Ignacio de Antioquía y los primeros mártires del Cristianismo

Roma no persiguió el cristianismo hasta el siglo III, pero sí hubo cristianos que buscaron el martirio voluntario

Ignacio de Antioquía, también conocido como Ignacio Teóforo («portador de Dios»), fue sin lugar a dudas uno de los personajes más destacados del primer cristianismo. Aunque no es mucho lo que sabemos respecto a su vida, él mismo se presentaba en sus escritos como obispo de Siria e insistió repetidamente en la importancia de la figura del episcopus en las comunidades cristianas de la época, lo que a la sazón le convierte en uno de los primeros padres de la Iglesia. Si los detalles de su vida permanecen en parte bastante oscuros, tampoco tenemos datos claros respecto a su muerte, excepto que esta se produjo en tiempos del emperador Trajano y que fue ajusticiado en Roma, como él mismo previó en sus cartas (IgnEf 1.2).

En realidad, las primeras noticias de la ejecución de Ignacio son algo tardías, y las debemos a Ireneo, que escribió sobre ello a finales del siglo II, transcurrido casi un siglo después de su muerte. Al parecer, su destino en se selló un tiempo antes de que se produjera, presumiblemente tras producirse algunos disturbios en su comunidad en Antioquía, aunque se desconocen los pormenores de su arresto y el porqué de su traslado a Roma para su juicio. En cualquier caso, en su largo camino hacia la capital estuvo custodiado por una escolta militar: «[…] Día y noche, atado a diez leopardos, que es una escolta de soldados», y en distintas paradas del trayecto escribió un puñado de cartas a los fieles de otras iglesias cristianas que se consideran entre las más relevantes del primer cristianismo. En alguna de las misivas no dudó de hacer una valiente defensa del martirio voluntario como un acto de entrega a Dios y a definirlo como el mejor modo para acercarse a la salvación, en cierta consonancia con aquello que, unos veinte o treinta años antes, escribió el autor del Apocalipsis. Ignacio mantuvo una estrecha relación con Policarpo, obispo de Esmirna, que fue el receptor de la única carta personal que escribió el de Antioquía.

La imagen del martirio cristiano en el imaginario popular se ha visto muy sesgada a causa de la influencia de los escritos de los padres de la Iglesia desde mediados del siglo III en adelante (y en especial desde Eusebio de Cesarea; ca. 265-339), que tuvieron mucho que ver con la propagación de la idea de una persecución sistemática por parte del Estado romano desde una época muy temprana, pero lo cierto es que esta percepción no resiste al contraste de la investigación más reciente, que subraya el hecho de que, en los dos primeros siglos del cristianismo (tal y como figura en el número 30 de Desperta Ferro Ediciones, “Los primeros cristianos”), no se produjeron persecuciones a nivel de Estado, sino tan solo casos de intervención puntuales. No en vano, algunos gobernadores de provincias, como es el caso de Plinio el Joven, decidieron presionar a los cristianos para que no rechazaran el culto a la figura imperial. Era un problema de la administración local, pero no un problema del Estado ni de los emperadores romanos, aunque estaba claro que los cristianos (como los judíos) no lo ponían fácil. En una sociedad politeísta como la romana, el culto al emperador encajaba perfectamente, aunque no ocurría lo mismo en la percepción del judeocristianismo, que no podía permitir ninguna forma de idolatría ajena a su Dios.

Emular a Cristo

El obispo Ignacio sabía esto, como también que la movilización masiva podía costar cara, pero la tentación de emular a Cristo en su sacrificio era grande, y a decir de los sabios, el martirio deparaba una salvación celestial con todos los honores en el fin de los tiempos. El sagaz antioqueno tomó buena cuenta, y mediante el testimonio de sus cartas se mostró valiente ante su inminente ajusticiamento y fue consciente de que el enfrentamiento a la autoridad romana (la famosa bestia del Apocalipsis) podía tener sus beneficios: «El cristianismo es una cosa de poder, siempre que sea odiado por el mundo». La tradición cristiana sostiene que fueron dos leones los que despedazaron al santo, y aunque no hay testimonios coetáneos de ello, Eusebio de Cesarea menciona su martirio en la arena. Aunque no es probable que fuera empujado a ellas por el mero hecho de ser cristiano, en aquellas circunstancias no debió rehuir su muerte. Así, si su viaje a Roma comenzó con unos «leopardos», habría de dar fin con los leones.

Los dos primeros siglos

Tras la muerte de Jesús en torno al año 30 d. C., los discípulos de este se quedaron solos mientras una pregunta resonaba una y otra vez en sus mentes. El Maestro se había pasado años predicando sobre la venida del Reino de Dios: «Habiéndole preguntado los fariseos [a Jesús] cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: El Reino de Dios viene sin que pueda calcularse» (Lucas 17.20). Y, en efecto, el reino no llegaba… El desconcierto fue largo y penoso, pero a la postre los apóstoles se pusieron manos a la obra y comenzaron a predicar y pensar qué camino debían seguir ellos y sus nuevos adeptos.
El cristianismo de los siglos I y II es un movimiento muy rico, con no una sino innumerables ideas que no siempre terminaron cuajando pero que alentaron las discusiones teológicas y la proliferación de escritos que defendían cada una de las distintas percepciones que se tenían sobre Cristo y su Evangelio. Y al igual que no hubo un solo cristianismo, tampoco hubo una única Iglesia, y las distintas facciones, cada vez más alejadas del judaísmo en el que se habían gestado, se vieron en la necesidad de unificar criterios en su lucha contra las heterodoxias. Mientras tanto, muchos creyentes vivían bajo la amenaza de la intolerancia de algunos gobernadores y otras autoridades romanas locales que veían en la nueva religión una molestia para el orden social y una radical incompatibilidad con la idea del culto a la figura del emperador.