Las 10 obras imprescindibles del Museo del Prado

Desde las tablas de Rogier van der Weyden hasta los delirios de Francisco de Goya, proponemos una lista de las grandes pinturas de la colección permanente de la Pinacoteca... ¿cuál es su favorita?

Los españoles debemos sentirnos afortunados al albergar en nuestro país uno de los museos más importantes del mundo. El Museo del Prado ofrece tal variedad y calidad pictórica que se antoja difícil elegir una sola obra o pintor imprescindible. Sus enormes hileras de salas repletas de cuadros hacen que se pierda la noción del tiempo y que crezcan las ganas de observar, cuanto más arte, mejor. Por ello, realizamos una selección de 10 cuadros de obligada admiración en el caso de visitar el espacio ubicado en Madrid y que se encuentran en la colección permanente de la Pinacoteca. Desde las tablas de Rogier van der Weyden hasta los delirios de Francisco de Goya y Lucientes, proponemos una lista que, con seguridad, deja fuera otras muchas muestras de arte. ¿Cuál es su favorita?

1. “El Descendimiento”, de Rogier van der Weyden

El tríptico rectangular realizado antes de 1443 “El Descendimiento”, de Rogier van der Weyden, es una obra maestra flamenca en la que el pintor parece haber captado con múltiples detalles un instante de dolor y colores. Sobre un fondo dorado, se observa a la Virgen María desmayándose, mientras José de Arimatea envuelve a Jesucristo, sujetado por Nicodemo, en una sábana. En los extremos, María Magdalena y San Juan aparecen doloridos. Estas dos figuras están dispuestas de tal manera que parecen un paréntesis que encierra al resto del grupo. Pero no es el único paralelismo trazado por Van der Weyden: destaca el juego de diagonales paralelas en el que María y Jesús son representados, ilustrando la Compassio Mariae.

2. “El jardín de las delicias”, de El Bosco

Los misterios del paraíso, la vida terrenal y el infierno de El Bosco siempre embelesan a todo visitante. “El jardín de las delicias” ofrece tanto detalle con fuerte significado que no es inusual descubrir algo nuevo cada vez que se admira. Pintado entre 1490 y 1500, el tríptico es la creación más compleja y enigmática de El Bosco. Visualiza la inocencia, el destino y el pecado de la humanidad a través de una serie de figuras atrevidas, frágiles y ensimismadas en la lujuria. Desde los búhos que evocan a la maldad hasta las mujeres desnudas del estanque, pasando por los castigados en el infierno por avaricia, gula u otros vicios humanos ofrecen al espectador un conjunto tan pesimista como impresionante.

3. “El lavatorio”, de Tintoretto

Jacopo Robusti Tintoretto pintó entre 1548 y 1549 una obra destinada a decorar el presbiterio de la iglesia de San Marcuola, en el barrio de Cannareggio de Venecia. Y este primer emplazamiento explica la aparente vista descentrada de su composición. La escena que le da título al cuadro se sitúa a la derecha, donde Jesús lava los pies a San Pedro, mientras que el resto del cuadro está ocupado por la estancia donde se desarrolla la Última Cena, con la mesa y los discípulos en torno a ella. Pero, ¿por qué la escena central está a la derecha del cuadro? La pared donde se ubicó en la iglesia italiana antes de trasladarse al Museo del Prado, estaba dispuesta de tal manera que los creyentes veían la obra desde la derecha, por lo que Tintoretto decidió realizar la obra con dicha perspectiva.

4. “Las Meninas”, de Diego Velázquez

En 1656 Diego Rodríguez de Silva y Velázquez realizó esta famosa y emblemática obra. Se trata de un retrato de servidores palaciegos, que se disponen alrededor de la infanta Margarita, a quien atienden doña María Agustina Sarmiento y doña Isabel de Velasco, “meninas” de la Reina. Además, en la obra podemos ver a los Reyes reflejados en un espejo, al mismo pintor ante un gran lienzo y a los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato, entre otros. A través de esta obra maestra, Velázquez dio un gran paso hacia el ilusionismo, una de las metas de la pintura europea en la Edad Moderna, así como dejó subyacentes numerosos detalles. Entre ellos, referencias de gran carácter político, histórico y artístico de la época.

5. “Saturno”, de Goya

Las Pinturas Negras de Goya son uno de los fuertes de la Pinacoteca. En las plantas baja y alta del museo, estas obras ocupan dos salas donde destacan los colores oscuros y la angustia de sus escenas. En “Saturno”, el pintor escenifica el canibalismo de Saturno al devorar a sus hijos, pues tenía el temor de que éstos le destronasen en el futuro. A través de una terrorífica mirada, Goya plasma en este cuadro la locura de la mirada desesperada del protagonista y la enfermedad que sufría el pintor cuando la realizó, que terminó dejándole sordo. Asimismo, la misma escena también la pinta Rubens en “Saturno devorando a un hijo”, obra que también está expuesta en el Prado y que, aunque con diferente estilo, ofrece al espectador la misma crueldad y angustia que la pieza de Goya.

6. “La anunciación”, de Fra Angelico

Hacia 1426 Fra Giovanni de Fiesole, llamado Fra Angelico tras su muerte, pintó esta obra maestra. Minusvalorada durante décadas por la crítica, que la tenía por la versión tardía de “La Anunciación” de Cortona, esta témpera sobre tabla es considerada actualmente una de las primeras grandes obras de su autor. Además, fue realizada en un momento decisivo para el arte florentino. Iconográficamente, se muestra el ciclo de la pérdida y salvación del hombre, mientras los cinco paneles de la “predella” ilustran otros episodios de la vida de la Virgen. El autor demostró con este cuadro conocer todas las novedades que englobaban entonces al arte toscano.

7. “El paso de la laguna Estigia”, de Patinir

Esta pintura de Joachim Patinir destaca por su originalidad y su composición, formada por planos paralelos escalonados. El autor dividió el formato apaisado de la tabla en tres zonas, una a cada lado del ancho del río, por el cual Caronte navega en su barca con un alma. De esta manera, el pintor reúne imágenes bíblicas junto a otras del mundo grecorromano, situando la escena en el momento en que Caronte llega a la decisión final: cuando el alma a la que conduce tiene que optar bien por el camino difícil, señalado por el ángel desde el promontorio, que lleva a la salvación y al Paraíso, o bien el fácil, con pados y árboles frutales a la orilla. Sin embargo, este último conduce directamente al Infierno, tras pasar por una curvatura oculta por los árboles.

8. “Adoración de los pastores”, de El Greco

Las figuras alargadas, los colores y brillos de El Greco no debían pasar desapercibidos en esta lista. Entre 1612 y 1614, el pintor realizó en “Adoración de los pastores” una escena nocturna donde aparecen María, su Hijo recién nacido, San José y tres pastores. Esta Natividad se trata de un óleo sobre lienzo que fue considerada la última obra maestra del Greco, así como fue pensada para ornar el lugar de enterramiento de la familia Theotocopuli en el convento de Santo Domingo el Antiguo, en Toledo.

9. “Las tres gracias”, de Rubens

Tampoco se debe pasar por alto el arte de Pedro Pablo Rubens. En “Las tres gracias”, el autor plasma a las hijas de Júpiter y de Eurymore, Áglaye, Eufrosina y Talía, simbolizando diferentes conceptos. El nombre de la primera significa brillo o resplandor, el de la segunda gozo o alegría y el de la tercera florecimiento o abundancia. A través de un alto grado de maestría y deleite en el cuerpo femenino, la luz incide en las protagonistas, que resaltan sobre el paisaje del fondo y los ciervos. Rubens las pintó según la iconografía clásica, entrelazadas, mirándose entre sí y formando un círculo.

10. “El Cid”, de Rosa Bonheur

Por último, una aportación desde una mirada femenina y con una potente historia. “El Cid”, una cabeza de león imponente y llamativa, es uno de los mayores y menos conocidos tesoros del Prado. Rosa Bonheur realizó este óleo sobre lienzo en 1879. La pintora, que siempre se sintió atraída por la energía primigenia de los animales, comenzó a estudiar observando a los caballos en las ferias, donde acudía con pantalones. Para ello, en dicha época, tuvo que solicitar a las autoridades un “permiso de travestismo”, pues era una prenda reservada por ley para los hombres. A través de este león, Bonheur representa la libertad, la insumisión y la valentía, valores que se convirtieron en el motivo principal de su obra.