Javier Gomá: “Soy de caña y de copa, y no siempre en singular”

El ensayista y director de la Fundación Juan March asegura que la crisis nos ha empujado a convertirnos en artistas de la vida

Es filósofo y dramaturgo. Y le debemos que todos hayamos introducido en las conversaciones términos como “ejemplaridad” y “filosofía mundana”.

P. ¿Qué lección extrae de esta pandemia?

R. Es la pregunta de oro. En otras ocasiones, me he esforzado por enunciar varias lecciones, pero esta vez me centraré en una sola. El poder de la fortuna, una deidad caprichosa que es mejor no tratar de dominar, porque se rebela. Cada uno de nosotros había programado con detalle la agenda de este año veinte y la pandemia nos la ha reventado de arriba abajo. Ningún plan está asegurado porque, para nosotros, vivir es vivir en peligro, como nos ha recordado el virus. Hasta la entraña de nuestra individualidad depende de una combinación aleatoria de cromosomas. Esto no significa resignación, sino un arte de vivir, que combine la mayor esperanza con la aceptación anticipada de su potencial fracaso. La crisis nos ha obligado a desarrollar este arte, nos ha invitado a ser artistas de la vida.

P. Ha estado enfermo. ¿La cultura consuela?

R. La enfermedad te deja inválido, indefenso, de lo cual no te salva la cultura. Pero la cultura ayuda a abrir la propia vida a una dimensión simbólica, donde adquiere algo parecido a una promesa de sentido. Gracias a ella, se establecen imprevistas conexiones, los duros episodios de la enfermedad remiten a un plano superior, mejor, donde la propia biografía, siempre tan arbitraria, adquiere una cierta y precaria necesidad, lo cual es claramente consolador.

P. ¿Para qué deber servir la filosofía mundana este verano?

R. Mi tesis es que todos los hombres y mujeres del mundo son nativamente filósofos porque poseen una interpretación del mundo, la cual es siempre genuinamente filosófica. Luego hay una minoría a la que le da por escribir libros de filosofía. Si realmente es filosofía, debería asumir su condición mundana, es decir, practicar una filosofía que mejore el mundo de la gente y su interpretación. Ahora en verano el Sol preside el cielo. La filosofía nos sugiere que seamos como la luz del sol y así iluminar y dar calor a la vida de los lectores. No hay peor pecado que oscurecer o enfriar el corazón de la gente.

P. ¿Y la ejemplaridad pública, a qué debemos aplicarla?

R. Mientras vivimos, a hacer un buen papel: no es poco hacer decentemente el papel de hombre o de mujer en la comedia de la vida. Y cuando morimos, a dejar a los que nos sobreviven una luminosa imagen de nuestro paso por el mundo, a que sea para ellos una invitación a una vida digna y bella.

P. ¿Qué debería repensar esta sociedad?

R. La cultura dominante sigue siendo hija del romanticismo. Un romanticismo educado es lo mejor, un romanticismo vulgar y comercial, como el que ahora cunde por todas partes, es la peste. Recomiendo que se repiense: no se trata de cancelar el romanticismo sino de civilizarlo.

P. ¿La filosofía es más de playa o de montaña?

R. No excluyo nada. Cuando Platón termina su tratado «La república», donde se explaya sobre el ideal de una perfecta, acaba reconociendo que probablemente dicho ideal no es posible en la práctica y recomienda que cada cual funde una república en su interior. Lo importante es el camino hacia dentro, que le hace a uno conocer playas y montañas que nunca sospecharían quienes nunca recorren ese paisaje interno.

P. ¿Cómo ayuda el deporte a la filosofía?

R. Además de como práctica, que es saludable, ayuda como símbolo. La meditación sobre el deporte nos enseña qué es el juego, cuya esencia, dice Huizinga, es distinguirse de la seriedad. A veces la vida se nos presenta con una seriedad y gravedad insoportables. El juego del deporte nos sugiere que aprendamos en esos momentos a tomarnos la vida con un poco más de deportividad.

P. ¿El ocio es sinónimo de perder el tiempo?

R. El ocio es lo contrario del negocio (nec-otium). El negocio persigue una finalidad útil. El ocio es una declaración de huelga respecto a la finalidad y una suspensión de todo pragmatismo, salvo la dicha de la autoposesión y el autoconocimiento, en compañía de las personas con que se ha elegido para vivirlo.

P. El optimismo del sol o el pesimismo del invierno. ¿En qué lugar resulta más creativo?

R. No me inspira una estación en concreto sino la alternancia de las estaciones: verano, otoño, invierno, primavera y otra vez verano. Parece que todo se repite, como una rueda fatal que no para nunca, pero luego cae uno en que hay algo nuevo que hace cada año distinto: todo es igual, pero yo soy un año más viejo. La alternancia nos deja un sabor de boca y el sabor acaba siendo un saber, que solemos llamar experiencia de la vida.

P. ¿Y es más de caña o de copa al anochecer?

R. Soy de caña y de copa, y no necesariamente en singular. La civilización nació cuando descubrió el alcohol para acompañar las comidas.