Miguel Delibes, el hombre al que no le gustaba conversar a codazos

Se cumplen cien años de su nacimiento. La Biblioteca Nacional le ha dedicado una exposición, se publica un libro homenaje sobre él: «El libro de Miguel Delibes», y la RAE lo recuerda con unas jornadas.

Miguel Delibes nos sacó de las sombras de aquella Castilla mitificada y casticista heredada del noventayochismo y nos trajo otra más real y verídica. Su obra, alejada de la literatura solanesca y la tentación del tremendismo, nos brindada el pulso de una tierra destemplada, con sus riquezas y pobrezas, y el latir pausado de sus habitantes. «Solía escribir entre las nueve y las doce y media de la mañana. A esa hora se marchaba a sus clases en la Escuela de Comercio y después acudía al diario, alrededor de las cinco, porque él jamás se echó la siesta hasta que se hizo mayor. Durante esos años, trabajaba en “El Norte de Castilla” hasta tarde. Recuerdo que cuando mataron a Kennedy ni siquiera vino a dormir. Pero fue realmente al jubilarse cuando ya dedicó todas sus mañanas de manera completa a la escritura. Se notaba que deseaba dejar la Prensa y la Escuela para dedicarse más horas a escribir».

Su hija, Elisa Delibes, habla de su gusto por el cine, «le gustaba mucho y había semanas que iba dos veces»; su querencia por contestar personalmente la correspondencia que recibía, «respondía unas veinte cartas al día»; y su afición al deporte: «Le apasionaba la natación, siempre nadaba si tenía la oportunidad, el fútbol, que fue el primero que le atrajo, la bicicleta, que nunca dejó y, el tenis. Estos días estaría contentísimo con el triunfo de Rafa Nadal. Lo admiraba y veía sus partidos».

Pero la afición que siempre cultivó Miguel Delibes fue el campo. Sus caminatas a través son de sobra conocidas. «Sobre la una de la tarde, dejaba la escritura y solía andar por la ribera del río. Eran paseos largos, de una hora o una hora y media. Muchas de las dificultades que le planteaban los libros las resolvía saliendo a cazar o durante esos ratos. Ahí es cuando se le aparecían las soluciones. En uno de esos días, entendió, por ejemplo, que convenía que estuviera muerto el protagonista de “Cinco horas con Mario”. Para él, la vida al aire libre tenía una función terapéutica y supuso un consuelo en los momentos más inciertos y duros de su existencia. Él nos enseñó a amar la Naturaleza. Le gustaba la gente que vivía en los pueblos. Más que la de la ciudad. Conversaba con sus habitantes, quizá porque en ese ambiente estaba más contento y predispuesto a hablar. También porque conocía las palabras y las expresiones rurales. Se desenvolvía bien en esas charlas».

A Delibes siempre le persiguió una imagen de escritor-eremita, de sabio retirado, que lo que en realidad escondía era el carácter de un hombre sencillo, sin fingimientos, que sentía recelo por las convenciones de los eventos: «Era muy afable en las distancias cortas –prosigue Elisa–. Lo que le horrorizaban eran las fiestas, inevitables si vives en Madrid. Al residir en Valladolid no participó de eso. Y creo que fue a su favor. No entró en camarillas, lo que resultó bueno. Pero eso no tiene nada que ver para que mantuviera una intensa relación con amigos. Se conservan 4.000 cartas que cruzó con muchos escritores con los que estaba unido, aunque los mejores no eran novelistas. Ahí está la correspondencia con Umbral, que era un hombre difícil, Cela, muy divertido, o Carmen Laforet. Con Luis Mateo Díez mantuvo un estrecho lazo. Pero quizá a quienes se sintió más cercano fueron Carmen Martín Gaite, Sánchez Ferlosio y Luis Goytisolo».

Un neurótico precoz

Cuando un entrevistador preguntó a Delibes por esa fama de hombre huraño en televisión, él respondió con ironía: «La hurañía es algo que me ha caracterizado desde niño. Pero no en el sentido de retirarme y no querer conversar con las gentes; me gusta conversar, lo que no me gusta es conversar a codazos». Y en un desinhibido autorretrato psicológico, que lo dibuja bastante bien, asegura sobre este asunto: «Fui un neurótico precoz que pasaba sin causa aparente de la exaltación a la melancolía. Aunque entusiasta de los deportes, especialmente del fútbol y de la caza, era un tipo extremadamente sensible, reservado y apartadizo, aunque al propio tiempo, irónico y burlón. Mi carácter apenas se ha modificado con el tiempo. Sigo siendo el mismo. Respecto a a mi sociabilidad, me encocoran el bullicio y las multitudes, pero me gusta participar en tertulias reducidas, con gentes inteligentes, con sentido del humor, poco fanáticas. Aborrezco a los seres que lo saben todo, que están seguros de todo y que tratan de imponerte, a cualquier precio, su credo y su seguridad».

El primer libro que Elisa Delibes conoció de su padre fue «El camino», «que escribió el mismo año en que nací y yo leí cuando tenía doce años». A los once, ella todavía no tenía demasiado claro cuál era el oficio de su padre –«No sabía si arquitecto o abogado, mi madre me señaló que era funcionario por lo de la Escuela de Comercio, pero lo de funcionario, a mí me sonaba mal»– y hoy recuerda cuáles fueron los libros favoritos del propio Miguel Delibes. Un gusto y unas debilidades que no coinciden con las de los lectores generales: «Su obra predilecta fue “Viejas historias de Castilla la Vieja”. Consideraba que era en el que había cometido menos errores. Pero, al final de su vida, los periodistas le dieron tal paliza con " El hereje" que desencadenó un movimiento a su alrededor, y llegó a dudar de sus convencimientos. Es cierto que a pesar de la gran recepción que tuvieron libros como "Los santos inocentes» o “Cinco horas con Mario”, a él le gustaba “La guerra de nuestros antepasados” o “Madera de héroe”, que, precisamente, he releído durante el confinamiento, y ya he comprendido por qué pensaba eso. Él decía que “Madera de héroe” era una novela de plenitud y una de las que mejor había escrito».

Literatura y ética

Miguel Delibes trajo consigo una mirada renovadora y una literatura intensamente humana, pero también inconformista y dura, que no se callaba ante las injusticias que presenciaba o conocía. «Tocó una serie de temas en sus novelas, como la infancia, la muerte y el campo. En todos ellos existe un trasfondo social, como se ve en su defensa del desprotegido, el marginado, el débil frente al poderoso. Está también esa distancia que separa al hombre del campo y el de ciudad. Pero él, sobre todo, siempre defendió una postura ética, algo que se ve cuando habla de sus obras o cuando daba conferencias o clases en el extranjero. Aseguraba que la novela nunca queda por su fondo ético o moral, sino por sus valores literarios. Pero aceptó, con resignación, que él no había podido desprenderse de su ideario ideológico y aseguraba que, aunque le pesara, seguiría defendiendo esto y sus libros continuarían portando una gran carga ética. Y esa postura ética asoma en su mirada sobre los desprovistos, los jubilados, que le parecen que en la sociedad son igual que marginados o pobres, y en aquellos hombres que están desprotegidos».