Cultura

“Taxi Driver”: miedo y asco en Nueva York

El Palacio de Prensa proyecta el viernes en pantalla grande el clásico de Martin Scorsese de 1976 interpretado por Robert de Niro en el papel del solitario y nihilista Travis, que surgió de la experiencia traumática de su guionista, Paul Schrader

Imagen del rodaje de "Taxi Driver" tomada por Steve Shapiro, con Martin Scorsese sentado al taxi junto a Robert de Niro. EFE/Krause & Johansen
Imagen del rodaje de "Taxi Driver" tomada por Steve Shapiro, con Martin Scorsese sentado al taxi junto a Robert de Niro. EFE/Krause & JohansenKrause & JohansenEFE

Hölderlin, el venturoso loco de la torre de Tübingen, vislumbró el camino de la redención, que es como una casa en el límite: «Allí donde está el peligro, crece también lo que nos salva». Hay que acercarse al vórtice para escuchar la llamada, para hallar la mano salvadora. O dicho de otro modo: sin caída no hay resurgimiento posible, sin pecado no hay absolución. Ni tal vez conocimiento.

A principios de los 70, Paul Schrader, crecido en una comunidad calvinista en la que las películas estaban proscritas, creía en el «cine trascendental»: en Ozu, Bresson, Dreyer, a los que dedicó una tesis en 1972. Creía, por tanto, en «Ordet» y en los milagros, en que «allí donde está el peligro, crece también lo que nos salva» o, como diría Kierkegaard, que ni siquiera la muerte es «la enfermedad mortal». Solo le faltaba experimentarlo por sí mismo. Y eso fue bien pronto.

Durante varias semanas vagó como un zombie por las calles de Los Ángeles. Recién separado de su mujer, de su amante y de la American Film Institute, endeudado hasta las cejas, no encontró más camino que el de la autodestrucción: «Deambulaba por la noche, no podía dormir porque estaba muy deprimido –cuenta en una entrevista de los 70–. Me quedaba en la cama hasta las cuatro o cinco de la tarde y luego decía: “Bueno, ahora puedo tomar una copa”. Así que me levantaba, tomaba una copa, me llevaba la botella y comenzaba a pasear por las calles en mi automóvil por la noche. Después de que cerraran los bares, iba a ver pornografía. Hacía esto toda la noche, hasta la mañana, y lo hice durante unas tres o cuatro semanas, un síndrome muy destructivo hasta que una úlcera me salvó: no había estado comiendo, solo bebiendo».

Un ataúd de hierro

Cuando resurgió, sintió la necesidad de narrar esa odisea urbana resumida en una poderosa metáfora: «Una persona en una caja de hierro, un ataúd, flotando alrededor de la ciudad, pero aparentemente solo». Un taxista con pasado (la guerra de Vietnam), sin futuro claro y con un presente desalentador, condenado a vagar entre putas, chulos y camorristas, esperando la purificación: «Algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria».

Ese guión y ese personaje, Travis Bickle, surgidos del trauma personal de Schrader (llegó a confesar que lo escribió básicamente para no suicidarse o acabar loco, con una pistola cargada en el cajón), llegaron a las manos de Martin Scorsese, un italoamericano bajito que ya había sobresalido con «Malas calles» y que pronto vio en la atormentada religiosidad de Schrader y en su pasión nihilista por los abismos, la horma de su zapato. Ese encuentro creativo entre ambos es uno de los momento estelares de la historia del cine. Juntos rodarían cuatro películas, entre ellas la genial «Toro salvaje» y la controvertida «La última tentación de Cristo», censurada por el propio padre calvinista de Schrader, que se manifestó en su contra.

Scorsese supo del guión de «Taxio Driver» en 1972, pero Columbia no le dio el visto bueno para el rodaje hasta el 76. Hollywood estaba cambiando a pasos agigantados y las grandes productoras empezaban a hacerse eco del trabajo de los nuevos realizadores que acabarían por cambiar la historia del cine en Estados Unidos y, por ende, en el mundo. El Nuevo Hollywood venía manifestándose desde finales de los 60 y cintas como «El graduado», «Easy Rider» y «Pequeño gran hombre», entre otras, habían demostrado que la fórmula de renovación estaba calando entre el público y cuajando en grandes éxitos de taquilla. Hollywood, consciente de la necesidad de sobrevivir, se amoldó a contenidos más arriesgados, exactamente lo contrario de lo que sucede en estos momentos.

A día de hoy, parece imposible concebir «Taxi Driver» sin Robert de Niro en el papel de Travis. Sin embargo, el personaje estuvo circulando entre varios candidatos, entre ellos Jeff Bridges, Neil Diamond y hasta Dustin Hoffman, que siempre lamentó no haber aceptado. De Niro era, no obstante, la opción perfecta. Su amistad con Scorsese databa de antiguo y su sintonía era y es manifiesta hasta el día de hoy con «El irlandés». El intérprete se había consagrado recientemente con el Oscar por «El padrino II».

El taxista De Niro, con licencia

El proceso de preparación para este personaje límite por parte de De Niro dice mucho sobre la dedicación profunda del actor a sus interpretaciones. Aunque estaba rodando «Novecento» de Bertolucci en Italia, sacó tiempo para, en sus regresos a Nueva York, hacerse con un taxi y vivir de primera mano durante unas semanas el turno de noche de un verdadero taxista. El Harry Ransom Center de Austin conserva la licencia original de De Niro, con fecha de expiración de 31 de mayo de 1976.

Para entonces, «Taxi Driver» ya se había estrenado y había ganado la Palma de Oro en Cannes, con mucha polémica, eso sí, por su violencia desatada y el papel de la joven prostituta Iris, interpretada con solo 12 años por Jodie Foster. La actriz contó años después que Scorsese, De Niro y Harvey Keitel «se quedaron atrapados en el Hotel du Cap y no salieron mucho». Además, para evitar la calificación X en los cines de Estados Unidos, el equipo del filme tuvo que rebajar la saturación de las escenas con sangre del último tramo.

Con todo, la cinta logró cuatro nominaciones al Oscar, aunque no se llevó ninguna. Sí obtuvo dos Bafta: uno para Foster y otro para Bernard Herrmann, mítico compositor de una banda sonora inolvidable que fue, además, la última de su larga carrera. Pero el público dictó una sentencia mucho más que favorable del filme. Logró sumar 28 millones de dólares en taquilla y había costado solo 1,3. Todo un pelotazo para Columbia.

Con el tiempo, esta película en apariencia kamikaze se ha convertido en uno de los grandes clásicos del cine. Más de 40 años después sigue cautivando gracias a un guión lleno de ruido y de furia, de soledad capitalina, junto al pulso de un director callejero y la interpretación irreprochable de De Niro, que ha dado al séptimo arte algunas de las escenas más imprescindibles del mismo. Es el caso del famoso «¿Estás hablando conmigo?» de Travis ante el espejo, jugando con su numeroso arsenal de armas, un monólogo improvisado por el propio De Niro.

El descenso a los infierno de Travis, su nihilismo de corte dostoievskiano («Memorias del subsuelo» estaba como referente de Scorsese y Schrader), encuentra en la profunda fe de ambos colaboradores una redención inesperada. La sangre lava las heridas y Travis sigue en la calle, al volante, con un futuro incierto, pero momentáneamente reconciliado con el mundo y el mundo con él. «Allí donde hay peligro, crece lo que nos salva», que dijo Hölderlin, el loco de Tübingen.

Desde el inicio de su carrera como director es posible rastrear la presencia de Martin Scorsese como actor en sus propios filmes. Los cameos arrancan con «Boxcar Bertha» (1972) y «Malas calles» (1973) y prosiguen hasta trabajos más recientes como «Hugo» (2011) y «El lobo de Wall Street» (2013). Pero su aparición por partida doble en «Taxi Driver» es la más señalada. La primera de ellas, como mero ciudadano sentado en la calle mientras Travis (Robert de Niro) entra en la oficina del candidato Palantine, es en puridad un cameo. La segunda, en cambio, va más allá, pues Scorsese tiene diálogo propio. Estaba previsto que la escena la realizara George Memmoli, amigo del director, que ya había aparecido en «Malas calles». Pero al no ser posible, Scorsese decidió actuar él mismo en el papel de marido celoso que espía a su mujer desde el taxi de Travis Bickle.