Sociedad

“Abrazadísimos los dos” o cómo fosilizarte en plena batalla

Esta es la historia de la pareja de dinosaurios que murieron luchando y así han sido conservados

Réplica del fósiles originales (Tucson Rock and Gem Show)
Réplica del fósiles originales (Tucson Rock and Gem Show) FOTO: Cobalt 123 Creative Commonsv

A veces el tiempo se congela. Puede detenerse en el interior de una gota de ámbar o bajo la tierra helada de Siberia. Son momentos congelados, como fotos perdidas en un cajón que nunca abres y, años después de guardarlas, vuelves a encontrarte con ellas. Eso son los fósiles, instantes de otro tiempo, momentos de otro mundo que llegaría a convertirse en el nuestro. Huesos, conchas y otros tejidos duros que acaban siendo conquistados por los minerales, sustituyendo su estructura orgánica por roca. Huesos pétreos que, en realidad, ya no son huesos, acompañados en unos pocos casos con sombras que, a su alrededor, sugieren dónde hubo músculos, piel e incluso plumas. Sin embargo, por mucho que sean momentos, no suele haber demasiada épica en ellos, a fin de cuenta, un cuerpo necesita morir para fosilizarse y no vale cualquier muerte. Puede que, ser desgarrado por una jauría de predadores dé lugar a una gran historia deducible a partir de ese momento congelado, pero eso significaría, posiblemente, que el cuerpo estaría expuesto a la intemperie y que, su fosilización, habría sido muy improbable.

Para que el esqueleto sobreviva hace falta que la tierra no sea ni muy ácida ni muy básica, que quede completamente cubierto, aislado del oxígeno de las bacterias que lo necesitan para descomponer un cadáver. Por eso, suponemos que buena parte de los mejores fósiles que tenemos vienen de cuerpos que murieron enterrados o que, en todo caso, fueron enterrados al poco de morir. Ahora bien, que la mayoría de los momentos congelados que nos han llegado sean de instantes poco espectaculares, no quiere decir que no haya excepciones. En ocasiones, la casualidad entierra momentos icónicos, mucho más parecidos a instantáneas que a fósiles. La más famosa de todas implica a dos dinosaurios entrelazados en un combate a muerte y esta es su historia.

Érase una vez en el Gobi

El cretácico estaba terminando y, con él, la era de los dinosaurios no avianos. Una extinción venía de camino, pero cómo iban a saberlo las criaturas que poblaban la Tierra. Ellos vivieron el final de su tiempo como siempre habían vivido. O, mejor dicho, sobreviviendo. La naturaleza siempre ha sido hostil para las formas complejas de vida. Las presas luchan por sobrevivir un día más a las garras de sus predadores, y ellos, ponen todos sus esfuerzos en sobrevivir al hambre. Esa es una de las historias más antiguas jamás contadas, la de una confrontación donde ambas partes persiguen despertarse un día más. Y así es como ocurrió en el Gobi hace decenas de millones de años.

El viento soplaba sobre la arena y la arrancaba del suelo, proyectándola contra la piel de un protoceratops. Estaba acostumbrado y sabía los peligros que entrañaba aquella tormenta de arena. Con los ojos entrecerrados era más difícil otear los posibles peligros del desierto y, a apenas unos metros de él, un segundo par de ojos se aprovechaban de esa misma situación. Un velociraptor estaba parapetado tras la arena en suspensión, tratando de acercarse a su presa tanto como le fuera posible para, entonces, abalanzarse sobre ella.

En cuanto lo tuvo a tiro, las patas traseras del raptor se extendieron como un resorte para aterrizar con sus garras sobre el herbívoro. La pelea había empezado, pero en pocos segundos, las garras de medialuna del velociraptor estaban eviscerando a su presa, pateando el abdomen del ceratópsido y exponiendo su interior carmesí. En un último y desesperado intento por sobrevivir, el protoceratops mordió a su atacante en el brazo, rodeándole con su pico con tanta fuerza como quedaba en su cuerpo. Aquella boca como tenazas no llegó a cercenar el miembro del velociraptor, pero se convirtió en un cepo mortal. El herbívoro había muerto, pero su verdugo seguía atrapado. Sus heridas también sangraban y no parecía haber forma de zafarse del pico córneo del protoceratops. Poco tiempo después, el predador seguiría el destino de su presa y ambos quedarían sepultados por la ominosa ventisca de arena.

Muchos años después

Desde que un equipo polaco-mongol descubrió los fósiles en 1971, los expertos no han dejado de elucubrar interpretaciones sobre la muerte de aquellos dos dinosaurios. Lo que hemos leído es una de las más aceptadas y recientes, pero durante un tiempo se barajó que pudieran haber muerto ahogados en alguna especie de lodo. Otros plantearon que, tal vez, el protoceratops ya estaba muerto y que el velociraptor murió alimentándose de su cadáver. Lo que también sabemos, pero todavía no hemos contado, es lo que sucedió después de la muerte de estos animales. A juzgar por los huesos del herbívoro, este había sido desmembrado, posiblemente por carroñeros, por lo que se presentan algunas dudas acerca del proceso de conservación que ha seguido.

En cualquier caso, los expertos han podido deducir ya suficientes detalles sobre todo esto como para recuperar un testimonio perdido entre las arenas del Gobi mesozoico.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Muchos de los detalles de la narración son conjeturas, aunque basadas en lo que sabemos sobre los fósiles y el contexto.

REFERENCIAS (MLA):