Cultura

Ya no hay estrellas como las de antes, Terry O’Neill

El fotógrafo que captó como nadie la efervescencia de los sesenta y retrató a los Rolling, Beatles, Bowie, Laurence Olivier y Brigitte Bardot, falleció a los 81 años

¿Dónde estabas tú en los sesenta? Y ¿dónde estaba Terry O’Neill? Él ya tenía la cámara asida al cuello. Él, con un olfato que pocas veces le traicionó, hasta cuando llevaba flequillo, sabía que algo se estaba cociendo en la cocina de Londres, que era el momento de meterse hasta adentro y de hacerse un hueco. Empezó de repente, como quien no quiere la cosa, fotografiando a un tipo que se había quedado dormido en el aeropuerto. No era un indigente ni estaba borracho. Sencillamente decidió echarse una cabezadita. Era el ministro del Interior. Glups. Un diario le compró la foto. Fue el primer paso.

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En ropa interior y con bigote blanco

Después llegaría el primer retrato, nada menos que al almidonado y grande Laurence Olivier al que inmortalizó en ropa interior femenina y con un vestido de mujer floreado. Sí, Lawrence Olivier con todo su bigote blanco. Tenía entonces poco más de veinte años el chaval (no Olivier), muchas ganas de comerse todo aquello que le pusieran por delante y una técnica que hizo que las revistas más punteras del momento se lo rifaran. Los sesenta le pillaron con la adrenalina cargada y un puñado de embriones de figura aún a medio cocer, deseando que alguien les disparase un tiro (fotográfico) de gracia. Para eso estaba Terry. Qué bien les vino a Los Rolling toparse con él y a los cuatro fabulosos de Liverpool. Decía él que quien más le interesaba era John Lennon. Y a un Bowie que empezaba a despegar también le echó el lazo.

Él fue quien le retrató junto a un perro que está de pie, mientras el dandy permanece sentado mirando a la cámara sin pestañear, el rostro alargado, el sombrero calado y unas botas de taconazo muy de la época. Muy de Bowie. Quien dejó a Audrey Hepburn para siempre empapada hasta los huesos en una piscina mientras se tomaba un descanso del rodaje de «Dos en la carretera». El hombre que ocultó la cara de Bardot merced a una ráfaga de viento al tiempo que sostenía entre los labioso un purito oscuro. No nos extraña que sus obras cuelguen de la National Portrait Gallery.

Aunque a quien sacó partido de verdad fue a Faye Dunaway, a quien se acercó tanto que se casó con ella. ¿Cómo se siente una la mañana después de ganar el Oscar? Busquen la foto, que no tiene desperdicio. Se la ve en la terraza del hotel Beverly Hills, rodeada de periódicos esparcidos por el suelo. Sobre la mesa la bandeja con un desayuno frugal, un té, un vaso de refresco y poco más. Y el Oscar, las estatuilla que la noche anterior, estamos en 1979, había obtenido por «Network». Después de la miel llegó la hiel y se separaron. O’Neill tuvo todo el ojo del mundo para saber estar en el sitio exacto en el momento adecuado. Le quito la seriedad a todos aquellos rostros que pasaron y posaron delante de él. Digamos que les cambio el fondo y así varió su forma. Hasta a la familia real británica la despojó de sus corsés. Los sesenta, y volvemos al principio, tuvieron un dueño que fue el señor O’Neill. Les dio su forma. Y ya serán para siempre así. Buen viaje.