El idilio almeriense de Anna-Eva Bergman

El Museo Reina Sofía expone en el Palacio de Velázquez del Retiro, hasta abril del año que viene, una completa muestra monográfica sobre la pintora expresionista noruega

En la lengua inuit, un «nunatak» es una de estas elevaciones geográficas en forma de pico que adornan los campos de hielo del ártico. En el imaginario de la pintora Anna-Eva Bergman, estos accidentes se vuelven la excusa perfecta para expresar la desolación del paisaje nórdico y plasmarlo en planchas de metal sobre lienzo que los imitan desde el expresionismo. Nacida en Suecia y visitante asidua de Carboneras, provincia de Almería, durante muchos años, la artista noruega es objeto de la nueva exposición que inaugura el Museo Reina Sofía.

En la sede del Palacio de Velázquez, en pleno parque del Retiro de Madrid, la muestra se centra en los trabajos que Bergman realizó entre 1962 y 1971, coincidiendo con una serie de viajes entre Noruega y España. Aunque su idilio con nuestro país comenzara en 1933, cuando conoció Menorca junto al que fuera su marido, Hans Hartung, la inspiración en sus trabajos se entiende mucho mejor desde su visita a la costa almeriense. Un lugar «salvaje e inalterado», según dejó escrito tras su primer viaje en 1962.

Conmovida por la diferencia radical entre los dos paisajes, esto es, donde veraneaba y Finnmark, la provincia más septentrional de Noruega, Bergman comenzó a visitar más asiduamente la costa mediterránea y a plasmar en sus obras los límites entre el cielo y el mar, dibujando horizontes planos y dejándose absorber por los grandes formatos que le marcaba su contexto. Tal fue el impacto de España en la obra de Bergman que, en 1970, se decidió a recorrer el interior y fue cuando desarrolló sus «Piedras de Castilla». Más intimistas, y en un blanco y negro de tinta china poco común en su obra, las formas rotundas dominan los lienzos casi al final de sus días como artista.

Todas sus contradicciones

Ese grave contraste, que da nombre a la exposición («De norte a sur. Ritmos») es también el que señala el director de la institución, Manuel Borja-Villel: «Su paisaje siempre es extremo, una ventana hacia el mundo exterior que se sale de lo establecido», explica. Aunque Borja-Villel no la etiquetaría como una «feminista» en el sentido más político de la palabra, la vida de Bergman sí que fue una paradoja de lo emancipado. Acostumbrada obligatoriamente a vivir a la sombra de su marido desde que se casaron en 1929, la ebullición del expresionismo en su ambiente parisino y sus propias pulsiones artísticas la llevaron a pedir el divorcio muy poco tiempo después.

Liberada de la abstracción lírica hacia la que había oscilado de la mano de Hartung, viajó por toda Europa hasta que la guerra se lo permitió. Una vez reinstalada en París en 1952, previo paso por Oslo y Luxemburgo, se envolvió en su dualidad y se volvió a encontrar con el que fuera su marido. Para 1957, antes de empezar sus viajes en la senectud que la trajeron a España, volvía a estar casa con Hartung.

Contradicciones aparte, la muestra (que ya está abierta al púbico) del Reina Sofía, expresa el deseo de Bergman «de proporcionar una experiencia análoga a la que ofrece la naturaleza», según explica la comisaria Nuria Enguita. Y sigue: «La artista construye sus obras a partir de un proceso de sedimentación que tiene una dimensión tanto espacial como temporal». Esto último se resume de manera casi pedagógica en sus «Horizontes», en los que las capas del paisaje se configuran casi en relieve, como si fueran extraídas del propio suelo y cielo para deleite del visitante.