Muere Roger Scruton, un conservador en el Camelot buenista

El politólogo y filósofo británico fue apartado de su cargo de asesor del Gobierno el año pasado por unas declaraciones sacadas de contexto

Scruton nunca fue un nostálgico ni un melancólico. Su conservadurismo no se relacionaba con la regresión, sino con el pragmatismo de la experiencia histórica
Scruton nunca fue un nostálgico ni un melancólico. Su conservadurismo no se relacionaba con la regresión, sino con el pragmatismo de la experiencia histórica

Conservador, ¡funesta palabra! Predispone contra el que la enarbola sin complejos. En la fantasmagoría social, el conservador es un tipo capaz de avalar la quema de brujas, la guerra santa o incluso la regresión a la Edad de Piedra. Sir Roger Scruton, fallecido a los 75 años en Gran Bretaña, sabía que la batalla de la imagen conservadora había sido perdido sin siquiera haber sido dada. “Su posición es correcta pero aburrida; la de sus detractores, emocionante pero falsa. A causa de esta desventaja retórica, los conservadores defienden a menudo su postura en el lenguaje de la lamentación”, señalaba este pensador tan reverenciado como odiado en su tierra y en Europa.

Pero Scruton nunca fue un nostálgico ni un melancólico. Su conservadurismo no se relacionaba con la regresión, sino con el pragmatismo de la experiencia histórica: “La percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir pero no son fáciles de crear”. Su trabajo en este ámbito se centró en destapar la mentira del progreso “per se” e infiltrarse entre las líneas de una jerarquía universitaria e intelectual seducida por postulados radicales de izquierdas.

Él mismo parecía destinado para a militar en esa trinchera: hijo de sindicalista, de familia de clase media baja, fue en el París de Mayo del 68 en el que empezó a entender que algo chirriaba en sus convicciones. Siempre a la contra, la ola de euforia, narra en “Cómo ser conservador”, que se dio en las universidades británicas con la llegada de Thatcher (“¡Al fin había alguien a quien odiar!”) acabó por convertirlo en un “tory”, tanto como su experiencia con los represaliados polacos del comunismo, para quienes sirvió de enlace.

“No es insólito ser conservador, pero es insólito ser un intelectual conservador”, decía. Esa fue su incómoda posición en las esferas universitarias, hasta el punto de que unas declaraciones sacadas de contexto sobre el Islam y sobre Soros hicieron que el Gobierno británico le retirara de su cargo de asesor, abandonando al ostracismo a Scruton en sus últimos tiempos.

Pero más allá de su pensamiento político, llevó a término una carrera de esteta y filósofo que se movía como pez en el agua en ámbitos diversos: del arte al vino, de la ópera a la sexualidad… Más de 50 obras le acreditan, entre ellas la recién publicada en España “El anillo de la verdad” (Acantilado), sobre el ciclo wagneriano.