El padre con quien murmuré

El padre Adolfo Nicolás ha pasado a ser ya memoria de la Compañía de Jesús. Hoy revivo momentos personales con quien fue nuestro prepósito general. De todos mis recuerdos, rescato uno por la luz que después arrojaría para comprender el estilo jesuita del padre Nicolás y su aporte a la Compañía. Fue al final de las jornadas de murmuraciones de la Congregación General 35 en Roma. Le pedí una entrevista y acordamos realizarla mientras volvíamos por la tarde desde la curia general a donde nos alojábamos. El corso Vittorio Emmanuele II es suficientemente largo como para una murmuración que fuera enjundiosa.

Y así resultó. No quise desaprovechar la ocasión para tomar contacto con quien entonces era, para muchos, un candidato firme a general, pero que desconocía. Quizás por eso, porque carecía de prejuicios y experiencias previas, lo que percibí en nuestro diálogo tuvo en mí un impacto directo, de los que perdura en el tiempo. Posteriormente, aquella huella del padre Nicolás se vio confirmada.

En las respuestas que me iba dando a mis preguntas, sentí enseguida una actitud personal muy marcada por lo que sólo sé calificar como apertura. Apertura de miras, apertura de enfoques, apertura de perspectivas. Lo percibí también así después, durante su gobierno. El P. Nicolás me demostró en aquel rato romano que abordaba cuestiones cruciales de mundo e Iglesia, tomándolas desde un ángulo diferente. Era claro que había internalizado una especial universalidad jesuítica, proporcional al viaje espiritual que supongo hubo de culminar para inculturarse a fondo en las antípodas del mundo que le vio nacer.

La impronta oriental del padre Nicolás nos fue evidente a quienes no lo conocíamos ya en la misma congregación. Oriente no era sólo un trozo muy importante de su vida. También suponía ese otro modo sapiencial de aproximarse a los temas fundamentales de Compañía. El padre Nicolás manejaba una especie de aplicación simultánea de claves religiosas y culturales diversas, que lo capacitaba para contemplar en una panorámica única el este y el oeste, Asia y Europa. Disponía de una habilidad notable para dar un toque de novedad a cuanto reflexionaba, que fuera, a la vez, crítico con posicionamientos excesivamente eurocéntricos de la Compañía y de la Iglesia. Tal apertura emergía de su libertad interior.

Aquella murmuración me permitió además ser consciente de otro rasgo suyo. Noté que su manera de formular optaba más por la sugerencia, que por lo abstracto. Gustaba más de las preguntas desencadenantes de búsquedas, que de las soluciones cerradas. Lo cierto es que siempre asociaremos al P. Nicolás su invitación continua a la Compañía de Jesús a practicar profundidad, entendida como un espacio indefinido y, sin embargo, lleno de Dios. En 2012 afirmaba que “uno de los retos principales que afronta la Compañía hoy es el de recuperar el espíritu de silencio”. Años después, en 2016, apuntaba algo en la misma dirección: según él, el jesuita debía ser “un hombre de pensamiento abierto”. La pujanza del tema del discernimiento al interno de la Compañía de Jesús creo que es un efecto de esa insistencia.

El padre Nicolás soñó a los jesuitas desde esa apertura y esa profundidad. A ambas las consideraba subrayados pertinentes para la coyuntura actual de nuestra vida religiosa. El modo en que comunicó a los congregados en 2016 que no disponía de salud para gobernar la Orden fue el testimonio de hasta qué grado se había encarnado en él lo que tanto anhelaba para sus compañeros. Mientras recibía nuestros aplausos y pasaba a ocupar su asiento en el aula de la Congregación, tuve la sensación de que aquel hombre, ya debilitado, seguía siendo el mismo con quien murmuré, años atrás, sobre la sencillez con que debía ser gobernada la Compañía de Jesús.