¿Qué fue de este “inolvidable” 2020?

Ha sido el año de los que se fueron y también del miedo: hacer balance es inevitable para mirar al futuro

Almería.-El alcalde de Almería propondrá que Ennio Morricone tenga una estrella en el Paseo de la Fama de la capital
Ennio Morricone, uno de los grandes que nos han dejado en 2020, durante su último concierto en España EUROPA PRESS

Sí, 2020 ha sido un año «inolvidable», aunque esperemos que 2021 sea más benévolo y nos permita irlo dejando poco a poco en el recuerdo. La relación de aquellos que nos dejaron creció enormemente, hasta el punto que se hizo imposible que la Prensa pudiese ocuparse de ellos. Entre otros los cantantes Mirella Freni, Mady Mesplé, Gabriel Bacquier y Franco Bordoni; los compositores Ennio Morricone, Charles Wuorinen y Krysztof Penderecki; los directores de orquesta Zoltan Pesko, Nello Santi y Gabriel Chmura; los ex intendentes Peter Jonas, John Tooley y Nicolas Joel; la cellista Lynn Harrell; los pianistas Leon Fleisher y Peter Serkin o el violinista Ivry Gitlis y muchos, muchos más. A partir de febrero cambió totalmente nuestro mundo. Poco a poco se fueron clausurando temporadas, teatros, salas de conciertos...

El miedo cundió por doquier. Los artistas se quedaron sin trabajo, especialmente los menos famosos y los que aún eran reclamados por los pocos sitios abiertos no pudieron viajar. Los profesores de las orquestas más famosas empezaron a buscar otros trabajos. Se crearon asociaciones para defenderse de la precariedad y algunos países, como Alemania, reaccionaron apoyando a su cultura. Otros miraron a otro lado. Allá por el final de la primavera nos hicieron creer que habíamos vencido al enemigo y empezamos a respirar. Algún festival abrió sus puertas, siendo Granada un precursor, con la suerte de poder contratar a artistas desempleados o que vivían en España. Salzburgo no pudo celebrar su aniversario como deseaba, Bayreuth enmudeció y el Met decidió cancelar toda su temporada. Algunos festivales quisieron y lograron mantener el tipo con actividades controladas mínimas porque el verano nos demostró que no habíamos vencido a nada.

Afortunadamente se extendió el «streaming». Teatros y salas de conciertos sacaron de sus archivos grabaciones seleccionadas y nos las ofrecieron gratuitamente para más tarde empezar a cobrarlas. Así el Met. Incluso se transmitieron galas, unas más afortunadas que otras, con cada uno de los participantes actuando desde sus casas. Luego descubrieron que era absurdo tener a sus cuerpos orquestales inactivos y cobrando y decidieron crear espectáculos sin público y retransmitirlos: Viena, Múnich, la Scala, etc. Y en toda esta historia de penurias, España fue la excepción. El Real decidió mantener su «Traviata» y la Zarzuela su «Granada» con algunos cambios inevitables. También el Liceo se apuntó, llegando incluso a amenazar a las autoridades con cerrar si no le permitían el mismo aforo que a Madrid. No parece que los contagios se hayan producido en nuestras salas, pero cada país regula como cree conveniente. La pandemia nos va enseñando muchas cosas pero, sobre todas ellas una: nadie sabe nada. Y cada uno de nosotros va aprendiendo como vivir y no morir en el intento. Es lo que de momento hay con la esperanza puesta en la ciencia.