Ecología

¿Son realmente peores las bolsas de tela que las de plástico?

Más que del material, todo parece depender de cuánto lo reutilicemos, pero eso no debe desviarnos del tema principal: ¿Cómo podemos reducir el plástico?

Bolsa de tela ampliada
Bolsa de tela ampliadaPexels, PixabayCreative Commons

Nos gusta dar color a la historia. Los hechos crudos son indigestos, llenos de detalles y relaciones complicadísimas. Sin embargo, si de la vida hacemos leyenda y decidimos teñirla según nuestros intereses, los “hechos” se popularizarán tanto como cualquier buena película. Simplificándolo mucho, así es como hemos dado vida a la leyenda negra y a la leyenda rosa del plástico. ¿Y si el plástico no fuera tan malo como nos han contado durante las últimas décadas? ¿Y si no fuera tan bueno como nos están diciendo estos años? ¿Y si la realidad es una escala de grises y excepciones imposibles de reducir a lo que está totalmente bien y lo que está totalmente mal? Esto último no debería de sorprendernos, pero lo hará a la vista del bamboleo pendular que sigue la opinión pública (pasando del apoyo incondicional al linchamiento más brutal).

Este artículo podría ser una oda al plástico, erigiéndolo como uno de los mayores avances tecnológicos de nuestra sociedad. También podría convertirlo en una crítica basándome en su impacto medioambiental. Todo ello sería cierto (o al menos parcialmente), y aunque podemos pensar que el punto medio está en contar por igual ambas partes, eso nos llevaría lo que conocemos como “falsa equidistancia”. Para dar una visión justa del problema no solo necesitamos exponer las dos caras de la moneda, sino que debemos hablar de la moneda en sí misma, de quién la fundió, de por qué solemos ver solo una de sus dos caras. Hace falta tomar los hechos y rastrear sus causas, porque tras las acciones humanas suele haber una voluntad y a ella debemos dirigir las culpas.

El lado bueno de las cosas

Empecemos presentando las verdades que hay en ambas caras de la moneda. Durante los últimos años la leyenda rosa se ha hecho más y más popular. Los plásticos ya no son el demonio del progreso humano. Hemos conseguido que parte de la sociedad comprenda sus muchos beneficios. Cuando los diseñamos el plástico estábamos buscando un material milagroso: resistente pero ligero, barato pero estable, artificial pero seguro. El plástico concilió muchas de esas parejas de adjetivos que solemos creer incompatibles. Lo que empezó como un intento de diseñar bolas de billar sintéticas para no depender del marfil de los elefantes pronto se convirtió en una verdadera fiebre.

Su ligereza permite transportar muchas más unidades de un producto en un mismo viaje, reduciendo las emisiones durante ese proceso. Por otro lado, el impacto ecológico de la producción de un objeto de plástico es menor que si lo hiciéramos en vidrio, madera u otros materiales más tradicionales. El plástico ha permitido diseñar materiales médicos que de otro modo hubieran sido imposibles y, por ejemplo, las palas de los aerogeneradores alcanzan su descomunal tamaño gracias a la ligereza del plástico.

Pero hablemos de la bolsa de plástico, ese caso en el que se ha encarnado la polémica. Resulta que no podemos reciclar papel ni cartón que esté manchado con comida. Y, como ya hemos dicho, producir una bolsa de tela no es ecológicamente gratis. Si hacemos un análisis del ciclo de vida (desde la obtención de las materias primas hasta el final de su vida útil), descubriremos algo sorprendente. Las famosas bolsas reutilizables de algodón deben usarse unas 131 veces para que su impacto equivalga al de una bolsa de plástico de un solo uso. Y claro, si en lugar de una vez la utilizo 2 el número se duplica. Algo especialmente preocupante si pensamos que muchas empresas han empezado a regalar compulsivamente bolsas de algodón para mostrarse comprometidos con el medio ambiente.

La cruda verdad

Todo lo anterior es cierto, pero como decíamos, no es la verdad al completo. No podemos negar que el plástico sea una maravilla de la tecnología. Sin embargo, la manera en que usamos estos recursos es tan importante como las características del propio recurso. Recordemos la paradoja de Jevons. Ésta plantea que, a medida que perfeccionamos conseguimos aumentar la eficiencia de nuestra tecnología para utilizar menos materias primas, aumentamos nuestro consumo de ese mismo recurso. Es algo que podemos ver incluso en la alimentación: personas que se pasan a un refresco light y acaban consumiendo tres veces más botellas cuando estas solo tienen la mitad de azúcar, por ejemplo.

En este caso no hablamos de recurso, pero sí de cómo el diseño de un material extremadamente barato ha hecho posible escalar su producción hasta normalizar que tenga un único uso. En la leyenda negra del plástico, esto nos ha llevado a una producción tan descontrolada que, hoy en día, ya acumulamos más de 360 millones de toneladas de plásticos. Cada minuto vertimos al mar el equivalente a un camión de residuos plásticos. Y, aunque es cierto que su resistencia hace que apenas contaminen (en un sentido clásico), su impacto va mucho más allá de la vista. El oleaje, el sol y otra serie de agentes degradan el plástico desprendiendo diminutas partículas que hemos llegado a encontrar en los lugares más remotos del planeta: desde la cima del Everest hasta la fosa de las Marianas pasando por nuestros propios órganos. Su impacto sobre la fauna es real y preocupante.

Y, volviendo a las bolsas, tenemos que ser justos y reconocer que existen más materiales que el plástico (en toda su variedad) y el algodón. Si hablamos de las bolsas de rafia, estas pueden vencer a la de plástico si logramos reutilizarlas tan solo 11 veces y, si nos referimos a las de papel, con tres usos ya amortizamos su impacto ecológico hasta hacerlas equivalentes a una de plástico. De hecho, el mismo estudio de comparación de bolsas que estamos citando ha recibido bastantes críticas por asumir que las bolsas de tela se descartan al final de su vida útil o que las de plástico serán recicladas, cuando en su mayoría se tratan por incineración.

La culpa

He querido tener la deferencia de ordenar los argumentos en dos grandes bloques: uno a favor y otro en contra. El motivo es que, conociendo la humana costumbre de disparar culpas a la velocidad del lejano oeste, me preocupaba que el constante ir y venir mareara a algún que otro lector. Quienes defienden el plástico insisten en que la culpa no es del material, sino nuestra, como consumidores que no sabemos reciclar adecuadamente. Es cierto que (para nuestra vergüenza) sigamos sin saber qué va en cada contenedor. Se calcula que solo una tercera parte de los objetos plásticos depositados en el contenedor amarillo deberían ir ahí. También es verdad que el plástico no tiene la culpa, pero ese argumento se parece sospechosamente a aquel de “las armas no matan”. El problema está en que, si bien el plástico no tiene la culpa, eso no significa que podamos atribuírsela del consumidor.

¿No parece razonable exigir responsabilidades a las empresas cuyos beneficios dependen de la cantidad de plástico que produzcan? Por supuesto que hay regulaciones y que deben hacerse responsables de los residuos generados, o más concretamente, de los que vayan a parar al contenedor correcto. Entre la opción de reducir el consumo y la de reciclar está claro cuál les sale más rentable. Nadie propone eliminar radicalmente los plásticos, pero es curioso cómo la leyenda rosa insiste en la importancia del reciclaje por encima de todo, disparando la culpa sobre la sien del consumidor. Nos han malacostumbrado a una vida envuelta en plástico y, aunque debemos aprender a reciclar, no debemos olvidar que el mayor cambio vendrá de regular con más dureza su uso en la industria y, por supuesto, reducirlo nuestro consumo a lo indispensable. Todos somos responsables, pero unos más que otros.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los hechos son los que son, pero dado que siempre los presentamos embebidos en una historia, traducidos a un lenguaje y habiendo podado sus complejidades hasta sintetizar lo que creemos más relevante, podríamos decir que rara vez nos encontramos ante esos hechos, objetivos y crudos. Lo que leemos y escuchamos son interpretaciones más o menos imparciales. No hablamos de conspiraciones informativas ni de oscuros cónclaves en los que se decide cómo retorcer los hechos. Sin embargo, nuestro cerebro los interpreta partiendo de una serie de sesgos que cada uno hemos desarrollado con los años. Eso hace que nos fijemos más en unos aspectos y menos en otros. Por eso no podemos pretender ser objetivos exponiendo una serie de hechos presuntamente asépticos. Podemos, sin embargo, aceptar esa subjetividad intrínseca a nuestra forma de entender el mundo y explicitarla. De ese modo no solo entenderemos el qué, sino el por qué de lo que nos cuentan.

REFERENCIAS (MLA):