado bastante analizando los posibles restos de ADN encontrados en los huesos de nuestros antepasados. Y es que ahora, un nuevo estudio insiste en que la tierra, los fluidos, las heces y los microrrestos que en ella se encuentran también podrían ser una fuente de ADN de incomparable valor arqueológico.

ADN del pasado

Durante los últimos años ha cobrado gran fuerza la metagenómica, una rama de la genética que se encarga de analizar el ADN que se encuentra libre en el ambiente, en tierra, agua, muestras de aire. Es más, durante 2021 un equipo español recibió un premio IgNobel precisamente por sus estudios de metagenómica en distintas ciudades del mundo a partir de muestras de chicle. Y, del mismo modo que nos ayudan a estudiar el presente, nos ayudan a conocer el pasado. El ADN es una molécula relativamente estable y, pasados los años, podemos recuperar buena parte de la información que contiene, aunque se ve dañada a lo largo de los siglos por su exposición a medios ácidos, temperaturas extremas, etc.

Si hace miles de años hubo humanos habitando un asentamiento, podemos esperar que hubieran dejado todo tipo de restos, piel, pelo, fluidos, desperdicios, incluso sus cadáveres. Al pasar el tiempo, lo que sobrevive, queda mezclado con la tierra y, si las condiciones son favorables, buena parte del ADN de estas muestras puede llegar a sobrevivir hasta nuestros días. De este modo podemos incluso conocer la estructura familiar de aquellas poblaciones, cómo se relacionaban con otros asentamientos, etc. Todo esto ya lo sabíamos, lo nuevo no es tanto esto como la cantidad de información que esta tierra nos puede revelar.

Tierra en conserva

Un grupo de investigadores del Max Planck han estado investigando todo esto, pero desde una perspectiva diferente. Aprovecharon unos bloques de tierra que habían sido extraídos de los yacimientos y envueltos en resina para conservarlos. En este caso, los investigadores trabajaron sobre todo de tierra muy recientes, de apenas unas décadas de antigüedad. Observaron que esta estrategia permitía obtener nueva información a partir de restos archivados, algo especialmente interesante en un momento pandémico como este, donde las salidas de campo están complicadas. Las imágenes microscópicas dieron algunas pistas, pero los análisis genéticos tuvieron especial importancia e hicieron que el grupo centrara su interés en ella.

Precisamente por ello, también han analizado tierra de la cueva de Denisova donde han sido encontrado restos de varias especies de homínidos prehistóricos (neandertales, denisovanos y humanos modernos). A partir de unos pocos miligramos de sedimento, pudieron recuperar bastante información genética concretamente atribuida a neandertales. A partir del análisis genético de esta muestra se pudo concluir que la cueva había sido habitada por un grupo con relaciones de parentesco entre ellos, concretamente familiares de un resto óseo encontrado anteriormente en aquella misma ubicación.

La potencialidad de estos estudios científicos es enorme y en palabras de Diyendo Massilani, el autor principal del estudio “Es divertido pensar que esto es presumiblemente así porque utilizaban la cueva como retrete hace decenas de miles de años”. Porque en el fondo, estamos ante uno de esos bathos, ese momento que une lo sublime con lo banal, nuestra sofisticada capacidad de interrogar a la Tierra acerca de nuestro pasado como seres humanos frente a que la pista pueda estar en una fosa de excrementos enterrada hace decenas de miles de años.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque todo esto tiene que ver con los estudios de metagenómica, los propios investigadores insisten en que la clave para encontrar tal cantidad de información es la presencia de restos diminutos, no solo de ADN libre que se filtra al terreno más allá de los tejidos o sustancias corporales que lo contenían.

REFERENCIA (MLA):