Nabokov: ser o no ser Shakespeare

Olvidada durante años por no haber conseguido estrenarla, llega ahora a las librerías españolas la primera gran obra de teatro escrita por el autor de «Lolita»

Nabokov siempre sintió una gran admiración por las mariposas, el ajedrez y William Shakespeare
Nabokov siempre sintió una gran admiración por las mariposas, el ajedrez y William ShakespeareLa RazónLa Razón

El interés de la editorial La Uña Rota por dar valor a la dimensión más literaria del teatro está dando abundantes y sabrosos frutos en forma de libros. El último de ellos es esta curiosísima obra que Vladimir Nabokov escribió en su juventud, aunque no se publicó hasta 1997, y que aparece ahora por primera vez traducida al castellano. A pesar de ese prolongado letargo en el que permaneció el texto, sería un error despreciarlo hoy dentro del corpus nabokoviano. En primer lugar, por lo muy satisfecho que quedó el propio autor con el proceso creativo y con el resultado; así lo reconoce en sus cartas a Vera Slónim desde Praga y así se puede colegir de sus entusiastas intentos –aunque infructuosos– por publicarla y estrenarla en Berlín sin importarle que en los círculos literarios no la vieran con buenos ojos. «Al final –escribe en una de sus cartas– seré premiado con el famoso dicho: ‘‘Aunque no privado del don poético, debemos admitir que…‘‘, etc. Pero, ¡qué demonios!, tanto me revolveré que, protegiéndose con los codos, los dioses se echarán a un lado. O se parte en mi cabeza, o se parte el mundo en dos».

Influencia de Shakespeare

En segundo lugar, es importante esta «Tragedia del señor Morn» porque no es el texto vacilante de un escritor que está apuntando tembloroso hacia una dirección incierta; muy al contrario, vemos discurriendo por él a uno ya muy seguro de principio a fin y pertrechado claramente del arma literaria que mejor blandirá luego en sus novelas: la desconcertante, y muchas veces desoladora, mezcla de crueldad y ternura con la que mira siempre a todos sus personajes, dotándolos de una complejidad moral que incomoda, por verdadera, y persigue al lector tiempo después de haber acabado cualquiera de sus libros.Escrita entre 1923 y 1924, es decir, cuando el autor rondaba los 24 años, la obra está nítidamente influida por Shakespeare y por la tragedia griega más pura tanto en la forma como en el fondo. Aunque en aquel tiempo todavía escribía en ruso –firmaba con el pseudónimo de Vladimir Sirin–, Nabokov quiso utilizar en su composición, al estilo del Bardo, el pentámetro yámbico, que en esta traducción de Rafael Rodríguez ha sido sustituido –con buen criterio, una vez que se ha optado por no trasvasarla a prosa– por endecasílabos blancos «a maiori» (esto es, sin rima y con acentos en 6ª y 10ª sílabas). Y es aquí donde llega el principal e insalvable escollo del libro y que nada tiene que ver con el trabajo –presumo que ímprobo– del traductor en cuestión, sino con la propia naturaleza de la poesía cuando ha de ser traducida, sobre todo, si está tan recargada de simbolismo como esta. Me refiero a la imposibilidad para encajarla en otro idioma, en otro molde, sin sacrificar, y sustituir por otros, sus hallazgos puramente retóricos y formales –si es que los hubiera en el original, claro–. Son estupendas, por cierto, en la introducción a esta edición, las reflexiones de Rodríguez, ampliadas a su vez por las del propio Nabokov, acerca de lo quimérica que puede resultar toda traducción y también sobre su cometido concreto en esta obra: el reto es siempre «la negociación entre la fidelidad al original y la eficacia estética».

Triunfo del bolchevismo

Dividido en cinco actos, el argumento de «Tragedia del señor Morn» podría resumirse, de manera sucinta –aunque todo es muy simbólico, como digo, y está cargado de múltiples significados–, como la encarnizada lucha por el poder y la felicidad de un puñado de personajes decadentes que se mueven entre la zozobra, el delirio, la ruindad y la grandeza poética. Muchos han advertido en la obra los ecos de la Revolución rusa y el triunfo del bolchevismo, pero, en realidad, nada de ello está señalado de forma inequívoca en el texto. La tragedia tiene el aroma de Shakespeare en sus páginas, e incluso hay un evidente homenaje a Otelo. Ese aroma se percibe tanto en los temas que maneja Nabokov (cobardía, traiciones, hastío vital, celos, argucias, codicia…) como en la ambigüedad semántica de algunos parlamentos –son significativos en el personaje de Dandilio– que apenas tienen relevancia dramática y parecen fiados a su lirismo.

Pero la obra también presenta particularidades de una modernidad apabullante, incluso al leerla un siglo después de haber sido escrita. Una de ellas radica en el enigmático personaje secundario del Extranjero. ¿Acaso no se adivina en él una proyección del autor observando, con su particular humor, a sus criaturas? Otra originalidad es la increíble abstracción de Nabokov a la hora de situar la trama: evita cualquier referencia espacial y temporal de una manera tan eficaz que, aun hoy, uno cierra el libro sin saber si la acción transcurre en el futuro o en el pasado. ¡Igual da! Como en todo gran clásico, el tema fundamental trasciende tiempo y lugar concretos; y ese tema, esencial y universal, no es otro que la derrota del hombre ante un destino que él mismo convierte en aciago por la repetida negligencia de sus acciones.