Vanessa Espín: «Todos llevamos un animal dentro con el que hay que negociar»

La obra «Un animal en mi almohada» cuenta el sufrimiento de una víctima de la violencia de género. Estará hasta el 4 de marzo en el Teatro del Barrio

Ruben mndelo .La razon .

«Un animal en mi almohada» es una herida abierta que sangra. Entre el silencio del público resuenan los latidos de algunos corazones que por momentos se aceleran debido a la angustia que provoca un texto rasgado por palabras que se clavan como si de puñales se trataran. Su autora, Vanessa Espín, dirige una cruel y descarnada obra que plantea preguntas, desgraciadamente, sin respuestas. Cuenta la historia de Eva, una mujer víctima de la violencia de género que ve truncados sus planes de rehacer su vida al enterarse de que quien antes la quiso asesinar, el padre de sus hijos, ha salido de la cárcel. Podrá verse hasta el 4 de marzo en Teatro del Barrio de Madrid.

–¿Por qué ha escrito esta obra?

–Empecé a raíz del caso de Juana Rivas porque me parecía muy doloroso que jueces y abogados no tuvieran posibilidad de profundizar y que no estuviera contemplado el trauma para las víctimas. Me llamó mucho la atención que una mujer se viera obligada a huir para defender a sus hijos.

–¿Es éste un teatro de denuncia?

–Más bien de preguntas. Reflejo una realidad que necesito contar para que quede constancia. Si eso es denunciar…

–¿La justicia es justa?

–La justicia requiere tiempo para encontrar las herramientas con las que tratar casos como los de la violencia de género, tan complicados muchas veces para los jueces, que necesitarían ampliar la ley para ayudar a las víctimas.

–Desde un punto de vista jurídico, ¿están bien tratados algunos maltratadores?

–No lo sé. Pero en los casos de maltrato, la justicia no es suficiente.

–¿Quizá porque es un problema de educación?

–Exacto. ¿De qué sirve la ley si la mujer ya está muerta? Sólo valdría de castigo.

–¿Y la justicia está para castigar o para educar?

–Considero que debe tener la capacidad de reinsertar.

–¿Se puede dejar de ser un maltratador?

–No sabría decirte, pero según los estudios la mayoría nunca deja de serlo.

–¿Y de ser una víctima?

–Lo que quieren las víctimas es rehacer sus vidas, aunque a veces les resulta imposible por culpa de una persona que las amenaza. Y esa persona puede ser el padre de sus hijos.

–¿Qué tuerce el amor para que se quiera matar al ser presuntamente amado?

–Ésa es una pregunta que debemos plantearnos. ¿Qué hacemos como sociedad para que el amor se transforme en violencia, posesión, celos, rencor…? Insisto, todo pasa por la educación.

–¿Cuánto duele escribir textos como éste?

–Mucho. He tenido que investigar y hablar con juezas, con mujeres víctimas, con sus hijos…

–¿E interpretarlos?

–He sufrido dirigiendo a las actrices y sé que interpretar este texto duele. Pero no concibo la interpretación como algo doloroso. Contar este problema es bello, un acto creativo.

–En la función se oye la respiración entrecortada del público. ¿De qué nos hablan esos silencios?

–De los huecos y vacíos, de esas sombras que no sabemos resolver. No lo estamos solucionando. Y no creo que nuestra generación lo vaya a ver resuelto. No es que sea pesimista, sino que no se están poniendo las herramientas necesarias.

–También se menciona el sitio del hombre y de la mujer...

–Las mujeres han ocupado un lugar y los hombres, otro. Eso tiene que ver con una educación que encasilla a los hombres, como si todos tuvieran que ser valientes y fuertes, como si no pudieran llorar. Pero, ¿qué pasa con los que no se sienten identificados? Me enternecen quienes de repente necesitan encontrar su sitio en esta sociedad cambiante. Es como si estuviéramos metidos en dos jaulas diferentes. Ha llegado la hora de mezclarnos y de encontrarnos desde otros lugares.

–«No soy, estoy», dice una de las protagonistas. ¿Dónde está quien ya no está?

–No lo sabemos, pero tenemos que ser capaces de que esas historias no se borren ni se olviden para que no se repitan.

–Con la almohada como testigo…

–La violencia suele ocurrir en la intimidad, por eso es tan difícil contarlo. Además, las mujeres víctimas sienten vergüenza al tener que denunciar a la persona en la que han confiado. ¡Si hablaran las almohadas!

–¿Somos conscientes de esta lacra?

-Cada vez más. La sociedad debe salir a la calle para quejarse e intentar que las cosas cambien.

–¿Mata la violencia machista más que el cáncer o el terrorismo?

–Así se desprende de un estudio. Es una de las principales causas de muerte para las mujeres de entre 15 y 44 años.