Cómo practicar el arte del buen extravío

Vaya por delante que “El arte de perderse” me parece uno de los mejores libros de no ficción que he leído durante este convulso año. Sus páginas nos hablan de un hecho que pensábamos accidental, nunca volitivo y, las más de las veces, terrorífico: perderse, pero concebido como una de las bellas artes. Ese es el gran postulado de este “ensayo autobiográfico” en el que se juega con una hibridación de géneros en el que cohabitan el desarrollo de ideas con la vida de la propia autora. La tensión que consigue el amancebamiento de ambos extremos es el gran atractivo de esta propuesta. Formado por nueve textos interrelacionados, lo primero que llama la atención es que todos los capítulos impares tienen el mismo título: “El azul de la distancia”, que no es otro que el color de la historia del blues o el folk, el de los cuadros de Klein, el de la lejanía del desierto...

Uno puede perderse, sin más, pero lo verdaderamente maravilloso es hacerlo con intencionalidad y sin dejarlo al albur de las circunstancias. Extraviarse para estar presente y encontrarse sumergido en la incertidumbre y el maravilloso misterio; no encontrarse con la necesidad de hallarse a uno mismo, en plenitud, rodeado de lo desconocido. Este libro es un cuaderno de bitácora para saber cómo perderse para hallarse. El auténtico trofeo del proceso. Uno no se puede sumergir en cualquier punto del planeta para despistarse porque sí.

El proceso necesita cierto orden metódico para que no se torne en desgracia sino en conocimiento. “Pierde el mundo entero -afirmaba Thoreau-, piérdete en él, y encontrarás tu alma”. Ese es el eje medular de estas páginas: ¿Cómo emprender la búsqueda de aquello que conocemos por completo, para redimirnos? ¿Podemos disfrutar de la incertidumbre? Solnit nos propone la mirada desde los márgenes para sucumbir al deseo de no saber dónde estamos, algo que recuerda a la libertad de la infancia.

Llaman la atención las reflexiones que se vierten sobre el rescate de personas perdidas en las Montañas Rocosas y cómo lo contrasta con el deambular por territorios desconocidos de los pioneros americanos. Nos perdemos en la naturaleza, nos dice la autora, porque ya no sabemos leer su mapa, ignoramos cómo posicionarnos por las estrellas; no conseguir alimentos. “Lo que hizo para dejar de estar perdido no fue regresar, sino transformarse”, asegura, cuando habla de Alvar Núñez, Cabeza de Vaca, y sus diez años perdido en América, adaptándose hasta formar parte de la vida y la costumbre de la región, en lugar de tratar de imponer sus fórmulas de convivencia. Esa aceptación, ese saber estar, es la naturaleza de este magnífico, nutritivo y bellísimo libro.