La agonía de Berlín

La madrugada del 16 de abril de 1945 comenzaba en Kustrin la última ofensiva de la campaña bélica del Este de la Segunda Guerra Mundial.

Bombardeo de Berlín en 1945.
Bombardeo de Berlín en 1945.La RazónLa Razón

«¡Berlineses, resistid! ¡Defended vuestra capital! ¡Dentro de las murallas de vuestra ciudad el Führer está trabajando por vosotros! ¡El Führer ha asumido personalmente la defensa de la capital! ¡Lealtad a cambio de lealtad! ¡Solo pasando por encima de nuestros cadáveres podrá el enemigo llegar a nuestro Führer!». El ministro de Propaganda nazi, Joseph Göbbels, dictaba su diaria proclama para el «Panzerbär» (El oso acorazado), el último diario, de una sola hoja, que se editaba en el Berlín, la tarde del 24 de abril de 1945, hace 75 años. Pero no decía que la capital acababa de quedar cercada tras el enlace de los ejércitos de Kónev y Zhúkov en los alrededores de Spandau. Esa noche, radio Moscú abría con una proclama victoriosa: «¡Alégrate, Madre Patria, ya estamos dentro de Berlín!». Se iniciaba la cuenta atrás del final Hitler y del III Reich. Ocho días antes, en la madrugada del 16 de abril, comenzó en Kustrin, junto al Oder, la última ofensiva de la campaña bélica del Este, la confrontación más grande de todos los tiempos, algo inimaginable cuando Hitler desencadenó el ataque contra la URSS, en junio de 1941. En los 46 meses transcurridos entre ambos hitos, más de cincuenta millones de hombres habían combatido ferozmente desde el Báltico al Cáucaso, en un frente de cuatro mil kilómetros, originando la mayor atrocidad militar de la Historia: 28 millones de muertos (14 de ellos, civiles); 19 millones de heridos; siete millones de prisioneros (más de dos millones no regresaron) y una destrucción y desgaste de material diez veces superior al que contabilizaban todos los arsenales de los contendientes al comienzo del conflicto: 182.000 aviones, 140.000 blindados, 462.000 cañones... Todo ello había llevado a los alemanes hasta Moscú, pero, en un tira y afloja de titanes, el ejército Rojo les había rechazado hasta el corazón de Alemania y se hallaba en la madrugada del 16 de abril a 80 km. de Berlín... La bien estudiada defensa del general Gotthard Heinrici tras el Oder, en las colinas de Seelow, contuvo las acometidas de Zhúkov durante dos días pero sus reservas se consumieron y su dispositivo se quebró por ambos extremos: Rokossovski profundizó en Prusia, Kónev avanzó hacia Potsdam, para alcanzar Berlín por el sur, superando a Zhúkov, su rival en las preferencias de Stalin. Finalmente, derrochando sangre y medios, también Zhúkov perforó el centro alemán y avanzó hacia la capital, desde donde podían seguir su progreso por el estruendo de su artillería, cada vez más perceptible, y por el incremento de los proyectiles de gran calibre que comenzaron a caer sobre los barrios periféricos y el 22 de abril ya alcanzaban el centro de la ciudad y la zona de la Cancillería.

Encerrado en su búnquer

Allí se hallaba Hitler siguiendo la batalla, encerrado en su búnquer. El 20 de abril había celebrado su 56 cumpleaños, al que acudieron sus colaboradores a felicitarle, muchos de los cuales abandonaron Berlín ese mismo día en busca de zonas menos expuestas, como el viceführer Göring, que se largó a Baviera, o Himmler, jefe del aparato represor nazi, que aún soñaba con negociaciones imposibles para garantizarse una salida. Aquella tarde, quizá por vez primera, advirtió Hitler que había perdido la guerra y que el final era inminente, por lo que le comunicó al mariscal Keitel y otros allegados que afrontaría en Berlín el ataque soviético y vencería o moriría allí. La acompañarían hasta el final su amante, Eva Braun, Göbbels –con su esposa Magda y sus hijos–, el secretario del partido nazi, Martin Bormann, los jefes de su estado mayor y representantes de todas las armas, médico, enfermera, secretarias, cocinera, telegrafista, chófer, piloto y el destacamento de las SS que protegía la Cancillería y el búnquer. Desde el comienzo de la última embestida soviética, Hitler vivía sobreexcitado, cambiando de opinión todos los días cuando no varias veces por jornada. Pasaba de la depresión («¡Todo está perdido!, pero no me voy a rendir: ¡Antes me pego un tiro!») a la euforia («¡Ya tengo la solución! ¡Desangraremos a los rusos en Berlín!»); manejaba ejércitos que solo existían en su imaginación y los lanzaba contra las pinzas de Rokossovski, Zhúkov y Konev... Keitel y Jodl salían de Berlín y recorrían los centros de mando de los generales Steiner, Busse, Heinrici, Schoerner o Wenk, para descubrir que se replegaban en tan manifiesta inferioridad que hacía absurda la idea de contraatacar.Igualmente, era una entelequia la defensa de Berlín, donde aún vivían tres millones de personas, un tercio de ellas en los sótanos de los edificios destrozados por los bombardeos. No menos de 600.000 mantenían en funcionamiento los servicios (agua, luz, hospitales, suministros), burocracia y talleres de reparación de armas; 200.000 fortificaban la periferia. Millares de funcionarios y paniaguados nazis obtenían salvoconductos para escapar de la amenaza mientras agentes de la Gestapo y las SS buscaban desertores, no menos de 40.000, labor peligrosa porque estaban armados y desesperados pues su captura suponía el ahorcamiento inmediato, como el que sufrieron durante el último tercio de abril millares de viejos y chavales que optaron por tirar las armas y ocultarse; muchos berlineses vieron racimos humanos colgados de los árboles con letreros que decían: «Por traidor», «Por cobarde», «Por desertor».

TEMPESTAD ROJA
Para esa última y decisiva batalla, Stalin había desplegado a lo largo del curso de los ríos Óder y Neise, unos 500 km. desde el Báltico a Checoslovaquia, tres millones de hombres vertebrados en tres grupos de ejércitos: de norte a sur, el 2º Frente de Bielorrusia (general Constantin Rokossovski), encargado de barrer Prusia de este a oeste; el 1er. Frente de Bielorrusia (general Gueorgi Zhúkov), al que se le encomendó tomar Berlín, y el 1er. Frente de Ucrania (Iván Kónev), que debía atravesar Brandeburgo hasta Potsdam, al sur de Berlín. Para abrirles paso contaba con seis mil carros de combate, 41.000 cañones y 8.000 aviones. Frente al tsunami que iba a desatar el Ejército Rojo, la Wehrmacht disponía de 600.000 hombres, mil blindados, cinco mil cañones y un millar de aviones, fuerzas entre seis y ocho veces inferiores y aún peor: su combustible y su munición estaban tasados, mientras los soviéticos acumulaban más de 40.000 toneladas de pertrechos de todo tipo y contaban con recursos para sostener diariamente su ataque con 4.000 toneladas más.

La defensa contaba con unos 80.000 hombres con más de 50 años movilizados por el Volkssturm o policías o adolescentes menores de 18 años de las Juventudes hitlerianas, equipados con armamento heterogéneo o lanzagranadas... con ellos la resistencia hubiera sido fútil, pero, sobre, la ciudad convergía en un revoltijo de tropas rechazadas en el Óder, algunas divisiones aún vertebradas, como la Nordlad de las SS, a veces con blindados y artillería y algún general capaz, como Weidling, al que Hitler –después de haberle condenado a muerte– encomendó la defensa, para la que reunió unos cien mil hombres, la mitad de los cuales eran viejos y adolescentes, menos de cien blindados y unos centenares de cañones, gran parte en las tres poderosas torres antiaéreas de la ciudad. Los contraataques de Weidling para contrarrestar las penetraciones soviéticas causaron mucho daño a los atacantes, pero su manifiesta inferioridad humana y material le forzaron a desistir y a retroceder acortando su perímetro defensivo. A partir del día 24, cerrado el cerco, la defensa sería desesperada y los atacantes no cesarían de avanzar, aunque arrostrando pérdidas enormes, pero aún eran mayores las de los berlineses que perecieron a millares en el fuego cruzado, los derrumbamientos, las inundaciones de los túneles del metro... Los sufrimientos de la población civil, sobre todo de las mujeres, fueron inenarrables, al miedo, al hambre y la sed, se unieron la violencia, la codicia y las violaciones de los soldados soviéticos (más de dos millones en los últimos meses, según Beevor), habituales en los desmanes de todos las guerras y más allí, en venganza por las atrocidades alemanas en la URSS y por la incitación de propagandistas como Ilyá Ehrenburg. En el ocaso de la batalla, mientras reducían el espacio nazi y se acercaban al búnquer, los soviéticos realizaron una operación secreta y paralela: equipos de la NKVD (policía política) cribaron Berlín en busca de científicos (físicos, químicos, farmacéuticos, ingenieros aeronáuticos y navales...), a la vez que saqueaban los centros de investigación (Instituto Káiser Wilhelm, departamentos universitarios de ciencias, laboratorios farmacéuticos e industrias químicas) llevándose todo: documentación, equipos, materiales e, incluso, el mobiliario. Este saqueo y el del resto de la Alemania que ocuparon constituyó la base del avance soviético de posguerra en materia aeronáutica, misilística, naval y nuclear. Tras el suicidio de Hitler, el 30 de abril, y reducida la defensa a unas pocas calles, el general Weidling capituló a las 08:45 horas del 2 de mayo ante el general Chuikov. La guerra había terminado, aunque aún tardaría una semana en firmarse oficialmente.